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EPISTOLARIO
ESCRIBIR, SEGUIR PRESENTE
ESCRITO E IMÁGENES POR
Ana Maria B. Alfaro
Hice un pregrado cuyo nombre mi mamá no se aprendió y me considero aprendiz de antropología.
Diana Diaz
Historiadora y Profesional en Lenguajes y Estudios Socioculturales. Ñoña en constante postergación de la aniquilante vida laboral.

ESCRIBIR, SEGUIR PRESENTE

Las amistades, los lazos con el origen y la mirada desprevenida o ávida frente a los mundos que no se conocen son condiciones del cambio y de sus viajeras.

Marzo 27 de 2014

Bogotá. Mayormente nublado, 19°.

Querida Gnoma,

Recuerdo la primera vez que me dijiste que te ibas: “me voy a Turquía a estudiar”. En ese momento me pareció fascinante la idea de que te fueras porque por alguna razón que aún no tengo clara, viajar a ese país está dentro de las cosas que tengo que hacer antes de morir.

Quiero que sepas que a tu llegada a Turquía te imaginé de cara a la inmensidad del Bósforo viendo las embarcaciones que por allí navegaban y la majestuosidad de la arquitectura otomana. Recreé mercados callejeros en carpas de telas con artículos muy coloridos: amarillos, rojos, verdes, naranjas y azules. También imaginé señores de contextura delgada y mostacho poblado sentados en pequeñas mesas tomando café, fumando cigarrillo y conversando ruidosamente. A las mujeres las imagino con un poco más de trabajo, con sus cabezas cubiertas, murmurando entre ellas mientras cargan los paquetes de las compras camino a casa. Creo que eres muy afortunada al tener a la mano una parte de la Turquía que me ha mostrado la literatura de Pamuk, las fotografías de Ara Güler, las películas de Fatih Akın y no me perdonarías si no digo que, por supuesto, Tarkan, tu amor platónico. Aunque sé que estás en Ankara y no en Estambul, solo tú me puedes decir qué tan cercana es esa Turquía que imaginé para ti.

Si me detengo a pensar en el tiempo que ha pasado, me doy cuenta de que pronto se cumplirán siete meses desde que te fuiste. A veces creo que sigues en Bogotá y me siento tentada a hacerte la killer llamada, ese único timbrazo por el que sabías que era yo. Eso me entristece un poco querida Gnoma, porque ciertamente no eres la única que ha partido. Como muchos, estás lejos y eso me obliga a reconfigurar mi sentido de amistad. Antes creía que la amistad se fundamentaba en los encuentros en persona o por lo menos en una llamada semanal. Pero, ¿sabes? Hoy con las múltiples alternativas que existen para conectarnos, ese sentido limitado y hasta plano de amistad que tenía ha cambiado. Gracias a la distancia, me gusta pensar que nos encontramos de otras maneras y que lo hacemos todo el tiempo. Casi todos los días me encuentro contigo y sucede cada vez que paso por ciertas partes de la universidad.

Me acuerdo mucho de cuando éramos estudiantes y reíamos estrepitosamente por la pésima pronunciación de uno de los profesores que nos daba clase. Cómo olvidar que para el señor el bebé era una máquina de cagas o que tustedes era el pronombre personal que servía para referirse a tú y a ustedes al mismo tiempo. Cómo olvidar la forma en la que imitabas mi risa. Por ti pienso que me rio de forma ahogada y contagiosa. Y qué decir de mi mirada, esa también la imitabas de una manera muy particular. Recuerdo bien que medio cerrabas los ojos y te concentrabas en un punto casi sin parpadear y acompañabas ese gesto con una especie de chasquido con la boca, algo lento y fastidioso. Cualquiera que te hubiera visto pensaría que yo dormía con los ojos abiertos mientras estaba en clase. ¡Eso jamás!  Así como esos eventos, recuerdo otros, no solo contigo sino con las demás.

