I.LETRADA.CO | TRAS ESCENA | NO TODAS LAS JOYAS BRILLAN O SON DE ORO
TRAS ESCENA
NO TODAS LAS JOYAS BRILLAN O SON DE ORO
ESCRITO POR
Daniel Leguizamón
Aun teniendo el mundo sobre la palma de la mano nadie sería capaz de recorrerlo todo. Por eso voy lento, pero con los afanes de siempre.
Camilo Rey Sánchez
En la vida, como en la historia, como en el arte y como con dios, uno dice no, pero no abandona.
IMÁGENES POR
Iván Rickenmann
Pintor y dibujante bogotano. Profesor de dibujo en la universidad de Los Andes y la Universidad Javeriana.

NO TODAS LAS JOYAS BRILLAN O SON DE ORO

Un recorrido en carboncillo con Iván Rickenmann
La ciudad nos mira, aun cuando la ignoramos. Iván ve en ella un brillo que escapa a los transeúntes que clavan sus ojos al cemento. Él recoge los retratos de objetos y cosas venidas a menos; las transforma, rescata sus estéticas y les entrega las texturas y los colores del blanco y negro.

El allá es un espejo en negativo. El viajero reconoce lo poco que es suyo
al descubrir lo mucho que no ha tenido y no tendrá italo calvino. las ciudades invisibles

El artista Iván Rickenmann ha vivido en Bogotá, París y las lomas del municipio de la Calera. A este último fue a parar en busca de aire, espacios amplios y tranquilidad para producir sus obras. Pero luego de un rato sintió el magnetismo del cemento, el vidrio y el acero. Volvió a Bogotá y el choque no se hizo esperar. Haberse alejado de la metrópolis le permitió desarrollar una mirada más fresca e incisiva del entorno urbano y su estética plástica. Él cree profundamente que los objetos simples, mundanos o feos poseen una magia que se descubre cuando se los mira mil veces y se los dibuja también de mil formas distintas.

«Ciudad Fragmentada» es producto de los andares por la estética capitalina y los hallazgos fortuitos de rincones que se niegan a morir. Con esta serie, Iván quiere iluminar la mirada de los ciudadanos que parecen no percatarse de los momentos que la ciudad guarda para ellos. Luego de retratar, mirar y borrar, presentó seis cuadros en gran formato dibujados al carboncillo y recogió en retratos pequeños la intimidad de un devenir que ya se fue. La serie se exhibió en Rojo Galería de Bogotá, entre el 7 de Marzo y el 20 de Abril de 2013. Aunque la exhibición ya acabó, la ciudad sigue allí, impaciente por que la miren y se asombren con ella, como lo ha hecho Iván.

 

 

 

 

 

 

 

Sobre la avenida buscamos el bus más vacío para evitar la multitud y abreviar el trancón de la manera más rápida posible leyendo textos pálidos por el bochorno de la mañana. Después de arrojarnos a la calle, ignorar huecos y andenes, nos montamos a un taxi para evitar la distracción del caos y de las pláticas extendidas para llegar finalmente al taller de Iván. Una vez dentro, fuimos testigos del silencio de las obras. Vimos los mismos lugares que cruzamos y que evadimos pero que están en constante comunicación con nuestra soledad capitalina. Esta es la ciudad en carboncillo, una Bogotá vista desde quien la habita.

Iván retrata lugares muy particulares de Bogotá, vagos y tapados de humo que continuamente se incrustan en la memoria como paredes de grafitis y hollín. Donde el ojo desprevenido no ve más que muros sucios y calles atestadas de masa humana, el proceso creativo de Iván le apuesta a la resistencia del carboncillo para representar aquellos espacios que cada vez se esconden más.  

 La manera como llegué a dibujar todo esto tiene que ver con el desorden de Bogotá, que en términos gráficos es bien interesante. Hay muchas edificaciones que no tienen ninguna relevancia plástica, pero cuando se pasa su imagen al dibujo, adquiere una presencia mucho más fuerte. Bogotá es una ciudad muy fea. Hay puntos interesantes pero están muy abandonados. Mi idea con esta serie fue sacar la estética a cosas que no la tienen. Allí el gran formato tiene un papel crucial. Fue un reto meterme en la imagen y darle presencia a lo que se esconde en la calle pero que emerge desde el carboncillo. Quise jugar con la idea realista de hacer lo más parecido a la foto de lo que observo,  pero que no es una copia del todo; es entender cómo funciona una casa, como la veo y luego volverla hacer o dibujar desde mi visión de la ciudad.

Mostrar los objetos y ser fiel a estos requiere una destreza técnica sorprendente, característica de una filiación teórica en particular: el hiperrealismo. Para Iván, esta escuela se acerca mucho a su obra, pero sería obtuso clasificarlo sin tomar en cuenta la opinión del mismo artista acerca de su trabajo.

