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EL CUARTO

If we look at it intimately, the humblest dwelling has beauty.

-Gaston Bachelard

 

EL CUARTO DE MÉLIDA

Fecha: jueves, 6 de noviembre de 2013
Hora: 9:48 am
Temperatura: 6°C
Lugar: Mi cuarto (remembrado desde la oficina).

Mi casa es pequeña. En realidad no es una casa. Es media casa. El segundo piso de una casa. Es un apartamento sobre una peluquería, donde viven tres gatos. Uno es tuerto, la otra se llama Tiny, el otro me es indiferente. Tal vez haya un cuarto. No lo he visto. Tal vez sea tímido.

Como todo segundo piso de una casa, mi casa está dividida en cuartos. Así que es acertado referirse a mi cuarto, como cuarto. Es, literalmente, un cuarto de cuatro cuartos: la cocina, la sala, el baño, el cuarto.

Según mis profesores de arquitectura de la Nacional y las leyes físicas del universo, supongo, el triángulo es la figura más estable. El cuadrado, a menos de que esté compuesto por dos triángulos es, más bien, flácido. Será por eso que mi cuarto se siente inestable a veces, porque es un cuarto de cuatro cuartos compuesto por cuatro paredes y una cama que, como la mayoría tiene cuatro lados. Tal vez si sólo fuera un tercio, con tres paredes, y una cama de tres lados sería bien sólido. Tiene sentido. No podría uno moverse en la cama, le tocaría dormir…“¡ESTATUAS!” porque, dependiendo de hacia qué lado uno duerma, se le caerían al suelo los pies o la cabeza.

La física no está de mi lado, sin embargo, y mi cuarto es un cuarto. Cuadrado. Cuatro lados. Oscila entre cuarto útil e inútil. En él duermo y babeo. En él guardo chécheres. Debajo de mi cama hay cuánto la humanidad necesita para sobrevivir. Carpas, estufas de gas portátiles, sleeping bags, kits de primeros auxilios—tal vez ya vencidos—, sogas, mochilas impermeables, cucharas, ollas, platos, vasos—cuanto utensilio casero metálico exista—, vasitos de vidrio para mermelada y un set antiguo de croquet. Sobre todos estos trastos duermo yo. Sobre este cuarto útil mi cuerpo descansa de sus actividades monótonas y sedentarias.

Todas las noches duermo sobre la posibilidad de irme de campamento, de hacer mermelada casera, de jugar croquet en el parque al estilo Alicia en el país de las maravillas (pero sin dodos: mi set vino incompleto). Y cada mañana me levanto a repetir mi día, muy parecido al anterior y al siguiente. Son dos mundos paralelos: uno polvoriento y abandonado, otro bien tendido con elefantes traídos de la India. Tal vez, si mi cuarto fuera un tercio iría a acampar más seguido. Aún en el invierno.

EL CUARTO DE CATALINA MARÍA

Fecha: miércoles, 6 de noviembre de 2013

Hora:10:43 am

Temperatura: 10°C

Lugar: Mi cuarto.

I. La cama.

Cama = isla

Michel Leiris

A i s l a r s e. Proyecto los objetos más allá de su función estricta. Mi cama es una isla y eso es más que una metáfora. Recuerdo a alguien lamentarse por lo desplazado y percudido que ha terminado el verbo “aislar”. Comparto esa queja: tiene todo de bonito el volverse isla.

Huir/Refugiarse. (“No es sueño, son los sueños. No es por dormir, es por la huida”). La huida siempre da una solución. Se ha vuelto un lugar común la idea de que los viajes son la mejor forma de autoconocerse. Pero no siempre es cuestión de recorrer grandes distancias, ni de cambiar de lugar. En mi cama encuentro una posibilidad de fuga, y no se trata sólo de escapar de los lugares en los que me siento encerrada, sino de una búsqueda. La huida es siempre una búsqueda, la posibilidad de crear algo nuevo. Secuestrarse y recuperarse de uno mismo. He aprendido que para eso necesito reposo. Extenderme y respirar en esta superficie grande, horizontal, plana y proponerme estar quieta sin abrir los ojos. Aquí asiento mis ideas y vuelvo a mí cuando me extraño.

Unir. Mi cama es un espacio de equilibrio, un núcleo en el que confluyen la mente y el cuerpo. Pienso según la forma en que respiro. Respiro según la forma en la que pienso.

 

II. Paredes/Anclas.

Cuatro postales: las bombas, las nubes, las ramas. Imágenes que se conectan con sonidos. Y una pregunta: ¿no es muy bonito que el color del cielo pueda ser el mismo color del mar? Más postales: México, el viaje que no hice, promesas que no se cumplen y los puentes que no supimos cómo armar. Tarjeta postal, República de Colombia: qué difícil es escribir con la mano izquierda. Holanda, junio 17 de 2010: un trébol de la suerte. Una muestra de mi entrañable desconocimiento hacia vos.

Una pared con post-its de todos los colores. Fragmentos de libros, de canciones. Pedazos de lo que oigo en la calle y de lo que dicen mis amigos. Hace unos meses mi hermana me ayudó a hacer un molde en forma de ancla para estampar una pared. La idea era simplemente decorar, pero ya veo cómo, sin proponérmelo, creé una coherencia entre las paredes de mi cuarto. Las postales, los post-its, las estampas, todo son anclas. Anclas que sirven como códigos de conducta, anclas para la memoria. Rastros de mis operaciones simbólicas para recordar que estoy aquí. Mis paredes me recuerdan que estoy hecha de lo que leo.

