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LA RED
RUTINAS MORTALES
ESCRITO POR
Clara Palau Fortuny
Practicante calificada del Método Grinberg.

RUTINAS MORTALES

Una invitación a reconectar el cuerpo y la consciencia. Mejores cuerpos en movimiento.

Casi todos hemos ido alguna vez al zoológico. Vemos animales exóticos encerrados en celdas que, dependiendo del tamaño del prisionero, son más o menos grandes. Después de un tiempo de observarlos, vemos cómo algunos de ellos empiezan a desarrollar movimientos repetitivos, hasta obsesivos, como si estuvieran al borde de la locura. Otros muestran señales de aburrimiento, pasividad y falta de vitalidad. Están fuera de su entorno natural y los límites de su libertad no los imponen ellos.

Fuera del Zoológico, la mayoría de animales no desarrollan tales comportamientos. Cada nuevo día es una aventura, no tienen nada asegurado y su vida depende de su nivel de atención y sus instintos. No se pueden permitir el lujo de despistarse; podría ser mortal. Tienen todos los sentidos despiertos y una memoria prodigiosa que les evita tropezar con la misma piedra dos veces. Son salvajes porque nadie tiene control sobre ellos y sólo atacarían si sintieran que su vida o la de sus crías estuvieran en peligro.

Para ellos sería absurdo gastar energía en estar siempre preocupados, alarmados o a la defensiva. Esto implicaría vivir con un miedo y un agotamiento constante; sus músculos quedarían rígidos y no serían capaces de cazar ni escapar si otro animal los atacara. Tampoco les quedaría energía para buscar alimento y al no poder descansar tampoco podrían regenerarse.

OLVIDARSE DEL CUERPO

A veces pienso que los seres humanos no estamos tan lejos de la realidad del Zoológico, cuando para no tomar riesgos y encajar en la sociedad, empezamos a crear rutinas en nuestro comportamiento. Tenemos tanto miedo a la incertidumbre y a la libertad, que en vez de seguir nuestros sueños vamos creando nuestra propia cárcel para sentirnos seguros. ¿Cómo? Controlando nuestros impulsos, ignorando nuestras intuiciones, censurando nuestros deseos, no diciendo lo que pensamos, haciendo esfuerzos para satisfacer a los demás, y en definitiva permaneciendo como nuestros educadores nos aconsejaron, porque al fin y al cabo creemos que tampoco nos ha ido tan mal, !hemos sobrevivido!

¿Y cómo sobrevivimos de niños, por ejemplo, a situaciones aterradoras de humillación, violencia o soledad? Una opción sería intentar volvernos invisibles tensando todo el cuerpo y dejando de respirar. De niños, no éramos suficientemente autónomos como para escapar, ni suficientemente fuertes como para defendernos. De adultos, muchas de estas técnicas quedaron obsoletas y ya no nos sirven a la hora de resolver conflictos, así y todo seguimos usándolas porque en nuestra memoria nos ayudaron a sobrevivir.

A veces es tan fuerte la creencia de que no podemos cambiar, y tan fácil quedarnos en la zona de confort, que sin darnos cuenta, reaccionamos automáticamente con el mismo tono, la misma expresión, la misma postura, de hace años, sin siquiera cuestionarnos por qué actuamos así. Muchos de estos comportamientos son copiados inconscientemente de nuestros padres, y hasta de generaciones anteriores. Si a medida que van pasando los años no cambia nuestro nivel de atención, adaptarnos a los retos que la vida nos va poniendo, va a ser cada vez más difícil.

La flexibilidad y creatividad para buscar nuevas soluciones a nuevos problemas es lo que nos permite adaptarnos con éxito al mundo en el que vivimos. Cuando estas cualidades son escasas en nuestra vida y nos aferramos al pasado, seguramente nuestro nivel de sufrimiento y la sensación de que la vida es una cárcel va a ser mucho más elevado.

Cuando nos identificamos con estas imágenes del pasado, no dejamos espacio para crear cosas nuevas, y aunque tengamos 40 años podemos, en ocasiones, seguir sintiéndonos y actuar como si tuviéramos 8.

Pero no sólo las imágenes y creencias se pueden quedar congeladas en nuestra memoria, nuestro cuerpo también va quedando moldeado. Imagínense la postura de una persona tímida que sufre de miedos constantes. Esta persona seguramente tendrá los hombros tensos y encorvados hacia adelante, el pecho encogido, las nalgas apretadas y la mirada hacia abajo. Y seguramente lo hará de manera inconsciente un promedio de 12 horas al día. ¿Cómo percibirá esta persona el mundo? ¿Cómo se relacionará con los demás? Tarde o temprano los efectos se verán reflejados en su nivel de energía y vitalidad, en la forma como caminará, como hablará o como resolverá los conflictos.

