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SANTA NERDA
GENTRIFICACIÓN: EL MONSTRUO DEBAJO DE LA CAMA
ESCRITO POR
Paula Amador
Diseñadora-comunicadora, creo que existe una lógica secreta que une todas las cosas del mundo: la comunicación.

GENTRIFICACIÓN: EL MONSTRUO DEBAJO DE LA CAMA

Definir la gentrificación, uno de los fenómenos urbanos más contemporáneos de las ciudades del mundo, no ha sido sencillo. Distintas aproximaciones y métodos de investigación han mirado ciertos elementos e ignorado otros. Entérese de los principales debates y conceptos para sacar sus propias conclusiones.

Hace varios años cuando hice mi tesis de maestría en marca ciudad y cultura popular (de la que pueden leer los argumentos más gruesos aquí) aprendí un concepto que me heló la sangre en las venas: aparentemente unos artistoides inmundos estaban colonizando los barrios pobres de las mejores ciudades del mundo, para echar a sus legítimos habitantes por medio del alza indiscriminada en el precio de la vivienda y los servicios básicos. A este fenómeno, que más o menos se parece a tener un monstruo bajo la cama, se le ha llamado en los círculos académicos, gentrificación.

La encrucijada es grandísima. Por un lado, las ciudades necesitan competir en circuitos interurbanos internacionales para atraer turismo e inversión y retener a sus habitantes. De eso depende la calidad de vida que pueden ofrecer. Por el otro, las herramientas de branding más usuales (renovación urbana, clusters creativos, paisajismo urbano, etc.) erosionan y ‘comodifican’ la cultura de la ciudad y destruyen la real calidad de vida de sus habitantes. Parte de esta destrucción parece ser la mentada gentrificación.

Ya perdí la cuenta de cuántas veces he oído desde entonces que el marketing urbano es el directo responsable de la gentrificación. Y no es exactamente así: hay muchas tendencias en esta práctica, algunas de ellas de lo más mamertas y contemplativas de la cultura, como la dupla mapeo-planeación cultural de Bianchini y Ghilardi (2007); el branding como herramienta de gestión de Ashworth y Kavaratzis (2009); y hasta el marketing a través del miedo en ‘ciudades problema’ como Detroit (Neill, 2001), para no ir más lejos. Es decir, lo que podría ser responsable de la gentrificación sería, en todo caso, el mal marketing urbano, y no es el caso pues los teóricos llevan 50 años tratando de comprender las causas, el desarrollo y los resultados del fenómeno.

Finalmente ¿quién es el monstruo debajo de la cama? La definición se ha transformado considerablemente en cada edición del Diccionario de Geografía Humana (Lees et al, 2010), y se nota cargada con una serie de argumentos políticos y preconcepciones que no se corresponden con la evidencia concluyente que se ha encontrado en el campo. Incluso en la descripción del término, acuñado por Ruth Glass (1964) ya se incluía el desplazamiento. En The Encyclopedia of Housing (1998, p. 198), Neil Smith la propone como “el proceso por el cual los vecindarios urbanos centrales que han sufrido desinversión y declive económico experimentan reinversión, y la in-migración de población de clase media alta”. Les propongo, en aras de la comprensión de este Santa Nerda, que trabajemos con esta definición en mente. ¿Por qué? Porque es la que explica las condiciones y el proceso sin viciarse exponiendo las supuestas consecuencias.

¿Realmente es solo la voluntad de la ‘clase creativa’ lo que dispara el proceso? No, no exactamente. Los primeros fenómenos de este tipo se documentan entre los 60 y los 70, un momento en el que la producción social del espacio (Lefebvre, 1981) sufre una serie de cambios importantes: las ciudades se desindustrializan, comienza a caer en Estados Unidos la segregación racial, se extienden los hogares conformados por dos trabajadores y menor cantidad de hijos; al mismo tiempo se refuerza la globalización y se concentran las decisiones en los distritos centrales de negocios –o Central Business Districts– (Pallen, & London, 1984). Estos cambios, que no excluyen los cambios en los hábitos de consumo, son los que disparan la primera ola de gentrificación. Los fenómenos más recientes se alimentan de esas mismas variaciones en la producción social del espacio y su profundización, además lo hacen apoyados de nuevos procesos urbanos, como el marketing.

