I.LETRADA.CO | FICCIONARIO | MINI KUCHÁ
FICCIONARIO
MINI KUCHÁ
ESCRITO POR
Jenny Valencia
Escritora. Cronista. Reseñista. Reportera. Correctora de estilo. Narradora oral escénica. Docente de Literatura. Viajera. Investigadora de culturas nativas.
IMÁGENES POR
Andrés Chaparro Sánchez
Licenciado en artes con especialización en pintura de la Universidad Finis Terrae de Santiago, Chile.

MINI KUCHÁ

Jenny Valencia, ganadora del Concurso de Crónica, trae a Ficcionario el sonido de los tambores de San Basilio de Palenque. Con el apoyo de IDARTES.

I. Ma kamino abiecto:  Los  caminos abiertos

Entre Cali y San Basilio de Palenque hay multiplicidad de colores, formas vegetales, animales, aromas, rostros, pieles y sabores.  Los ojos ávidos de los viajeros a veces se remontan hasta las nubes para descubrir los rayos de un sol que pinta de amarillo las planicies vallecaucanas, o sobre las aguas marrones del Río Cauca que sube desde el Macizo Colombiano como una serpiente fluvial hasta el Atlántico. Hacer el viaje por tierra es recorrer por treinta horas los pliegues de una Colombia que es fría, caliente, tropical,  templada, llana y montañosa hasta ingresar a la  calidez húmeda de la Costa Caribe.

A cuarentaicinco minutos de Cartagena, sobre el margen izquierdo del canal del Dique, se  encuentra al fin la trocha que conduce hacia el primer pueblo libre de América. Las sonrisas blanquísimas, las camisas coloridas y las pieles brillantes de algunos palenqueros en sus motos reciben a los forasteros que descienden del bus,  y los conducen por un camino de barro entre los Montes de María rodeado de vegetación húmeda, hasta la entrada del palenque libertario de Benkos Biohó, “El Rey del Arcabuco”,  donde una conjunción de aire, viento, agua y fuego, abre  cada año los caminos a las gentes del planeta, hacia la celebración de las razas.  

Es 14 de octubre del 2011. Primer día del XXVI Festival de Tambores y expresiones culturales de San Basilio de Palenque en homenaje a la cantaora Dolores Salinas. Como un premio por haber escuchado el llamado de los ancestros desde el corazón del África viva,  cuatro días después los visitantes volverán límpidos y renacientes hacia sus lugares de origen.

II. Oriki Tabalá: Fiesta de tambores

La palabra “BOTROKLO” que en lengua palenquera significa “Revolución” se inscribe en la puerta de una casa a la entrada de la población. Desde el primer día del festival, los aromas de los platos típicos atraen a los visitantes hasta la plaza principal del pueblo donde la escultura de Benkos Biohó, el primer esclavo que se atrevió a rebelarse ante la corona española y escapó para hacerse libre junto con su compañera Wiwa y otros trece esclavizados por los montes de María en los años 1.600,  se erige poderosa con una mano que ha roto sus cadenas,  justo al lado del templo.  

Cinco días danzando bajo un calor de cuarenta grados centígrados. Agua en bolsa para rebatir la sed. El sudor acaricia y hace brillar los rostros prietos de bailarines y tamboreros. Las pieles extranjeras lucen rojas y tostadas por el sol. En la tarima se proyectan videos documentales sobre los raizales. Diversas agrupaciones se dan cita para que los cuerpos bailen a ritmo de bullerengue, chalusonga, cumbia,  rock, salsa, reggue y calipso.

Las calles de barro son recorridas por caminantes que hicieron el viaje a pie  desde lugares remotos de Latinoamérica; las miradas de actores, escritores y artistas visuales se beben el paisaje de las calles del corazón africano para recrearlo con sus cámaras y sus libretas. A Harold Pardey lo conocen en Cali como el Zudaca y como Maelkum Marley; es un caminante que  viaja por el continente en “el remolque Garvey”,  registrando en sus crónicas la diversidad de ese gran trenzado multicultural llamado Latinoamérica. Durante la XXVIII versión del festival de tambores, en homenaje al tamborero Rafael Cassiani, el Zudaca escuchó las tonadas raperas del grupo Mona ku rap, y  los aires de Calipso del picó. Sumergido en el Caballito fluvial que atraviesa el palenque, el sol acarició su espalda mulata, y la Diosa Muerte conjurada por los cueros, viajó hasta el arroyo para bañarse con él y hacerlo nacer nuevo al mundo, con los golpes de los tambores flameando en su interior: 

