I.LETRADA.CO | FICCIONARIO | LA MÁQUINA DEL TIEMPO
FICCIONARIO
LA MÁQUINA DEL TIEMPO
ESCRITO POR
Evelio Rosero
Escritor bogotano nacido el 20 de marzo del 58.
IMÁGENES POR
María Leguízamo
Esperando a Godot.

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Con el apoyo de IDARTES, el microrrelato llega al Ficcionario de i.letrada. Inauguramos con tres micro cuentos rescatados del tiempo, escritos por Evelio Rosero, una de las voces literarias más resonantes en la actualidad.

Bogotá, 1984

Por qué está triste tía Inés

Usted me pregunta por qué estoy triste y yo quisiera responderle que estoy triste porque un día salimos caminando con él hasta la playa y él me dijo “Ya vuelvo” y sí volvió, pero después de veinte años –cuando yo no lo esperaba- y  él volvió a marcharse y desde entonces no he podido alejar esta tristeza. Quisiera contarle que ese día de la playa yo tenía puesto un camisón de seda comprado un día antes, para que él lo viera y me dijera todo lo que dicen ellos cuando una lleva puesto algo especialmente comprado para que ellos digan algo. Él no dijo nada, impaciente por tenderme en la playa. Hizo lo que hizo y después me miró y me dijo “Ya vuelvo”, y sí volvió, es cierto, después de veinte años. Quisiera contarle eso, pero no puedo.

Escena

Vieron al Cerdo aparecer intempestivo en el umbral pantanoso del bar. Sostenía un paraguas inmenso, oscilante, que brotaba como un ala negra desde su lomo: una sombrilla antigua, protegiéndolo maternalmente del aguacero. Naturalmente, el Cerdo tenía unos ojos de cerdo, pequeños y rápidos, negrísimos, muy separados. Dio tres zancadas estruendosas y empantanadas. Resolló, ladró, y se tiró a morir de rabia en el piso. Algunos clientes se retiraron, asqueados. “Ha vuelto a perder en el juego”, dijeron. El Cerdo aferraba su pecho con sus pezuñas pequeñas, amorosamente enguantadas. Los dientes grandes y puntudos parecían de zinc. Torrentoso, expiró, y alguien no dudó en tomarle dos fotografías.

Un pueblo detrás

Un anciano ex presidente y su mujer no sabían en qué otro capricho gastar su fortuna y por eso decidieron ordenar y pagar el traslado de su casa –una hermosa quinta situada en las inmediaciones de San Pablo-, piedra por piedra, pared por pared, losa por losa y ventana por ventana, hasta una distante villa situada al otro lado del mar. Su sorpresa no pudo ser mayor cuando al llegar encontraron que con su casa se había trasladado todo el pueblo de San Pablo, calle por calle, gozne por gozne, incluyendo los mendigos y los perros, y que todo era igual que antes. Volvieron a ordenar el traslado de su casa y no acababan de poner nuevamente en otro sitio la última piedra, el último vidrio, cuando ya en el aire tomaban cuerpo las pobres edificaciones del pueblo, con sus hormigas y sus gatitos y sus pájaros. Decidieron no desesperarse y continuar trasladando su hermosa casa, de risco en risco, de isla en isla, pero el pueblo continuó siguiéndolos, de playa en playa, de bosque en bosque, igual que una pesadilla.

                                                                                                                                                      

 

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