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A simple vista, Bogotá puede ser una ciudad difícil. Los migrantes urbanos que llegan de otras ciudades a estudiar o trabajar comparten la opinión de que ésta es una ciudad cerrada, apática. Los bogotanos tenemos fama de fríos. Los grupos de amigos –generalmente constituidos en épocas colegiales o universitarias– son prácticamente impenetrables para los nuevos personajes que se atreven a acercarse. En las artes, la integración con grupos de trabajo o de creación –usualmente leves mutaciones de esos grupos originales de amigos– resulta aún más difícil. Es posible que esta endogamia social se deba a las mismas estructuras sobre las que se asienta la ciudad. Quizás se deba al sistema de movilidad costoso, inseguro e ineficiente. Quizás debido al carácter serrano de una ciudad de mañanas frías, montada a la fuerza en una llanura imposible en lo alto de las montañas. Quizás se deba a la polarización de clases que nos marca a todos los bogotanos (y a los colombianos) días tras día, enfrentados al mismo tiempo a los autos Maseratti que deambulan por las calles y a los indígenas Embera que, empobrecidos y desterrados, también deambulan. O quizás se deba al diario vivir en una ciudad que cada día supera sus propios límites de violencia y pone al límite nuestra capacidad de comprensión sobre los alcances de la maldad humana. Es cierto, todo esto puede hacer a una ciudad muy difícil de habitar. Sin embargo, resulta alentador encontrar movimientos que ven precisamente allí donde hay carencias y desgracias, la materia prima para generar diálogos y renovaciones. El pasado 26 de mayo podía el transeúnte común toparse con escenas poco habituales: un habitante de calle, acompañado de dos jóvenes mujeres, invitaba a los viandantes a sentarse con él a una mesa dispuesta en un andén de la carrera séptima. El hombre tenía una idea: preguntar a quien allí se sentara sobre posibles estrategias para salir de la calle. Su deseo era cambiar de vida, solo le hacían falta las ideas. Sus acompañantes, atentas a las respuestas de los comensales de turno, disponían las propuestas en un tablero al lado de la mesa para luego evaluar su practicidad en grupo. Mientras tanto, unas calles atrás, otro grupo de personas animaba a los paseantes sabatinos a ponerse ropajes propios de la década del 50 –una boina, un largo gabán, gafas de pasta gruesa– y a tomarse la tradicional foto del septimazo, un recuerdo presente en casi todos los álbumes familiares bogotanos. En las localidades de Kennedy y Puente Aranda, de nuevo dos jóvenes mujeres, acompañadas de un séquito de habitantes del sector, se lanzaban a realizar tareas comunitarias durante el día entero: entre todos limpiaban un parque, entre todos cocinaban y entre todos llevaron a cabo labores simbólicas de pertenencia comunitaria. ¿Qué estaba pasando? ¿Era simple casualidad tanta actividad? Hace unos meses llegó a la ciudad un grupo de estudiantes de una carrera vanguardista y, aparentemente, inexplicable: los Pilotos del Caos. Con sede en la pequeña ciudad de Aarhus, en Dinamarca, sin exámenes escritos y con la posibilidad de intervenir directamente en el curriculum del programa (y en las instalaciones físicas de la Universidad: cada estudiante posee las llaves del edificio donde se realizan las clases) los Kaospilot se dedican a pensar y proyectar negocios creativos y al diseño e implementación de proyectos de impacto social. Llegaron a Bogotá con tareas específicas sobre el papel: rastrear un número determinado de historias urbanas y a partir de esas historias construir el mismo número de intervenciones en el espacio de la ciudad. Sin embargo, estas tareas hipotéticas se vieron enfrentadas al interés que despertaron en una joven comunidad ávida de acción y de cambio. Rápidamente el número de colombianos vinculados a su proyecto era igual al número de Pilotos. Unas semanas después las reuniones convocaban ya a casi 150 personas. El proyecto empezó con escuchar los deseos de las personas en la