Soy un sujeto fractal que persigue utopías en el lienzo del planeta tierra. Outubro. Estoy en el caribe hiperreal y macondiano. Saludo al mar, el gran borracho universal como dijo Jack Kerouac. Unplugged del cromatismo gris tristón de la calicalavera.  Es temprano, los cueros y los orishas nos convocan al corazón de Afrérika, comenta Maelkum. Carretera ontrip. Remolque Garvey. El arroyo del palenque San Basilio. Fuego acuático. Elementales ancestrales me incineran por dentro para exorcizar  fantasmas,  y renacer una bella tarde como un Diabolò anarco fanzinero de Zion, con el picó reposado del batido calipso, mento, y soca. Chontaduro sonoro diría mi abuela.  El camino es siempre largo, y las piedras transmigran los senderos. Recuerdo al poeta Robi Draco: “¡Recorred vuestras vidas! El habitante interior es acción y alquimia. Mágico en su primer vuelo. Es iconoclasta, pero vive más allá de una realidad visible-ligado a su propio misticismo. (…)

Babalaos y médicos tradicionales que aprovechan para intercambiar secretos curativos con las plantas y las energías, caminan  entre mujeres que venden dulces típicos de la comunidad, hombres con espirales de butifarras y huevos hervidos sobre un platón, frutas en carretas, trozos de cerdo frito, arepa e huevo, bombones de pollo, carimañolas. 

Frente al parque, el bar “Los recuerdos de ella” presta sus instalaciones para que en el día se congreguen los narradores orales y deleiten a los visitantes con las historias tradicionales, y en la noche se baile champeta con los nativos, se ahuyente el calor con cervezas frías y se atraiga la calidez con tragos de Ñeke, el licor tradicional de San Basilio de Palenque que es destilado por los indígenas Sinus y que según se rumora  es bueno para la fuerza corporal, la larga vida y la potencia sexual.

La marejada de rostros azabaches se encuentra con las pieles doradas, amarillas, mestizas y cobres de australianos, africanos, argentinos, colombianos y otros muchos ciudadanos del mundo que confluyen cada octubre para bailar al son de los tambores pechiches, llamadores y alegres que abren canales en el viento para llevar un mensaje de paz, aceptación y unidad a los pueblos del mundo entero. Un hombre australiano, rubio, de ojos azules y vestimenta de juglar, no necesita saber español ni lengua palenquera  para elevar sus piernas gigantes por los aires; danza con una bella nativa que mueve sus caderas ancestrales en espiral sobre el redondel que han abierto los asistentes al taller de baile de tambores. Kike Salgado, locutor de la comunidad, los observa y exclama:

“Propiciamos el encuentro con otras razas y culturas porque a través de la cultura podemos comunicarnos universalmente. El Festival de tambores y expresiones culturales surge por la necesidad de desarrollar la fortaleza cultural de nuestra población San Basilio de Palenque. Un grupo de palenqueros, Juan Pablo Cassiani, Dionisio Miranda Tejedor, y Viviano Torres, se reunieron y empezaron a organizar las ideas que hoy día se ven representadas en el festival y que destacan a Palenque como una gran fortaleza cultural.”

III. Ma posá ri gende mi prieta:  Las casas de mi gente negra

Entre la Plaza principal de San Basilio de Palenque y la Casa Cultural se erigen los bohíos de techos fabricados con hojas de palma seca. En sus solares hay letrinas, represas de cemento para  el agua lluvia, y  fogones de leña donde se cuecen a fuego lento pescados, arroz, plátanos y ñame. No hay hoteles, ni alcantarillado.  Los retretes se sueltan con tarros y  las duchas son reemplazadas por el arroyo “Caballito” que nace en la montaña de la Bonga y  abastece a la población de agua para las casas, sirve como espacio de recreación, de lavadero para las mujeres que estregan la ropa sobre los manducos, y de espacio de socialización para que los nativos se enteren sobre lo que pasó, pasa y puede pasar en Palenque. También es el albergue de los Mohanes, seres sobrenaturales que lo recorren por las noches para llevarse a los desprevenidos. Mientras  tapa con hojas de plátano una olla de arroz sobre el fogón de leña, Adalberto Tejedor  recuerda el aspecto físico de las Mohanas:  