También estoy hecha de mis amigos, aunque estén lejos.

III. Cofres/Gabinetes

Debajo de mi cama, un cofre (en realidad es una caja de plástico). El testigo de mi pasado. Tengo: veinte mil pesos colombianos, plumas, cartas, botellas de ron, pasabordos, monedas, dibujos y facturas. Las llaves de la casa de M. para no olvidar que tengo un hogar en Bogotá. Guardar, abrir-cerrar, clasificar y, sobre todo, separar. Esta es mi necesidad de orden, de estructurar mis tiempos. Guardo mi pasado para concentrarme y seguir.

Gabinete rojo: hábitat de El Desorden. Apuntes mezclados con fotocopias y cuadernos viejos. Una metáfora de este momento de transición. No ordeno el gabinete porque no sé cómo, porque todavía no entiendo quién soy ahora que ya no soy estudiante.

IV.  La puerta.

A veces está bien dejarla abierta.

LAS SÁBANAS DE AMALIA ANDRADE ARANGO[1]

Enamorarme de objetos inanimados. Objetos como libros, cuadernos o estampitas de santos. Enamorarme para siempre y desde siempre de sábanas. Sábanas de dinosaurios, blancas de algodón, de Miss Piggy, de líneas de colores pasteles, de flores rosadas. Podría vivir en un mundo construido enteramente con sábanas.

Las sábanas son muchas cosas. Son mi objeto favorito. Son mapas. Mapas donde se entretejen sueños y deseos, y secretos y olvidos. Nuestras sábanas favoritas son un territorio íntimo que vamos llenando, a consciencia o no, de pequeñas marcas. Marcas como los pines que con entusiasmo distribuimos entre los países a los que hemos ido o a los que queremos ir; las ciudades donde dejamos el corazón y aquellas que no nos verán volver. Así vamos marcando: este lado es tuyo, aún cuando no estás. Este lado es mío. Acá en esta esquina: mi gato. Aquí yacen invisibles las marcas de aquella pelea. En este lado quedan guardadas las risas y las cosquillas. Por acá están tatuadas para siempre mis lágrimas. Y así.

Las sábanas son objetos de edificación de memoria: recuerdan, dejan huellas.

Mi olor favorito es el de las sábanas recién lavadas ondulándose enredadas entre corrientes de viento caleño, en un patio lleno de orquídeas y  geranios.

Estar debajo de estos extensos refugios de algodón es lo más cercano a sentirse bajo un abrazo perpetuo, constante, inquebrantable.

Sin embargo, lo que más me enamora, son las sábanas como un elemento de construcción.  Las sábanas que amarrábamos cuando niños uniéndolas con nudos improvisados en las esquinas. Sábanas que hacían las veces de un techo levantado con la ayuda de escritorios, sillas y palos. Eran el material arquitectónico imprescindible de aquellas famosas carpas, hogar de toda la magia y el mejor recuerdo de mi niñez.

Recuerdo construirlas con la ayuda de mi hermano en una esquina de mi cuarto. Lo más difícil de construir era el techo que armábamos con precisión uniendo su sleeping bag (de Mickey) con el mío (de la Sirenita) para asegurar soporte en el centro. De ahí se unían el resto de sábanas, la materia prima. Para las bases usábamos la silla de mi escritorio, al menos dos palos de escoba y el banquito de la cocina. El piso se construía tras la exhaustiva recolección de todos los cojines grandes o medianos de la casa, de todas las almohadas y de todas las cobijas. Una vez armada la carpa cada cual escogía una esquina y ubicaba ahí su “oficina”. Al final de la noche mi mamá nos obligaba a desarmarla pues era hora de reclamar las almohadas y demás accesorios de la hora de dormir. Sin embargo, una vez logramos convencerla para dejar armada nuestra “carpita” por casi cuatro días. Fuimos inmensamente felices.

Debajo de las sábanas siempre hay un universo: uno nuevo ―propio o compartido― uno íntimo, uno que guarda todos nuestros secretos, donde somos lo que realmente queremos.  Cuando era niña jugaba a que debajo de la carpa no se podían decir mentiras, solo verdades.

Crecemos y nos olvidamos de estas edificaciones mágicas de tela porque nos valemos de otros métodos más sofisticados y menos encantadores de crearnos realidades paralelas, de valernos de hogares provisionales, de hacernos a espacios íntimos.

Sea como sea creo que hay que volver a vivir debajo de las sábanas, volver a unirlas por las esquinas, volver a hacer carpas en la mitad de la sala y acostarnos a leer, a escribir, a jugar, a comer helado, a desayunar y a ver muñequitos. Volver a jugar a decirnos siempre la verdad.

La verdad  a nosotros mismos.

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(De pendón).
1. intr. Andar sin necesidad ni provecho de un sitio a otro. Envíenos sus colaboraciones a pendoneopolis@gmail.com
Catalina María y Mélida pendoneantes Catalina María es Profesional en Filosofía y Literatura Francesa. Interesada en la interacción entre el espacio físico y la mente de quien lo ocupa. Mélida es estudiante de Historia del Arte, particularmente del arte renacentista y del intercambio cultural entre Europa y América durante el siglo XVI.
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