I.LETRADA.CO | SANTA NERDA | CROQUIS DE UNA RECONCILIACIÓN POR-VENIR
SANTA NERDA
CROQUIS DE UNA RECONCILIACIÓN POR-VENIR
ESCRITO POR
Adriana Roque
Trato de pararme en los bordes, experimentando con agarrar los excesos, lo marginal, aquello que siempre se escapa.

CROQUIS DE UNA RECONCILIACIÓN POR-VENIR

Un resultado positivo de los diálogos en La Habana nos sitúa en un contexto amplio de posconflicto. Tareas de reintegración y construcción de una idea de nación -desde la infraestructura, pasando por lo cultural y estructural- serán prioridad. Éste es un panorama.

Esta casa de espesas paredes coloniales

y un patio de azaleas muy decimonónico

hace varios siglos que se viene abajo.

Como si nada las personas van y vienen

por las habitaciones en ruina,

hacen el amor, bailan, escriben cartas.

 

A menudo silban balas o es tal vez el viento

que silba a través del techo desfondado.

En esta casa los vivos duermen con los muertos,

imitan sus costumbres, repiten sus gestos

y cuando cantan, cantan sus fracasos.

Todo es ruina en esta casa,

están en ruina el abrazo y la música,

el destino, cada mañana, la risa, son ruina

las lágrimas, el silencio, los sueños.

Las ventanas muestran paisajes destruidos,

carne y ceniza se confunden en las caras,

en las bocas las palabras se revuelven con miedo.

En esta casa todos estamos enterrados vivos.

 

La patria, María Mercedes Carranza

 

Hace más de dos años iniciaron los diálogos de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC-EP. Desde entonces hemos escuchado hablar, casi hasta el cansancio, sobre paz, posconflicto, reconciliación, perdón. Muchos han intentado vendernos la idea de que ‘en el posconflicto’ todo será mejor: que habrá paz, que habrá tolerancia, que las víctimas serán reconocidas, que la economía mejorará, que Colombia finalmente podrá mostrarle al mundo de qué está hecha. Muchos otros han intentado vendernos la idea contraria: que los acuerdos de paz son un engaño, que los militares serán humillados, que nos convertiremos en una dictadura comunista, que habrá impunidad, que no habrá justicia. De cierta forma, es tan acertado ser optimista como ser precavido y escéptico. Es tan valioso conservar la esperanza de un fin a esta confrontación armada, como entender que difícilmente será un proceso perfecto, armonioso e ideal. Si hablamos de diálogos de paz y de manejo de una situación de posconflicto, en la historia de Colombia abundan más errores que aciertos.

En ese vaivén de ideologías y palabras, quien está en medio de todo -el ciudadano de a pie- encuentra difícil -con mucha razón- entender precisamente a qué se refieren todos estos conceptos. Si el resultado de los diálogos es un acuerdo, entonces nos enfrentamos inevitablemente a la idea de ‘la reconciliación’, cuya interpretación no es ni única ni homogénea. Para algunos, reconciliación significa rendición, humillación, impunidad. Para otros, significa posibilidad, futuro, disminución de la violencia. Para algunos otros significa inversiones económicas, trabajo en política pública, gobernanza. Y para muchos otros, quizás aquellos que entienden profundamente las consecuencias de la violencia, puede significar la capacidad de sobreponerse y seguir adelante.

Así pues, entender a qué se refiere la reconciliación, el posconflicto y el perdón en Colombia exige, antes que nada, entender en qué contexto emergen, cuál situación pretenden atender, quiénes son los actores, directos e indirectos involucrados y, sobre todo, qué consecuencias -sociales, políticas, económicas- pueden llegar a tener en su implementación. Al atender estas preguntas nos encontramos -a medio camino entre confusión y entendimiento- con consideraciones de índole logística, burocrática y emocional que parecen, las más de las veces, no ser sólo problemáticas, sino también insuperables.