“Viven en la ciénagas y andan todas pintoreteadas y con el pelo suelto. Si tú te vas de noche al arroyo te llevan, y si consumes algo en el mundo del Mohan te quedas allá…”

IV. Ma kusa ri suto:  Las cosas de nosotros

En  la Casa cultural se exhiben los objetos utilizados durante el ritual del Lumbalú, dan talleres gastronómicos sobre la cocina africana y su transformación durante la diáspora, los nativos enseñan a tallar y forrar la madera para elaborar tambores, a tocarlos con golpes cerrados o abiertos, dictan conferencias sobre los trenzados afros, y un seminario sobre el aporte de las negritudes a la construcción de las Américas, en la biblioteca se dan clases de lengua palenquera.

 En una esquina está el bohío  de Ambrocio, el médico tradicional de la comunidad conocido como “Siquito”.   Las gentes se acercan atraídas por el pendón colgado de la cerca y el techo que invitan a mirar las plantas del médico: “MINI A MINÁ  PLANDA RI MERIKO”.  Atados de plantas de todas las especies cuelgan sobre piolas atravesadas de pared a pared. Siquito las corta y se las entrega a señoras que se quejan de dolores en las piernas, insomnios por espantos y tristezas por desamor, en tanto que explica sus propiedades y artilugios:

Juan de Dios sirve para las fiebres y las dolencias. Cura siete enfermedades. Aquí tenemos esta plantica que se llama Resbalamonos, con ella se echa un baño en la cabeza  para la vista inflamada. Esta mata se llama la Primientica para mal de ojo. Aquí tenemos la Flor verde para cualquier golpe, se machuca con cualquier piedra, se le echa alcohol,  ron,  limón y  sal, y con este preparamiento la pone en el fogón y luego sobre el golpe. Esta se llama la Cotorrera, y es especialmente para la composición y para abrir los caminos a las personas que tienen mala suerte...

A unas cuadras de allí, Ereigis Navarro Caceres, ganadora nacional de peinados afro en 1988, palenquera de piel de ébano y  ojos pardos, hunde su  mirada totémica en el horizonte, y  exclama una sentida invitación en lengua palenquera; “…los que a na miná poto paraje hoy ma kutura ri suto prieto,  ané a ta po to paraje, ajué majaná capuchichirimanga mané a pesé rioso ante ma suto prieto pero mola kombilesa suto … hoy mini ku suto, mini kuchá!” : “¡Los que nos miran, por todas partes está hoy la cultura de nosotros los negros. Hoy la cultura de nosotros los negros está por todas partes.  Hoy la gente de afuera parece Dios ante nosotros los negros, pero ustedes recuerden, los amigos de nosotros, vengan con nosotros, vengan a escuchar!

“¡Me estoy quemando! ¡Échenme agua!” cantó múltiples veces Dolores Salinas sobre la tarima a la que se sube Kike Salgado para anunciar a un grupo de danzas de la población vecina de Malagana. Un niño baila vestido de la muerte,  y en él la muerte se viste de Leopardo para apuntar con su hacha al público.

Cae la noche. Entre un espiral de estrellas que entapiza el cielo del Palenque surreal, aparece una luna redonda y plateada que ilumina los patios de los bohíos y recuerda los paisajes del África Lejana. Muevo mis caderas de un lado a otro con los ojos cerrados;  me siento hechizada.  Bebo un trago de ñeke.  No puedo construir una imagen explicita que explique lo que pasa cuando escucho los tambores en Palenque, pero sí puedo decir que siento  una llamarada que me brota de las entrañas... con cada golpe de tamboreo siento que mi cuerpo se conecta con mi espíritu y bailo envuelta en el aire mágico que expelen los tambores, la gente y el territorio para perfilar  el viento con el cincel del cuerpo.

Amanece. El sol se despliega sobre la tierra de Benkos. Todos tomamos Ñeke y recibimos el nuevo día danzando con los brazos en alto. Los caminos están abiertos.  Hombres y mujeres de otras partes regresamos a nuestras tierras de origen con los espíritus sacudidos y flameantes por la magia musical de los tambores. Durante todo el camino de regreso, nos custodia un eco ancestral: ¡Mini ku suto! ¡Mini kuchá! 

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