Pero no cualquier tipo de migración urbana es gentrificación. Examinando las diferentes definiciones y estudios, el concepto se parte en dos: en una primera parte se dan las condiciones para que un barrio sea ‘gentrificable’, y en la segunda ocurre el fenómeno como tal. En principio, un barrio gentrificable debe estar en el centro de la ciudad. Este centro se define como los 3 kilómetros a la redonda del distrito central de negocios, pues se ha encontrado que a 8 kilómetros ya no se presentan las variables económicas del proceso (Kolko, 2009). Además, el barrio gentrificable es típicamente ‘obrero’, o al menos de composición social modesta; y durante una cantidad importante de tiempo ha experimentado ‘desinversión’, esto es, se ha creado poco valor en bienes raíces, obra civil, servicios y demás.

Y sin embargo el hecho de que un barrio sea gentrificable no es una garantía de que vaya a sufrir el fenómeno, consistente básicamente en el arribo inicial de la clase creativa y la posterior llegada de una clase social de mayores ingresos (media, media alta, y, en pocas ocasiones alta); y el aumento de inversión en bienes raíces, obra civil, oferta cultural y servicios.

Queda en el aire el mentado problema del desplazamiento por gentrificación, y lo cierto es que en los 50 años de estudio del fenómeno, no se ha encontrado nunca a la gentrificación con las manos en la masa desplazando a la gente. Esto puede tener que ver con el hecho de que el instrumento de estudio del desplazamiento está basado en dos estrategias igualmente incompletas: los estudios de sucesión y las retrospectivas (Freeman, 2005). En los estudios de sucesión, la evidencia se consigue examinando las características que diferencian a los emigrantes de los inmigrantes; así se pueden conocer los cambios en la composición del tejido social del barrio, pero esta variación puede deberse a muchas razones, y la gentrificación es solo una de ellas.

Las retrospectivas, en cambio, se basan en preguntarle a los emigrantes por qué se desplazaron del barrio, definiendo el desplazamiento como una mudanza indeseada por razones que están fuera del control de los integrantes del hogar. El problema de las retrospectivas es que suelen ignorar las características de la residencia previa y la residencia actual de las familias que estudian.

Para hacer el cuento corto, el problema es que típicamente se confunde movilidad urbana con desplazamiento, y las causas que provocan el desplazamiento no se controlan como variables. Hay una cantidad infernal de estudios dándole la vuelta por un lado y por otro al tema, pues en el proceso de la gentrificación se mueven muchas variables: el precio de la vivienda y los servicios principalmente, pero también el ingreso promedio de los habitantes, el porcentaje de ingresos que cada hogar destina a vivienda, la tasa de vivienda ocupada, la composición racial y social del barrio, y un larguísimo etcétera (Levy et al, 2006).

Para lo que ha pasado del cambio de siglo para acá, la única explicación es que a los científicos sociales nos encanta un buen cuento de injusticia. Pues sistemáticamente, estudios en varias áreas metropolitanas (inclusive cruzados entre sí),  con muestras poblacionales de diferentes tamaños han detectado que la movilidad urbana en barrios gentrificados y no gentrificados tiene una variación estadística poco significativa (Vigdor, 2002; Freeman & Braconi, 2004; Freeman, 2005).

El más concluyente de estos estudios, lanzado por Lance Freeman en 2005, se vale de los resultados del Panel Study of Income Dynamics –PSID-, un estudio longitudinal que viene recogiendo datos sobre los ingresos de muchas familias estadounidenses desde 1968. El doctor Freeman geolocalizó estos datos, es decir, los cruzó con información geográfica; y a su vez cruzó el PSID geolocalizado con los censos nacionales gringos de 1980 y 1990, que son bastante más meticulosos que los nuestros.

Resumiendo, a través de un diseño metodológico que sería el equivalente a porno para investigadores, Freeman se propuso probar con evidencia empírica si la gentrificación per se causa desplazamiento, y lo que encontró es que los residentes de un barrio gentrificado tienen únicamente un 0.5% de probabilidad de desplazarse por causa de la gentrificación. Esto quiere decir que “la relación entre la gentrificación y el desplazamiento no es especialmente robusta” (Freeman, 2005, pág. 483), pero que adicionalmente “se debe recordar que el desplazamiento es un subconjunto de las mudanzas, y que no se encontró que la movilidad fuera mayor en barrios gentrificados” (ibid).

