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Tras escena
Sin saber muy bien qué esperar, con varias recomendaciones y algo de intriga, decidimos asistir hace un par de semanas a la instalación «The Holy Beauty Project»-el proyecto de la belleza sagrada- de Rossina Bossio en el Museo Iglesia Santa Clara. Corrimos con la suerte de asistir esa mañana a una visita guiada a cargo de la artista. Nos causaba curiosidad que un trabajo como «The Holy Beauty Project» que prometía plantear, por lo menos, un par de controversias con respecto al papel de la mujer (visto desde los modelos religioso, católico y capitalista) se expusiera en el Museo Iglesia Santa Clara. Intrigaba el hecho de que para ver la selección de cuadros hecha por la artista, tuviéramos que dirigirnos a este lugar que a primera vista se muestra como un santuario de la herencia religiosa de la colonia. La idea de un museo -un lugar público de exposición y circulación de gente- contenida tras las antiguas paredes de roca que aún comportan un cierto aire de santidad, daba a la exposición un toque de picardía, de contradicción, de doble faz (incluso, por qué no, de doble moral). Nos dejamos llevar por el caos de la avenida séptima hasta la Plaza de Bolívar, apenas poblada de palomas, vendedores de maíz y fotógrafos de turno. Caminamos hasta ver el Palacio de Nariño y bajamos hasta el Museo. En las rejas de la entrada se encontraban unos policías que, sin eliminar de sus ojos la sospecha sobre cada uno de los transeúntes, nos dieron paso. Una cierta extrañeza nos invadía al entrar en ese espacio a la vez sagrado y público: ver niños sentados observando los cuadros de la exposición, superpuestos a cuadros de arte colonial religioso, que escuchaban a una guía hablar sobre el papel de la mujer, sobre la pintura, sobre los símbolos. Ver paredes decoradas hasta el cansancio, columnas pintadas sin dejar un solo espacio en blanco, el techo que parecía construirse de florituras, la celosía. A través de todo el Museo-Iglesia pinturas de santos con miradas punzantes, intercalándose con cuadros de mujeres; mujeres mostrando su cuerpo, llenos de imponencia, de dolor, mujeres destrozadas y seductoras, mujeres-Barbie, vírgenes, pop. La visita guiada inició con una pequeña introducción sobre el proceso de producción, las motivaciones, las ideas que hacían de soporte a toda la obra. Las sospechas y curiosidades que compartíamos de camino a la exposición cobraron sentido. «The Holy Beauty Project» fue concebido específicamente para el Museo Iglesia Santa Clara. En este caso, la singularidad del espacio determina, de forma inadvertida para el espectador, la producción de la obra. Desde pequeña, decía Bossio, admiró y encontró placer estético en el arte religioso y se sintió particularmente atraída por esta Iglesia-Museo que alberga gran parte del arte de la colonia, cuyas tendencias barrocas serían de gran influencia para ella. Fue por eso que, incluso al encontrarse fuera del país, concibió el proyecto para exponerse, entenderse y encajarse en este lugar, desconocido para gran parte de los bogotanos. Porque fue una de sus grandes influencias, pero también porque era el lugar perfecto para que una forma de arte contemporáneo - cuya instalación incluye un video- irrumpiera, planteando a través de gestos, técnicas y miradas, la noción múltiple que la sociedad actual maneja de la mujer: la santa, la estrella pop, la matrona, la virgen, la prostituta. Sus exigencias, sus reclamos, y porqué no, sus hipocresías. Son estas problemáticas las que Bossio pretende cuestionar con «The Holy Beauty Project», donde el cuerpo femenino aparece como depósito de demandas, deseos, y hasta miedos que dictaminan una estandarización de lo que implica ser mujer. Pinturas como «Las tres Marías» ponen en juego esta forma unificada de concebir no sólo a la mujer, sino al ser humano. Nos pensamos como seres unitarios, cuando en realidad somos múltiples, esquizofrénicos, móviles, cambiantes, irracionales. En «Wonderwoman II» también se traza ese juego de contradicciones y conflictos donde una mujer con gesto frágil, a punto de derrumbarse, tiene puesta una camiseta de la Mujer Maravilla, una figura icónica de fortaleza y belleza que en los