La serie no se inscribe dentro del hiperrealismo. El hiperrealismo es, en términos muy crudos, una copia. Es un ejercicio muy mecánico, aunque hay artistas que han enriquecido mucho sus obras desde esta postura artística. Soy realista porque me apropio y entiendo, por ejemplo, un árbol. Me gusta que la imagen vuelva y viva no como una foto sino como algo que ha pasado por mis sentidos y que por eso es parte de mí y están llenos de dramatismo. Evito la frialdad de la copia.

La Bogotá de Iván se fragmenta no solamente entre lugares, sino también entre el público que la habita y al mismo tiempo la padece. Un público que vive y percibe la ciudad todos los días no como algo propio sino como algo pasajero; vive negando la ciudad y su relación inmediata con ella. Nos hemos negado a la ciudad que miramos todos los días, evitando un diálogo con nuestra propia experiencia. Una de las condiciones de vivir en Bogotá ha sido la de no reconocer la materialidad de la ciudad,  sus edificios y sus espacios, desde nuestros propios relatos. Hemos aprendido a habitarla desde los relatos de otros agentes, como los medios masivos de comunicación, que nos han llevado a ver una ciudad distinta  que fractura nuestra conversación con los espacios que recorremos. Mirando una ciudad que a lo lejos es casi invisible como un espejismo, decidimos acercarnos un poco más para ver dónde se escondía el interés detrás de esta exposición de la Bogotá que no queremos ver.

Quise entender la manera como se integra, se crea la ciudad independiente de su estética, de si es bonita o fea. Hice un recorrido para buscar puntos que para mí resultaran interesantes. Por eso dibujé retratos pequeños de la arquitectura republicana de Bogotá, porque buscaba rescatarla del olvido histórico que la destruye. La ciudad no tiene memoria, por eso sus espacios y edificios se esconden o se desmoronan, como ocurrió con la destrucción del Palacio de Justicia: algo raro pasó ahí y luego el edificio desaparece de la mente, se va. Ocurre todos los días, es reflejo de la cultura de Bogotá, es un actitud que está muy dentro de la gente. Uno ve casas muy hermosas que están llenas de letreros y se vuelven institutos de dentistería.

El recorrido que hice por la ciudad es muy silencioso, como si tuvieras una escafandra. En los cuadros y los retratos se siente  que todo está aislado del ruido. Casi no hay gente, es un espacio solo. Miro la ciudad sin gente, cuando se desnuda y se muestra tal cual es.

El carboncillo logra capturar el silencio de la arquitectura porque tiene una particularidad: no es el blanco y negro de la foto contemporánea, sino el de un color sepia, típico de las fotos de finales del siglo XIX. El carboncillo tiene una calidez que da una textura especial. En ese sentido logra que la serie no se convierta en una foto, sino en la evocación de la particularidad de un momento. La fotografía de esa época buscaba captar instantes muy fuertes para retener en el tiempo. Los carboncillos en gran formato son instantáneas de esos momentos cruciales en la lectura de los espacios urbanos en Bogotá que ocurren en silencio.

«Ciudad Fragmentada» es un quiebre dentro de mi carrera porque yo no solía usar el carboncillo. La idea de emplearlo surgió al estudiar al artista sudafricano William Kentridge. Su influencia radicó no en la temática –aunque él también trata temas de ciudad- sino en términos plásticos. Con él pude ver la fuerza del carboncillo en grandes formatos.

Con el carboncillo y las dimensiones de los cuadros pude construir una mirada que le devuelve valor estético e impacto visual a algo que es feo e invisible. La idea era encontrar la riqueza plástica y expresiva del material, cosa que ya conocía en la pintura. El carboncillo aparentemente dificulta las posibilidades plásticas por ser blanco y negro, limitando las posibilidades plásticas del material y la obra. Este no tiene los colores o las texturas de la pintura, de ahí mi interés en lograr contrastes y varios ritmos cuando uno no tiene tanta libertad.

Hay también una visión preciosista. El carboncillo es algo aparentemente burdo, más que el lápiz, y lograr la precisión en la ejecución es muy bonito de ver, sobre todo por el tamaño del formato. Son dibujos realmente bonitos de cosas que no son necesariamente bonitas. Son como joyas, como momentos que uno recoge cuando va por la ciudad. Quería captar esos momentos preciosos para mí a través del dibujo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde el retrato más pequeño, capaz de capturarnos y entregarnos a la curiosidad, hasta el más grande, capaz de consumirnos casi por completo, el espacio museístico urbano tiene distintas escalas, siempre susceptible de ser transformado por la mano de un artista. Surge la duda: si cualquier ciudad puede ser un espacio sensible al arte ¿por qué Bogotá y no otra ciudad?