Gnoma, aunque no estés acá, cerca de tus amigos y de tu familia, sigues viviendo con nosotros, como dijo Héctor Abad Faciolince en «El olvido que seremos», libro con el que ambas lloramos. Comparto con él la idea de que sobrevivir o estar en la memoria de los otros es seguir presente. Y escribirte ha sido la mejor ruta para evocar esos momentos que hemos compartido.

Te recuerdo desde Bogotá, una ciudad a la que no le reprochaba tanto como hasta hoy lo he hecho. No sé cómo vaya a ser cuando regreses, pero a veces tengo una espantosa sensación de no querer seguir aquí. No creo que esa sea la Bogotá odiada que extrañas, o bueno, tal vez sí porque hasta esas cosas se echan de menos cuando se está lejos.

En la noche de tu despedida te entregué una agendita que espero estés usando. Te la regalé como una forma de viajar contigo y ojalá, cuando nos veamos nuevamente, puedas compartir parte de lo que allí hayas escrito. 

Te extraño, te abrazo desde la distancia y te deseo mucha mutluluk -después de ver la película y buscar en el traductor qué era, encontré que significa felicidad-.

Con amor,

Ana M.

30 de marzo de 2014,

Ankara. Bipolar con unos -3° que al medio día serán unos 17°.

Querida Maritsa,

Hoy, 30 de marzo de 2014, en el bus que con una hora de retraso me devuelve desde Istanbul –ciudad que visito por primera vez− a Ankara recibo tu correo en mi celular inteligente. Sí, esos mismos que tanto despreciaba en Colombia porque “deshumanizaban" las relaciones. Definitivamente cambiamos cuando nos encontramos con nuevas cosas en el camino y, si algo he aprendido en mi vida es que como muchas veces me recordaba mi abuela -¿o serían mis amigas?-, "nunca debo decir nunca". ¡No pasa un día desde que vivo en Turquía en el que esa ley de vida, como la llamo ahora, no se cruce por mi cabeza! Pero volviendo al tema del celular, acepto, sin pena ni remordimiento, que me he vuelto dependiente de él y de las innumerables oportunidades que me trae para encontrarme de nuevas maneras, como tú lo dices, con mis amigos. Para que cada día, sin falta, mi mamá me escriba "buenos días mi preciosa" mientras estoy en mi clase de turco después de la hora de almuerzo. Para que de vez en cuando un buen amigo me mande un chiste estúpido que me haga reír igualmente como estúpida por horas. Para husmear las últimas fotos hasta del más desconocido de mis "amigos" en Facebook. No he perdido la costumbre de chismear como estaba acostumbrada a hacerlo contigo y las demás.

A pesar de la nostalgia que trae la distancia y de las ganas incontrolables que a veces me da de comerme un pandeyuquita, eso de extrañar, ese añorar depresivo que muchas veces oigo que los que vivimos lejos de la tierrita debemos sentir, parece no ser lo mío. Sin importar cuanto odie la agresividad e impaciencia de los ankareños -gentilicio a la colombiana-; la chucha turca -sí, existe y solo tú podrás imaginar lo que eso significa para esta alérgica a la cebolla con un olfato hiperdesarrollado-; y lo grande que me ha quedado absorber este idioma como estaba acostumbrada a hacerlo con otros, no extraño ni añoro lo que había antes. Debe ser por ese amor casi obsesivo al cambio, al movimiento, a conocer nuevas cosas... 

Aunque sé que esto no es "pa' tuel mundo", no hay goce más grande que salir de la zona de confort para vivir nuevas experiencias y, ante todo, para retarse, poner a prueba todo lo que uno cree ser y redescubrirse, reinventarse. ¡Eso es vida! A ti, a los amigos, a la familia y a lo vivido los llevo siempre adentro. Son parte de mí y por eso creo que no logro extrañar lo que no ha dejado de estar conmigo.