setenta generaba gran fervor. A pesar de su debilidad, ella se ubica frente a una celosía y no detrás, como lo harían las monjas en clausura; por un lado, muestra la manera como han cambiado los roles de la mujer, y por otro, manifiesta una suerte de empoderamiento -educativo, laboral, económico-. Tal empoderamiento es sin embargo un arma de doble filo, pues en la medida en que aumentan las cargas se siguen exigiendo papeles como, por ejemplo, el de ser madre. Aunque el contenido mismo de la obra es una denuncia a la necesidad de imponer modelos y reglas, fue sin duda la singularidad del lugar en el que se instaló lo que nos dijo algo más sobre ella. Nos hablaba de ese carácter ambiguo que comporta no sólo en su decoración (en su celosa manía de no dejar un solo espacio vacío, ni en paredes ni en techos) sino en esa doble función, esa forma de ser museo que alberga, simultáneamente, la religiosidad de una sociedad. Hay algo metafórico, artificioso, alegórico, múltiple, exagerado, ‘barroco’ en su obra. Nada era lo que en primer lugar parecía ser. O mejor, todo era algo que parecía ser algo. «Crush II», el cuadro que se utiliza como portada para la colección, muestra, ‘de lejos’, belleza y algo de ternura, suavidad en la cara, en las rosas y los colores que envuelven el cuerpo de la mujer retratada. Este cuadro asemeja la coronación de las monjas en su unión con Dios, propio de un ritual de cierre espiritual que encierra una expresión catártica, de liberación de sus ataduras terrenales. Al acercar la vista, al detallar los trazos de las rosas, surgían rostros ligeramente dantescos, miradas punzantes, gritos, expresiones que no dejaban de perturbarnos y daban una profundidad diferente a la belleza del cuadro que componían en la distancia. Al mismo tiempo, la pintura con un leve gesto erótico hace que su título -crush- tome la acepción coloquial de ‘enamoramiento’. El intento de la artista por mostrar la multiplicidad de papeles que cumple la mujer en la sociedad, de miradas, de modelos impuestos, su simultaneidad e hipocresía, incluso la doble moral que recae sobre todos ellos, comienza en el objeto retratado pero se difumina hasta la técnica y los elementos, en principio secundarios, pero en última instancia fundamentales, que construyen los cuadros y el video. Esa suerte de barroquismo se esparce por toda la instalación. Están los símbolos, están las remisiones a la sociedad y a sí misma, a sus influencias, su educación en un colegio femenino y católico, su contexto familiar (matriarcal hasta la médula), su propia exploración sobre el papel de la mujer. Este proyecto surgió en el 2009 como parte de una investigación sobre el concepto de ‘naturaleza femenina’ a partir de los cuestionamientos personales de Bossio frente al mundo de la publicidad. Fue precisamente a través de la intervención del Museo-Iglesia que la artista creó ese puente entre la ‘naturaleza femenina’ y su representación en la sociedad colonial y en nuestra sociedad de consumo. No sólo se pone en diálogo el arte colonial-religioso con el arte contemporáneo, sino que también se da cuenta de cómo, desde la colonia hasta nuestros días, el sistema de valores judeo-cristiano ha permeado la manera de representar a la mujer: “Las mujeres de The Holy Beauty Project vienen a enfrentarse con el arte de los muros del Museo Iglesia, para dialogar con él”[1]. Precisamente, en «Candyland» Bossio cruza imágenes a distinta escala de estatuas de la Virgen María cargando al Niño Jesús, de esas que venden por toda la carrera quinta cerca a la Plaza de Bolívar, con cara de muñecas Barbie y con los colores ácidos propios de una tienda de dulces, insinuando la cercanía entre religión, producto, publicidad y consumo. Es una pintura que se remite a la infancia de Bossio, en la que, del mismo modo en que ella y su hermana adoraban a la muñeca Barbie, su tía rendía devoción y culto a su religión, a través de un gran altar lleno de estatuillas de santos. En estas representaciones religiosas se prescribe, por medio de personajes, lo que la mujer debe o no ser: la virgen sagrada, pura, casta, madre, en oposición a la Eva pecadora, seductora y lujuriosa. Tanto Eva como la virgen son íconos religiosos que tienen una