El objetivo de este artículo, más que dar una definición última del concepto de reconciliación, es hacer un esquema general, una suerte de mapa que nos permita navegar los factores no sólo teóricos sino también sociales y prácticos que entran en juego. La mayor parte de estos factores excede los límites de este escrito. Por eso, mi invitación al lector es a considerar este ‘croquis’ que intento proveer, con la esperanza de que el o ella reflexionen sobre la pertinencia, límites y retos que surgen cuando queremos pensar una Colombia después del conflicto. A qué se refiere la palabra posconflicto y cuál pueda ser su relación con la idea de reconciliación, son cuestiones que, dentro del contexto social de un conflicto largo y degradado, no está dado sino que debemos aventurarnos a preguntar e investigar.

Mi tesis es la siguiente: un resultado positivo de los diálogos en La Habana nos sitúa en un contexto amplio de posconflicto, en el que muchas tareas (estructurales, culturales, de infraestructura) de reintegración y construcción de una idea de nación, serán prioridad. Esta prioridad, a su vez, varía dependiendo del momento y las necesidades sociales que sean más apremiantes. La reconciliación, a su vez, se sitúa dentro del posconflicto como un discurso que pretende unificar a la mayoría de la población alrededor del objetivo de no-repetición del conflicto. Sin duda, en cierto modo se trata de un “resultado” positivo de los diálogos y de su implementación. Sin embargo, la fuerza dentro de la idea de la reconciliación no está en el resultado sino en el proceso mismo en que una sociedad reformula los lazos que unen y separan a la gente: su historia, sus conflictos. Una visión sosegada y realista de las necesidad y dinámicas que encierra un proceso de reconciliación, debería permitir -idealmente- la pluralidad de maneras de entender y acoger (o no) ciertos procesos implicados dentro de un periodo de reconciliación.

¿Cómo podemos definir el posconflicto?

El primer paso es referirnos al contexto general, por eso comienzo con un pequeño comentario: considero que, aunque es una palabra adecuada para anticipar el posible futuro de Colombia una vez se concluyan las negociaciones en La Habana, los procesos subterráneos y esenciales que tienen lugar en un posconflicto no han sido abordados.

En el posconflicto habrá una polarización inicial de la sociedad, una vehemencia por la paz y una resistencia a la derrota. Habrá voces en discordia (confrontaciones que deben atenderse), habrá coletazos indeseados de violencia (la criminalidad no se acaba con la desmovilización de las guerrillas) y no todo será perfecto, ni armónico, ni fácil. Esto no debería sorprendernos, pues todos estos retos y obstáculos son esperables dado el tipo de proceso en el que esperamos embarcarnos. Pero sobre todo y fundamentalmente, habrá una reflexión y discusión sobre nuestra historia, nuestras narrativas, nuestras memorias. En resumen, lo que nos jugamos en el posconflicto es la comprensión, la crítica, y la re-definición de nuestra(s) identidad(es).

En este sentido, podemos interpretar la palabra posconflicto de por lo menos dos maneras. Si deshacemos la palabra gramaticalmente, pos-conflicto indicaría un periodo después del conflicto. Qué significa ese ‘después’ del conflicto, es aquello que se abre una a interpretación múltiple de la que distingo, tentativa e inicialmente, las siguientes dos maneras.

La primera y más intuitiva, es la temporal. Es decir, el posconflicto indica el momento en el tiempo en el que conflicto ha acabado. Marca el momento en el que el conflicto, como se ha constituido históricamente, ya no es. Siguiendo a Andrew Schaap, este corte temporal nos permite trazar en la imaginación un antes, durante, un fin y un después. En otras palabras, podemos distinguir y trazar un límite entre lo que fue y lo que será, entre el pasado y lo nuevo (y desconocido). Esta es la interpretación más inmediata y, sin duda, muy potente a la hora de exponer a la sociedad la posibilidad de que sí, que el conflicto armado puede llegar a un fin, y que esto significaría que podemos, por así decirlo, ser más que guerra y odio. En pocas palabras, que podemos imaginarnos a nosotros mismos de manera distinta.

La segunda interpretación no se refiere a un momento en el tiempo, sino a una condición de posibilidad. Es decir, en el momento de posconflicto nos enfrentamos a las consecuencias del conflicto, a lo que ha sido generado -en la historia y en los sujetos- a partir de su repetición constante. Es decir, es una suerte de después ‘ontológico’. Asumiendo, junto a Judith Butler, que el surgimiento de los sujetos políticos está condicionado por el campo social y las normas que lo rigen, entonces aceptaríamos que en Colombia, el conflicto moldea las estructuras de reconocimiento que se juegan en lo social. Es decir, condiciona la forma en la que nos reconocemos (o no) como sujetos, y cómo reconocemos (o no) al otro en cuanto tal.

