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El paragüero

¿QUÉ ES ESA COCHINADA?

Por Laura Juliá y Estefanía Méndez.

¿Que la menstruación es algo asqueroso, vergonzoso, desagradable, indeseable y cochino?   ¿Cómo es que la sangre, cargada de nutrientes-junto con una vida potencial- es considerada algo cochino? Según lo han documentado feministas, escritoras e historiadoras, la carga simbólica de la menstruación ha sido construida por instituciones específicas, al servicio de intereses concretos, diríamos, entre otras cosas, un capítulo más de la ‘dominación masculina. A las mujeres menstruantes se nos ha considerado portadoras de mala suerte por la superstición, impuras por la religión, enfermas por la medicina y un negocio por el mercado.

La menstruación no es cochina, la cochinada está en lo que hacemos con ella ¿o ha pensado alguna vez en dónde están todas las toallas higiénicas y tampones desechables que han sido usados? Cada año se desechan 45.000 millones de toallas higiénicas y tampones en el mundo. En realidad, es difícil pensar en alguien reciclando esta basura y la evidencia hace posible imaginarla en los rellenos sanitarios y en los océanos haciendo parte del paisaje marítimo. En términos ambientales ¿es acaso la menstruación una fatalidad del destino? Aparentemente no tenemos más opción que resignarnos a producir toneladas de desechos irreciclables.

Sin embargo, nuestras madres y abuelas menstruaban antes de la invención de las toallas y tampones desechables. De la misma forma que la botella de agua, la bolsa de plástico, el pitillo, los cubiertos, platos y vasos desechables, son una apología a los valores consumistas: fabricados para facilitarnos nuestro confort, económicos y con una vida útil corta. Objetos sin pasado y sin futuro, caducos en el instante mismo de su uso. 

Hemos hablado de la cochinada residual, pero no hemos hablado de la cochinada que implica su producción. En el mundo se talan millones de árboles para usar la madera en la fabricación de toallas higiénicas y tampones. Posteriormente son sometidos a blanqueado con cloro (pues ¡qué asco usar algo que no sea blanco y “puro”!). En este proceso se generan dioxinas que contaminan aire, agua, tierra y plantas y se almacenan para siempre en nuestro tejido adiposo.

Existen varias alternativas a los tampones y las toallas higiénicas: toallas de tela, esponjas vaginales y copas menstruales. Las toallas de tela han mejorado el diseño que usaban las abuelas, son anatómicas, no se mueven y tienen buena absorción, normalmente están fabricadas con algodón y materiales impermeables y lavables. Las esponjas vaginales son esponjas marinas que se introducen en la vagina y absorben la menstruación, pueden durar 4 meses aproximadamente y se pueden cultivar de manera sostenible. No contienen dioxinas ni han sido procesadas con rayón.   Por último, la copa menstrual[1] es una opción que puede llegar a durar 10 años, es decir que, durante su vida fértil, una mujer solo requerirá tres de éstas. Desde nuestra experiencia, ha sido la mejor opción. La copa es un objeto fabricado en silicona médica que, en lugar de absorber la menstruación, la retiene, lo que implica que no impacta la flora ni el pH vaginal. Su elaboración contamina menos que la fabricación de 10 tampones. No está asociada con el SST (Sindrome de Shock Tóxico). Es la opción más cómoda, pues sencillamente no se siente y hay que vaciarla con mucha menos frecuencia que el cambio de toallas o tampones. Además, es más económica, pues implica un costo de más o menos 8000 pesos colombianos al año.      

Aunque muchos se han referido a la copa menstrual como una completa cochinada, consideramos que la verdadera cochinada es seguir usando las opciones desechables. A continuación compartimos algunas experiencias de mujeres que se han sumado al uso de la copa menstrual:

 “Cuando supe que existía me interesó, hace un año llegó a mí y tan pronto abrí su caja contenedora, supe que era lo que estaba esperando, aunque ahora tengo claro que en realidad no lo sabía. Admito que su uso me resultó práctico desde el principio, no creía que fuera más allá de un cambio a los tampones, podía hacer ejercicio igual, no me preocupaba por los escapes igual, pero ya no tenía que preocuparme por ese STT con el que siempre amenazan las cajas de los tampones ni por tener que comprarlos. Con el tiempo me di cuenta que todo iba más allá del ahorro mensual y de un asunto de salud, al dejar de botar tampones me di cuenta que ese acto tan cotidiano representaba un impacto ambiental en el que nunca había pensado. Ahora, un año después y 720 tampones menos en el basurero, puedo decir que ese pequeño acto me hizo pensar en que también podía dejar de usar tantas cosas irracionalmente: servilletas, vasos plásticos, pitillos, botellas de agua, papel, bolsas plásticas y enemil etcéteras que se resumen en un consumo consciente, me atrevo a compartir mi experiencia esperando que se multiplique.”

“Desde hace años intento encontrar alternativas al consumo desenfrenado e irresponsable. Me había sido fácil prescindir de muchos objetos innecesarios y reemplazar otros por opciones ecológicas. Sin embargo, no había encontrado y en realidad no había reflexionado mucho sobre el impacto de las toallas higiénicas. Era algo tan natural para mí, que no alcanzaba a imaginar opciones ecológicas. También es cierto que la idea de lavar trapitos como mi abuelita hace muchos años me causaba bastante incomodidad. Encontré la copa menstrual en el Encuentro Latinoamericano y del Caribe de Acción y Prácticas Feministas, un espacio maravilloso por demás. Cuando usé la copa por primera vez no fue del todo agradable, en una ocasión la coloque muy mal y toda mi sangre fue a dar a mi pantalón. Sin embargo, y con la ayuda de amigas que habían tenido una mejor experiencia, me propuse usarla de nuevo. Y debo decir que una vez la aprendí a usar transformó mi experiencia menstrual completamente. Es lo más cómodo que existe, no hay que levantarse a media noche a cambiarse, no preocuparse por manchar las sabanas y los cucos.”    


[1] Información basada en la copa menstrual Naturcup.
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