I.LETRADA.CO | EPISTOLARIO | LA FIESTA
EPISTOLARIO
LA FIESTA
ESCRITO POR
Daniela Maldonado
Literata de la Universidad de los Andes y practicante de yoga.
ESCRITO E IMÁGENES POR
Jerson Guevara
Literato no graduado de la Universidad de los Andes y guitarrista de una banda de punk que ya no existe.

LA FIESTA

Epistolario es una red de correspondencia. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

Bogotá, después de una fiesta.

Hace unos días estuve en una fiesta. Primero en un lugar y luego en otro. Y a pesar de que desde los catorce años he repetido muchísimas veces el mismo plan, en esta tuve una certeza. En las otras tuve dudas, o nada, no recuerdo. Al final, y como en otros finales de fiestas que he tenido, tuve muchas ganas de irme. De irme rápido. No tanto a mi casa a dormir, sino de irme lejos, a otro lugar, ojalá a otro país, a otro mundo, no sé. En estos días, que he pensado en esa sensación, recordé que en otro final de fiesta, cuando tenía dieciséis años ––creo–– quería coger un taxi, llegar al aeropuerto y viajar a España, o a donde fuera. Quería volar lejos, pero terminé montándome en un taxi y diciéndole al conductor que me llevara a mi casa en vez de al aeropuerto como quería. En este último final; sin embargo, ya sabía que no me quería ir a España, sino a la India, que es más lejos (¿cuántas veces, desde que volvimos a hablar, te he contado sobre este viaje?). Y como ya sabía a dónde me quería ir, y como estoy haciendo lo posible para que ese viaje ocurra, supe al final de la fiesta que no podía irme de inmediato, como quise a los dieciséis años, sino que lo que podría hacer sería, tal vez, irme pronto. O sea, tuve la certeza de que no podía salir y coger un taxi y llegar al aeropuerto y viajar a la India, sino que tenía que coger un bus, llegar a mi casa, dormir y esperar a que fuera más tarde para volverme a despertar. Y eso último, que no era lo que quería hacer sino lo que sabía que pasaría, fue lo que hice. Dormí, me volví a despertar, etc.

Al día siguiente me invitaron a una nueva fiesta pero, como estaba cansada de la anterior, no quise ir. En cambio, me quedé todo el día en mi casa oyendo música, viendo películas y meditando. En la meditación, recordé que la última vez que nos vimos me dijiste que lo malo de las fiestas era que se acababan, y que después del ruido uno se debía quedar con el silencio, que era mucho. Y pues sí, eso es lo que tienen de malo, pero también de todo; que se acaba, que no dura. Y entonces no es lo malo sino que es la naturaleza de todas las cosas; que se van, que no permanecen. Y lo que pasa es que las fiestas duran mucho, desde la noche hasta que sale el sol, y ni siquiera así se acaban, pues luego vuelven a seguir: al día siguiente cuando hablamos de ellas, días después cuando nos acordamos de algo que pasó, y así. Ellas se extienden, se alargan. Y en ese acto de extenderse y de alargarse, uno cree durante las fiestas que puede hacer muchas cosas como volar al otro lado del mundo, o enamorarse, o seguir bailando infinitamente. Pareciera que las fiestas quisieran ser infinitas, como lo son pocas cosas, pues siguen y siguen. Hasta hoy, que escribo sobre ellas, o hasta mañana, que vaya a una nueva. Y uno sabe que el final no va a ser el final, y que tendrá que dormirse para dejar que la fiesta siga cuando se despierte y ya no haya música ni baile ni amigos. Por eso creo que siempre que estoy en una, tengo muchas ganas de irme al final, porque sé que las fiestas pueden dar la sensación de ser infinitas, y quiero saber si de verdad se acaban, si son como todo y se terminan. Si compruebo esto creo que podría regresar al tiempo de la vida, que no es el mismo de las fiestas. Y no sé si me guste más el tiempo de la vida. Me parece que en ese tiempo no experimento tan seguido, como en ellas, la sensación de que algo es eterno, porque uno hace una cosa y luego otra y así. Cuando estoy en el tiempo de la vida no me parece posible ir al aeropuerto inmediatamente para viajar lejos. Y es mejor que eso me parezca descabellado, porque lo malo de la fiesta sí es que creo que puedo hacer eso, y luego cuando la fiesta al fin se acaba me doy cuenta de que no puedo, pues debo hacer lo que sigue, que es esperar un bus, caminar a mi casa, dormir y todo eso. Aunque al final eso puede ser lo bueno de la fiesta en vez de lo malo: que uno tiene, mientras dura, la creencia de que puede hacer lo que desea y, al mismo tiempo, la certeza de que tiene que hacer lo que sigue. Y descubrir que estas dos cosas pueden existir a la vez me parece no sólo un descubrimiento bonito sino también necesario.

Que venga otra fiesta o que ésta se termine,

Daniela.

Bogotá, con una fiesta todavía en la cabeza.