Los resultados sugieren que, si bien los residentes no se desplazan por causa de la gentrificación sino por el relevo poblacional del barrio, las familias que llegan sí lo hacen por las nuevas prestaciones que ofrece el entorno. Esto no significa que no haya consecuencias para el tejido social original del barrio, pues los hogares de bajos recursos ya no podrán establecerse allí por el aumento del precio del metro cuadrado, el alquiler y el costo de vida. Y si tenemos en cuenta que la gentrificación ocurre en el centro de las ciudades, en últimas se está empujando a las clases bajas a la periferia, a más horas en el transporte público, a menos acceso a la oferta cultural, a lo que llamaríamos una producción democrática del espacio urbano.

No es necesario que sigamos satanizando la gentrificación: como proceso urbano es orgánico y obedece a ciclos socioeconómicos mucho más amplios. Pero tanto las comunidades como los gobiernos locales se tienen que poner las pilas para mantener la oferta de vivienda asequible en los barrios gentrificados. Hay varias estrategias que pueden contribuir, pero la mayoría son más fácilmente aplicables cuando se despliegan antes de que se gentrifique el barrio, o en una etapa temprana del proceso (Levy et al, 2006). Estas estrategias le implican a los gobiernos locales la inversión de dinero en el mercado de bienes raíces del barrio para construir nueva vivienda prioritaria o retener y alquilar la existente. Cuando los procesos son más avanzados y el mercado ya se ha disparado es más factible exigir a los constructores destinar un porcentaje de la vivienda nueva a vivienda asequible, lanzar programas de reparación a las viviendas existentes, y hasta crear empleo socialmente responsable en el sector para retener población vulnerable.

¿Hay gentrificación en Bogotá? Por supuesto, el caso más clásico sería La Candelaria (Manrique Gómez, 2013). Aquí tenemos además un distrito central de negocios expandido, muy expandido: desde el centro histórico hasta la calle 72 e inclusive más al norte de la ciudad. Y sin embargo se puede hablar poco de gentrificación en el centro expandido porque gran parte de este es urbanización ‘nueva’ (entre los años 50 y los 80), que no ha experimentado el grado de abandono y posterior recuperación que sí experimentó el centro histórico.

El monstruo debajo de la cama de Bogotá vive arropado en la ausencia absoluta de estrategias de retención o recuperación de vivienda asequible, y la predilección de los gobernantes de turno por la expansión de la ciudad hacia el área metropolitana, absolutamente contraria a la razón, el sentido humano y la tendencia mundial a densificar la ciudad existente. Guiño a los constructores, los contratistas y los ‘urbanistas’ artífices de verdaderos monstruos urbanos como Metrovivienda, que va quedando más lejos que la Anapoima que conocen tan bien.

Referencias:

Ashworth, G.J. & Kavaratzis, M. (2009). “Beyond the logo: Brand management for cities”. Journal of Brand Management, 16 (8) 520-532.

Bianchini, F. & Ghilardi, L. (2007). “Thinking culturally about place”. Place Branding and Public Diplomacy 3 (4) 280–286

Freeman, L. (2005). “Displacement or Succession?: Residential Mobility in Gentrifying Neighborhoods” Urban Affairs Review 40 (4) 463-491

Freeman, L., & Braconi, F. (2004). “Gentrification and displacement: New York City in the 1990s” Journal of the American Planning Association 70 (1) 39-52.

Glass, R. (1964). London; aspects of change. Londres: MacGibbon & Kee.

Kolko, J. (2009). Job location, neighborhood change, and gentrification. Public Policy Institute of California.

Lees, L. et al (ed). (2010). The Gentrification Reader. Estados Unidos y Canadá.: Rouledge

Lefebvre, H. (1981). La producción del espacio. Paris: Antropos.

Levy, D. et al (2006). In the face of gentrification: case studies of local efforts to mitigate displacement. Washington: The Urban Institute.

Marique Gómez, A. S. (2013). Gentrificación de La Candelaria: reconfiguraciones de lugar de residencia y consumo de grupos de altos ingresos. Cuadernos de Geografía. Revista Colombiana de Geografía. 22(2)  2256-5442

Neill. W.J.V. (2001). “Marketing the Urban Experience: Refections on the Place of Fear in the Promotional Strategies of Belfast, Detroit and Berlin”. Urban Studies, 38 (5–6) 815–828

Pallen, J. & London, B. (1984). Gentrification, displacement and neighborhood rehabilitation. Albany: State University of New York Press.

Van Villet, W. (1998). Gentrification. En The Encyclopedia of Housing. Londres: Taylor & Francis.

Vigdor, J. (2002). Does gentrification harm the poor? Brookings-Wharton Papers on Urban Affairs: 133-73.

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