El posconflicto, en este sentido, puede entenderse en Colombia como el proceso en el que, tras la finalización temporal de un conflicto con formas de violencia físicas y simbólicas agravadas, una sociedad se enfrenta a lo que el conflicto ha generado en sus sujetos y su estructuración social. En otras palabras, se enfrenta a la tarea de su propia transformación y reflexiona sobre las formas en que el tejido social ha sido herido, moldeado, suturado, para convertirse en lo que ahora se muestra. El punto de la distinción entre estas dos interpretaciones es simple: resaltar que «Colombia», ese nombre que parece conjurar una identidad atravesada por la multiplicidad y la violencia, no sabe aún hasta qué punto el conflicto constituye su identidad y manera de habitar el mundo. Una situación de posconflicto permitiría que estas lógicas subterráneas emerjan a la luz.

Así, es engañoso promover la idea de que el posconflicto implica dejar atrás el conflicto. Por el contrario: sucede un ‘fin’ en el tiempo (entre el antes y el después) que da paso a una reconfiguración del espacio social donde las consecuencias del conflicto se hacen visibles. El conflicto interno armado en Colombia (y sus derivados) condiciona y posibilita la construcción de identidad colectiva e individual, moldea el relato de nación e impone los márgenes dentro de los cuales venimos a ser sujetos políticos. De una u otra forma, todas las personas que han habitado esas tierras entre trópico y montaña, han forjado su identidad a través del conflicto. Las identidades han sido condicionadas por la violencia y por un esquema interpretativo -del mundo y de los otros- que se deriva de ella. Cómo se constituye este esquema es una de las tareas tanto individuales como colectivas que un acuerdo exitoso en La Habana exigiría de la sociedad colombiana. Esto implica entender cómo el conflicto nos ha condicionado como sujetos políticos, y cómo esto puede cambiar tras una apropiación crítica de las condiciones sociales de nuestra emergencia como sujetos de una historia particular.

La(s) reconciliación(es)

La reconciliación, en este contexto, surge como un discurso que pretende encontrar un lugar en el cual las intenciones de la mayoría de -si no todos- los colombianos converjan para lograr una transición histórica hacia una sociedad sin conflicto armado. Hay que aclarar que aunque el discurso global pretende resaltar la reconciliación como el proceso absolutamente esencial en el que todos los colombianos deben involucrarse, es cierto que también muchos de los retos para cumplir los hipotéticos acuerdos de La Habana, no están necesariamente atravesados por la narrativa de la reconciliación[1]. En este sentido, no hay que deslegitimar ni minimizar el rol que la política pública, las empresas privadas y la comunidad internacional puedan llegar a tener.

En el campo de los estudios sobre conflicto y paz, hay dos perspectivas en las que la reconciliación se puede definir: un sentido minimalista y un sentido maximalista. En el sentido minimalista, la reconciliación se entiende como el nivel más básico de no-agresión y prevención de la violencia, concentrándose inicialmente en atención inmediata a víctimas, infraestructura, procesos de desmovilización, desarme y reintegración. En el sentido maximalista, se apunta a esa transformación casi revolucionaria de la sociedad a partir de la finalización de un conflicto. Estas dos interpretaciones funcionan como orientaciones, como objetivos hacia los cuales podemos tender cuando planteamos la reconciliación como algo deseable.

Valérie Rosoux apunta que, aunque el escenario maximalista siempre es el esperado, tenemos que estar dispuestos a que, en la práctica, es casi imposible de alcanzar. En primer lugar, tenemos que pasar por la etapa minimalista en la que lo único que podemos asegurar es el cese de hostilidades. Luego, cuando las condiciones mínimas para la no-reincidencia están en su lugar, podemos pensar en la posibilidad de una reconciliación más integral y transformadora. Todo esto, sin duda, está atado a la historia de una sociedad, del daño causado al tejido social y de la disposición de las personas a transformar las estructuras sociales de reconocimiento con las que se entienden a sí mismas y a los demás. En un sentido maximalista, pues, la reconciliación es una cuestión no sólo de años, sino de décadas. Muy acertadamente decía Rosoux que la gran pregunta al enfrentarse a una situación de posconflicto es: ¿cómo podemos desmovilizar las mentes? Pues es en las mentes donde las fuentes de inequidad, las necesidad de la venganza y la intolerancia hacia lo diferente reside y se perpetúa.