¡Soy feliz! Además de la posibilidad de estudiar lo que me apasiona en el lugar más apropiado en el que puedo estudiarlo, estoy haciendo lo que más amo: viajar. Poco a poco este país me ha abierto sus puertas para descubrirlo, quererlo y criticarlo. Sin embargo, esa Turquía exótica que todos tienen en la mente −la Turquía que se reduce muchas veces a la vieja Istanbul, o incluso a la aún más vieja Constantinopla−, es más bien desconocida para mí. La mayor parte de mi tiempo vivo la Turquía de Ankara, esa ciudad insignificante que por cuestiones estratégicas Atatürk convirtió en la capital del país y en el hogar de la nueva República. Esta capital, que de capital no tiene un pelo pues aquí ni siquiera llegan los vuelos internacionales, es mi a veces aburridor pero tranquilo hogar. Los atractivos turísticos no abundan, sin duda, pero la simplona ciudad de Ankara lo tiene todo. Me ofrece todo lo que puedo querer y necesitar. Y a pesar de lo aburrida es de esas ciudades que pueden llegar a sorprenderte. No me esperaba su agitada vida cultural, y las muestras populares y protestas casi todos los fines de semana le dan ese componente combativo y rebelde que tanto me gusta.

Además de Ankara, he vivido la Turquía de Konya, esa conservadora ciudad que me asustó por lo espiritual que me hizo sentir. Un lugar donde no hay que ser musulmán para sentir paz y una extraña energía mágica al ver la tumba del famoso Rumi (Mevlana) y al presenciar la ceremonia del Sema. También he vivido la Turquía de Pamukkale con sus famosas travertinas que cada vez se parecen menos a las de las fotos que aparecen en Google. Ese pueblo pequeñito que además tiene la fortuna de albergar las hermosas y preservadas ruinas de la antigua ciudad romana Hierápolis. Un paisaje que vale la pena sobrevolar en parapente. Sí, la Pamukkale del piloto de parapente que me ha obligado a aprender nuevas maneras de entablar relaciones amorosas porque el miedo al otro y al diferente no se pierde tan fácil. He vivido la Turquía de Olympos... ¡Ay Olympos! Y sentir que la metáfora del “paraíso en tierra” es la mejor manera de explicar las sensaciones que un lugar puede generar.  Recientemente conocí una  Turquía nueva para mí: la de Istanbul. La ciudad atestada de turistas que, aunque bella y misteriosa, también puede llegar a ser más normal de lo que esta nueva visitante  −hechizada por historias y fotografías de otros− quisiera admitir. Esta Istanbul no es la de la época otomana ni la de Constantinopla. Es la del siglo XXI que a las 5:00 de la tarde, como por cuestión de brujería, cuando el sol, el cielo, los colores, las gaviotas y el Bósforo empiezan a jugar y mezclarse, nos devuelve –a los que la deseamos−por algo así como una hora  a la vieja y fascinante ciudad occi-oriental de las postales, de los cuadros, de los libros y de las películas.



Y claro, también he vivido la Turquía fea, la cochina, la de la arquitectura simplona y aburrida. La de la gente que ama empujar y no respeta ninguna fila; la de los baños alaturka  -ese hueco en el suelo que te obliga a entrenar durante cinco meses para dominar la sentadilla mientras agarras con fuerza los pantalones y calzones para evitar incómodos accidentes-. La ignorante; la de la doble moral islámica -esto de la doble moral definitivamente aplica para todas las religiones-; la xenofóbica; la de la comida grasosa que de “una de las mejores cocinas del mundo” no tiene nada. La de las políticas contra la Turquía secular y contra la libre expresión −esa que en la última semana ya nos bloqueó twitter y youtube−; la de los morbosos; la que no es verde; la de los jóvenes ultra conservadores y los que se creen opuestos a estos porque se tatuarían la firma de Atatürk en la frente si pudieran. La de las viejitas gruñonas y los niños malcriados en la que nadie habla ni le interesa llegar a hablar un segundo idioma; la rutinaria, la común, la que es.

Esa es Turquía, la de los extremos, la de las contradicciones, la que me despierta amor y odio, y me hace bipolar en cuestión de segundos. Esa que después de cinco meses empecé a apropiar como mía, como mi hogar. Menos exótica y mucho más sensación-al, endémica -yöresel en turco sería más precisa-, espontánea y caótica. Esa es la tierra desde donde te pienso.



Con otro abrazo desde la distancia,

Diana

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