correspondencia con los íconos actuales del mundo del espectáculo: son como aquellas estrellas del pop que en algún momento se presentaron como ángeles, virginales, y que luego, al cortarles las alas, se convirtieron en lolitas lujuriosas. De la misma manera, aparecen como modelos de veneración y contemplación que dictaminan la forma en que, como mujeres, nos percibimos. El mundo de la publicidad y el espectáculo nos seduce con sus ideales de mujer: cabelleras de oro, pieles tersas y sin arrugas, cuerpos raquíticos y voluptuosos, siempre jóvenes y bellas. El hilo que traza Bossio evidencia cómo la mujer se ha consolidado como un objeto fundamental tanto para el arte religioso como para la publicidad y el espectáculo, para vender y reproducir estilos de vida, ideas, objetos, comportamientos y esquemas, no sólo sobre cómo debe ser, sino sobre cómo la sociedad debe vivir.  “Así como la pintura religiosa transmitía la perfección de las costumbres y actos humanos a través de modelos de conducta ejemplar en el plano corporal y moral, hoy en día las campañas publicitarias buscan vender productos sirviéndose de imágenes que presentan otro tipo de ideal: la abundancia material y la belleza física de las celebridades (...) la protagonista de «The Holy Beauty Project» es la mujer: la máquina de ventas por excelencia, el as bajo la manga de toda estrategia de marketing”[2]. La obsesión heredada de una cierta tradición judeo- cristiana donde la representación de íconos sagrados es fundamental para consolidar todo un sistema de pensamiento y valores, está plasmada en un impulso frenético y hasta compulsivo por rastrear la vida de los famosos y de personas que, en plataformas como Facebook, parecen vivir una vida mejor que la que nosotros tenemos. Nos bombardean con imágenes, mensajes e historias confusas de mártires, dioses, santos y estrellas de cine, que como ‘ideales’ buscan persuadir, modelar y definir nuestros cuerpos, nuestra conciencia; en definitiva, la manera como nos relacionamos con el mundo. «The Holy Beauty Project» es una invitación a reflexionar sobre los distintos roles, valores, fantasías, estereotipos, cargas, conflictos y contradicciones que a lo largo de la historia, específicamente en Colombia desde el siglo XVII hasta nuestros días, le han sido designadas a la mujer. Es un intento por subvertir esos valores con los que hemos crecido, que inicia con la pintura sobre el lienzo y cuya fuerza culmina con el video realizado por la artista, un performance (Ver video) que busca resignificar esa ‘naturaleza femenina’, sagrada y salvaje, abriendo el espectro a la multiplicidad de ‘lo femenino’, de ‘la mujer’:  “Al final, soy yo quien danza sobre el lienzo y la pantalla, enfundada en el papel de Eva y la Virgen María, la transgresora y la sumisa, la seductora y la pudorosa. Es mi cuerpo el que se mueve frenéticamente y no da tregua, satirizando el sistema de valores con el que fui educada, reescribiendo mi propia historia. Danzo para subvertir los estereotipos, porque crecí, como muchas otras mujeres, encapsulada en una visión rígida, limitada e incompleta de lo que significa ser mujer. Con el arte y con mi danza estoy rompiendo ese molde. El proyecto de la belleza sagrada será mi catarsis, los muros de la antigua iglesia conventual serán mis cómplices, los espectadores serán mis testigos...”[3]. REFERENCIAS 1. Rossina Bossio, The Holy Beauty Proyect-Museo Iglesia-SANTA CLARA, pág. 10. 2. Ibid, pág. 9. 3. Ibid, pág. 11.
María Paula Gutiérrez Antropóloga Me interesa el tema del exilio desde la forma como ha sido abordado en el cine, la literatura y la música.
LA BELLEZA SAGRADA-LA BELLEZA PROFANA: ROSSINA BOSSIO EN EL MUSEO IGLESIA SANTA CLARA
Textos
Fotografías
Adriana Roque Filósofa Trato de pararme en los bordes, experimentando con agarrar los excesos, lo marginal, aquello que siempre se escapa. Rossina Bossio Artista Es una artista multidisciplinaria de Bogotá, Colombia. Su trabajo incluye obras en pintura, dibujo, fotografía y más recientemente, video. Luisa Martínez Fotógrafa Fotógrafa apasionada por las figuras, colores y por la vida real misma. Ama la fotografía documental, la reportería, lo macro y la naturaleza.
Museo Nacional Monjas coronadas Ver enlace