El cuerpo puede ser un lugar maravilloso donde podemos sentir con intensidad emoción, placer, energía y bienestar. Pero también se puede convertir en una cárcel cuando se vuelve tenso y rígido, cuando los dolores empiezan a acumularse hasta volverse crónicos.

Muchas veces necesitamos de las crisis (palabra proveniente del griego que significa cambio) para parar y entender que la manera como hemos funcionado hasta ahora, no nos sirve. Es una oportunidad para revisar y detectar en qué áreas de nuestra vida estamos insatisfechos, qué sueños dejamos incumplidos, qué es lo que en realidad amamos hacer. Naturalmente tener un compañero de aventuras en esta búsqueda, que desde afuera nos pueda reforzar el contacto con nosotros mismos, es un tesoro.

Nuestro cuerpo es sabio y en realidad está intentando todo el tiempo comunicarse con nosotros. A través de las emociones, las sensaciones corporales, las intuiciones y premoniciones. Él es el primero que está agradecido cuando empezamos a cambiar y hacemos los reajustes necesarios para lograr un mayor bienestar. Lo sabemos porque nuestra digestión mejora, dormimos mejor, estamos más tranquilos, nos concentramos más fácilmente, no nos exaltamos tanto, somos más pacientes y comprensivos con nosotros mismos y con los demás.

ENCONTRARSE CON EL CUERPO

El Método Grinberg, surgió de la mente curiosa de Avi Grinberg, quien propone recuperar la atención a esta comunicación con nosotros mismos, a través de nuestro cuerpo. Tras una década trabajando con personas, Avi Grinberg fue descubriendo que muchos de sus pacientes querían ser sanados pero sin formar parte del proceso de sanación, como si sus cuerpos no fueran suyos, y el dolor o malestar fuera algo ajeno a ellos y que otro debía hacer desaparecer.

Él entendió que muchos de sus pacientes no eran conscientes de las rutinas dañinas que repetían cada día, creando finalmente una enfermedad, dolores crónicos, depresión, etc... Se dio cuenta de que lo que hacía falta era enseñarles a mejorar su nivel de atención para detener las rutinas en las que estaban atrapados y lograr así una mayor libertad en sus vidas. Partiendo de un respeto profundo por la capacidad humana de auto-curación y dándose cuenta de que esta capacidad había sido olvidada, decidió cambiar su profesión de terapeuta por la de educador.

El Método Grinberg combina la consciencia de la experiencia del pasado de cada individuo con su condición actual y sus deseos de definir lo que necesita aprender para el bienestar del presente y el futuro. El objetivo es aumentar nuestra habilidad para prestar atención a partir del tacto, la respiración, el movimiento, los ejercicios físicos y las herramientas de descripción.

A través de mi experiencia con el trabajo del Método Grinberg he podido comprobar cómo todo cuerpo tiene una memoria y una historia. Con sus heridas, cicatrices y traumas. Cuando intentamos tapar o esconder todo lo que no está resuelto en nuestra vida -porque nos asusta o nos duele demasiado, o porque simplemente creemos que no vamos a ser capaces de enfrentarlo otra vez-, estas experiencias que intentamos borrar se convierten en una sombra que en vez de desaparecer, cada vez se hace más grande y amenazadora. En un nivel muy inconsciente pensamos que nunca pasó, que nos lo inventamos, que no fue tan grave. Pero el cuerpo nunca miente.

Por eso elegí esta profesión; porque quería compartir con los demás todas las herramientas que aprendí y que tanto me siguen beneficiando.  Después de mi experiencia como usuaria, empecé a sentir una revolución en mi vida. Me di cuenta de lo desconectada que estaba de mi cuerpo, y gracias a lo que fui aprendiendo en la sesiones hoy en día mi respiración es más consciente; esto me permite tener más energía y un mayor nivel de atención. Al estar más atenta, noto con claridad cuando algo no me parece bien y al expresarlo al momento, evito malentendidos con los demás. Día a día he ido ganando más confianza en mí misma.

Llegué a Colombia confiando plenamente en mi instinto, dispuesta a empezar de nuevo y aunque sin garantías, con toda la certeza de estar siguiendo mi corazón. No me arrepiento ni un momento, pues ha sido para mí la confirmación de que haga lo que haga, mientras esté conectada a mí misma y sienta, mi cuerpo va a ser mi casa y mi guía.

Como dice el Popol Vuh, libro que recopila narraciones míticas, legendarias e históricas de la cultura maya-quiché: Quien elige el camino del corazón, nunca se equivoca.

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