 Más que otra ciudad, lo que me interesa es el desarrollo salvaje que vive cualquier centro urbano. Cuando me preguntan por otras ciudades me gusta ver ese devenir desordenado, un hecho innegable para Bogotá. Así es como funcionan las ciudades y de esa manera se han venido construyendo. Ese devenir urbano es lo que me gusta vivir porque es muy parecido al acto creativo. Las cosas se van haciendo casi que por ellas mismas, van emergiendo sin una mano maestra. Es toda una urbe la que se reinventa todos los días porque plásticamente necesita funcionar así. Al final, tanto la ciudad como el acto creativo se dirigen hacia algún resultado que puede estar o no planeado.

Una consideración fuerte al representar lugares particulares es la posibilidad de abrirle espacios de diálogo a lugares antes ignorados. La mirada puede aprender a agudizarse desde la visita a una galería, la ventana de un carro o posiblemente mientras caminamos sobre las instantáneas materiales de la historia urbana. Iván nos recuerda la importancia de no ir anónimos entre la multitud. Hay que romper o extender esas cápsulas de autismo y cultivar una actitud más crítica, pero sobre todo, una actitud que se proyecte sobre nuestros espacios. Había una ciudad tumbada por el tiempo y la memoria. «Ciudad Fragmentada»  es una pregunta abierta y vigente alrededor de estos recuerdos partidos y la manera como sus espacios físicos se relacionan con nuestras vidas y nutren los recuerdos que tenemos de nosotros mismos.

Ciudad fragmentada siempre tendrá sentido y será vigente en el tiempo porque son instantáneas de otras épocas. Son momentos particulares que se van a olvidar.

Una y otra vez solíamos preguntar a Iván qué sentía con respecto a su obra, qué le suscitaba o qué causaba en él cuándo se detenía a verla. Todo con ánimo de también querer encontrar en nosotros un nombre o un rostro en lo que interpretábamos de su trabajo.

Hay algo importante de lo que he dicho aquí. El sentimiento que acompaña la serie no es necesariamente una nostalgia, es más bien un desánimo… el desánimo de una ciudad que tuvo su gloria y la oportunidad de cambiar su rumbo pero que no lo hizo. Los proyectos urbanos como Teusaquillo o la Soledad, que fueron planeados y funcionaron, se quedaron cortos y su reproducción no se dio en el resto de la ciudad. Yo recuerdo una Bogotá menos caótica, por la escala, supongo, pero también recuerdo una Bogotá más ordenada y que tenía cierta inquietud por diseñar y planear ciertas áreas, por lo menos hasta las décadas de los ochenta y noventa, cuando se popularizó la estética mafiosa y narcótica. Ese devenir de mi ciudad me ha llevado a ver lo que pudo ser y lo que hacemos con sus posibilidades, una constante en mi obra; que lo plástico encuentre lo bonito dentro de algo tan terrible. Es como pintar un enchufe: no tiene nada relevante, es simple y hasta feo. Pero hay que mirarlo con una visión diferente.

Hay quienes afirman que el papel del arte en la sociedad suele convertirse o asociarse con algo inútil, con un entretenimiento vago que no contribuye en mucho más que un cierto capital simbólico, que ir o no ir a una exposición un fin de semana no cambiará o alterará el estado actual de tantas cosas que molestan y alegran. Pero algo de esta obra resiste y escapa a este tipo de pretensiones.

La gente no aprovecha los trancones para mirar. Estamos muy acostumbrados a ver lo que nos gusta de la ciudad por lo que nos muestran de ella. Hay una pieza de la serie en particular: Las obras de Transmilenio que estaban al lado del hotel Tequendama. Ese era un hueco negro inmenso lleno de tierra. Con el carboncillo quise recrear esa  tierra negra y un personaje vestido que taladra el suelo sin evolucionar. La sensación es clara: esa obra se demora muchísimo, al lado pasan miles de personas y nadie la mira. Cuando ven la pieza dicen: “Oiga sí, eso está ahí, y es grandísimo”. Es importante tomar al espectador por sorpresa de una manera agradable e impactarlo e implicarlo para que la serie resuene en su cabeza y se genere un vínculo íntimo con el público y la obra del artista. Aquí, quería hacer algo plásticamente atractivo dentro de un desastre. Logré dirigir, manipular y enfocar una mirada para que vieran algo feo de otra manera.

Dicen que la nostalgia es una carencia de algo, la parcialidad que no puede borrarse de un plumazo y esperar a que los días sigan. «Ciudad Fragmentada» inaugura un vínculo con la memoria. Los carboncillos habilitan un espacio en el que el recuerdo y las dudas captan al espectador y completan la serie. En ese diálogo se manifiestan las infinitas maneras de replicar interpretaciones y acciones sobre el espacio. La obra abarca una promesa a futuro: la de un devenir que, como el acto creativo, espera ser revelado para seguir nutriendo la  pregunta por la relación entre nosotros, la ciudad que habitamos y la que nos habita.

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