En las fiestas, en las buenas al menos, siempre hay un momento, el que uno cree que podría bailar y bailar hasta el infinito. A mí me ha pasado solo un par de veces porque no sé bailar. Cuando por azar logro encontrar una chica igual de torpe a mí, entonces creo que el universo está conspirando. Porque de hecho, algo que recuerdo de la última fiesta en la que estuve es que antes de llegar, supe que iba a sentir muchas ganas de irme. A ningún lugar en particular, aunque horas después hubiese querido que fuera muy lejos, probablemente más lejos que la India. A pesar de esa certeza, me quedé. Las ganas de irme tenían que ver con lo que pasa inevitablemente después de cualquier fiesta y es el silencio. Tal vez, aunque todas parecieran terminar igual, no había prestado atención a su propio final antes de esa noche. El caso es que ahora, por más obvio que parezca, entiendo que el silencio es una ausencia de ruido que anuncia el final de la fiesta. Pero no es que el silencio indique que la fiesta se acabó, porque precisamente el silencio hace parte de ella. Esa noche, mientras intentaba ponerme cómodo me contradecía una vez más y, saboreando cada trago, pensaba: ¿Quién puede predecir lo que va a pasar con tantos cuerpos, egos, sudor y música circulando en un mismo espacio desde la noche hasta que sale el sol?  Me gustaba creer a veces que la fiesta era un lugar, como una realidad alterna con infinitas posibilidades. ¿Por qué entonces todas terminan en silencio? Creo que esa noche me quedé porque tenía ciertas dudas sobre mis certezas. No he ido a tantas fiestas, o tal vez nunca son tantas. Quise creer en algún momento, y por un instante, que dentro de ese marco de infinitas posibilidades estaba incluso el de cambiar su final.

Una vez más, ese día llegué a casa, me senté en la cama y pensé que la fiesta se había terminado. Pero no fue así, el recuerdo del ruido que un par de horas antes solía ser tan agradable se reprodujo en mi cabeza, ahora sin amigos, sin baile y sin música. Me hubiera gustado hablar contigo en ese momento, tal vez un poco antes para que me dijeras que esto pasaría. Noté entonces que la fiesta y sus colores no se habían ido del todo, algo permanecía; a pesar y con el silencio.

Como dices, la fiesta se extiende días y días, y la continuamos hasta que se nos acaben las palabras, las ganas de bailar o el tequila que siempre se acaba antes que todo lo demás. Aunque su tiempo se extienda y pretenda ser infinito, se olvida eventualmente, y no porque dejes de irte de fiesta. Es más bien el olvido de haber tomado tanta cerveza que ya no recuerdas cuál era su sabor la primera vez que la probaste. Ya no puedo recordar la primera fiesta en la que estuve y apenas si recuerdo. Creo que recuerdo, o imagino que recuerdo algo de la última. El tiempo de la vida termina imponiéndose sobre el tiempo de la fiesta y todo se acaba. El problema es que no siempre se acaba cuando uno cree o espera que acabe, sino cuando tiene que acabarse, no por algún deber intrínseco a las cosas, sino porque, ¿cómo podría ser de otra manera?

El final de la fiesta es un instante que a mí me cuesta identificar. ¿No te pasa a veces que sigues de fiesta aunque las luces ya se hayan apagado y a veces quisieras estar en silencio justo cuando la gente canta y grita más alto? En todo caso, digo que la fiesta se acaba y tiene que acabarse porque en ese final comprendemos el carácter finito de todas las cosas. Saber que cualquier instante tendrá que terminar la hace más valiosa e interesante.

¿Por qué si el final de todas las fiestas resulta en un silencio tan incómodo termino volviendo a ellas eventualmente? Ahora creo que es, entre otras cosas, por esta conciencia del final y del olvido. Es algo desalentador y reconfortante a la vez. En el tiempo de la vida, como en el de la fiesta, nada permanece, todo se acaba, se olvida cuando menos lo notamos. A veces incluso agradecemos ese olvido -¿cuántas fiestas quisieras que nunca hubieran ocurrido?- y esto hace de cada experiencia algo irrepetible. Cada baile comienza y termina de una manera única y particular en una fiesta y en todas las fiestas. Por eso me quedé ese día desde la noche hasta que salió el sol, o hasta que creí que había salido. Lo que pasó en ese lugar pasó y pasará una vez distinta cada vez, sin importar a cuántas fiestas vaya en mi vida. Me quedé en esa última porque quería alejarme, al menos por unas horas, de tantas cosas que conocía. Fue viajar a su mundo y su ilusión de eternas posibilidades, a pesar del silencio que esto implicara. Me quedé bailando para olvidar otros bailes en otros días que ya no me resultaban agradables. La fiesta se olvida con más fiesta, ¿no crees?

Ahora mismo me cuesta recordar muchas cosas de esa última fiesta en la que estuve. Me parece curioso, después de tanto ruido y tanta gente. Ahora todos son una sombra para mí. Apenas si puedo percibir algo a través de estas palabras. Lo que me queda es lo poco que te cuento, nada más. Y recuerdo muy bien que esa noche me fui al menos con la conciencia del final o de un final de todos los posibles. Esta conciencia me ayudó a soportar el silencio, que por más abrumador y eterno que llegó a parecerme, también se acabó.

Que siga la fiesta aunque se acabe,

Jerson.

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