calle, se hizo una pequeña película con peatones respondiendo preguntas sobre qué les gustaría cambiar en Bogotá, cuáles eran sus deseos para la ciudad. Luego, siguiendo con su política de Ciudadanía Activa, llegaron a la idea de convertir esos deseos en acciones públicas que obligaran a los viandantes a detenerse y –quizás tan solo por un momento– cambiar su perspectiva. Muy pronto empezaron a concretarse ideas y se empezaron a formar grupos interesados en participar de las intervenciones y en crear otras nuevas. La plataforma necesaria para montar cientos de ideas resguardadas al interior de estos individuos había sido dispuesta; solo faltaba utilizarla. Y se hizo. Por ejemplo, en los angeos verdes que demarcan las eternas construcciones que pululan por toda Bogotá, un grupo de jóvenes se dedicó a tejer el panorama de lo que parecía ser una ciudad ideal, utilizando el mismo patrón de la tela verde. Por otro lado, en el Eje Ambiental, enormes barcos de papel bajaban lentamente por el antiguo cauce del río San Francisco mientras sus creadores limpiaban los fondos mohosos del actual canal. Otro grupo jugaba tejo encaramado en un puente peatonal, alentando a quienes lo usaban a jugarse unos lances. La idea de ciudadanía activa y crítica se hizo presente en una de las intervenciones hechas en el centro de la ciudad, donde se celebraba en público, con flores y algarabía un matrimonio homosexual. Cuando los agentes de la policía intentaron desactivar la intervención y obligar a los participantes a recoger lo pétalos e irse del lugar, fueron los mismos peatones quienes se quejaron a viva voz, aludiendo a la belleza de los pétalos y a la normalidad de la acción. Ciudadanos empoderados de su entorno transformándolo en aquello que quieren ver y vivir: bicicletas, ringletes, comidas, fotografías, tejidos, barcos, caminantes, matrimonios, cientos de actividades que se apoderaron por un día de las calles. El total de 100 intervenciones presupuestadas fue superado por mucho: se llegaron a hacer casi 250 intervenciones urbanas en simultánea en toda la ciudad. Es cierto, Bogotá es dura y difícil. Pero también es el lugar perfecto para experimentar métodos de mejoría, procesos de improvisación de los que sea posible obtener resultados. El hombre habitante de calle que pedía ideas a quienes pasaban es una metáfora simple del enfoque y el alcance del proyecto 100 en 1 día: problemas y preguntas individuales compartidas y solucionadas en comunidad; pequeños esfuerzos personales engranados en una masiva intervención ciudadana. Después de ese sábado 26 de mayo –culminada también la fiesta de cierre del día de intervenciones– el equipo conformado por colombianos y Kaospilot ha venido evaluando los alcances del proyecto y las posibles transformaciones e implementaciones que tendría. Una de las reuniones posteriores al día 26 contó con la presencia de representantes de varios entes reguladores distritales e instituciones gubernamentales que, atentos a la evolución de este proceso de intervención urbana, esperan poder indentificar allí las falencias, los avances y las necesidades de los proyectos macro que gestionan, reflejados en la experiencia individual del ciudadano común. Los Pilotos del Caos volverán pronto a su casa, en Dinamarca, pero esperan que el proyecto se asiente y continúe; que los bogotanos necesitados de voz la encuentren allí donde aparentemente solo hay carencias. Esperemos que estas doscientas intervenciones y más estén apenas iniciando sus primeras etapas y que de cada una de ellas surjan nuevos cuestionamientos y renovadas soluciones. Si llega a ser así, en Bogotá quedará mucho trabajo por hacerse, y muchas manos interesadas en comprometerse. Agradecimientos a Lisa Beck de Kaospilot. www.100en1dia.com
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Santiago Martínez Caicedo   Realizador Audiovisual - Traductor Documentalista en formación. Vivir de jugar con palabras se ha convertido en su principal labor.
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