* * *

¿Qué buscamos, pues, qué nos jugamos en la idea de reconciliación? En un sentido general, parar la violencia. En otro sentido, una redistribución y reorganización del poder. A largo plazo, una estabilización del tejido social, de la memoria y la convivencia. La reconciliación, en todos estos sentidos, implica cuestiones prácticas como: dónde y por qué tal o cual cantidad de fondos públicos debe invertirse, en qué procesos y con cuáles objetivos. Implica cuestiones históricas como el reconocimiento de las víctimas, al igual que el reconocimiento de la necesidad de dejar ir (el conflicto, la necesidad de la venganza). Y en el sentido más amplio, la idea de reconciliación implica la discusión y la transformación de nuestra propia historia para construir un futuro distinto. En este sentido, se trata incluso, de una transformación de nuestro propio pasado, pues esta discusión exige la re-evaluación crítica, y la formación distinta de las identidades que se han visto atravesadas por el conflicto. En este sentido, tenemos que estar dispuestos a acoger también a aquellas víctimas que no pueden ni quieren perdonar. Encontrarnos en el posconflicto no se trata de imponer, una vez más, una sola forma en la que debemos convivir y entendernos los unos a los otros. Se trata, antes que nada, de entender que no hay una única forma de vivir, ni de relacionarnos, ni de reconocernos, y que en la aceptación y generosidad hacia esa diferencia y controversia se encuentra la clave para salir del conflicto.

Así pues, en la medida en que la reconciliación en su sentido maximalista se construye en el entendimiento de cómo nos hemos constituido como sujetos políticos, se afinca en estructuras sociales fundamentales de reconocimiento, y en su lógica de funcionamiento. En el posconflicto, nos enfrentamos a la tarea de su transformación, y por ende, de nuestra propia transformación como sujetos políticos. Decir que el conflicto ha condicionado la forma en la que alguien emerge como sujeto, no significa que estamos destinados a repetir el orden de la violencia. Decirlo es el primer paso en el camino de su reconsideración histórica y crítica, un camino que pretende transformar ese orden y esas condiciones. Esta es una de las tareas más difíciles y dolorosas: debemos enfrentarnos a nuestra historia como sujetos, a aquello que nunca supimos de nosotros mismos, para poder comenzar la construcción de un futuro diferente.

Lista de referencias (implícitas y sugeridas)

CNMH. ¡BASTA YA! Colombia: Memorias de guerra y dignidad. Bogotá: Imprenta Nacional, 2013.

Pécaut, Daniel. Las FARC: ¿una guerrilla sin fin o sin fines? Bogotá: Grupo Editorial Norma, 2008.

Rosoux, Valérie. “Human rights and the ‘work of memory’”, en International Relations, Journal of Human Rights (2004), 3:2, 159-170. Link

Schaap, Andrew. “The Time of Reconciliation and the Space of Politics”, artículo presentado en: Second Conference on Law, Time and Reconciliation, Tillburg, Países Bajos, Mayo 22-23 de 2003. Link

---, “Assuming Responsibility in the Hope of Reconciliation”, en Borderlands e-jorunal, Vol. 3, No. 1 (2004). Link

Stauffer, Jill. “Seeking Between Vengeance and Forgiveness: Martha Minow, Hannah Arendt and the Possibilities of Forgiveness”, reseña de Between Vengeance and Forgiveness: Facing History after Genocide and Mass Violence, por Martha Minow, en Theory & Event, Vol. 6 (2002): 1, accesado en Marzo 30, 2014. Link

USIP, Guiding Principles for Stabilization and Reconstruction (United States Institute of Peace, USA: 2009).


[1] Muchos de estos retos y sus consecuencias positivas, fuese el caso que se llegue a un acuerdo en la Habana y que dicho acuerdo se ejecute de facto han sido ya analizados por Juanita León, AQUÍ

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