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ARTíCULO INVITADO 2
HISTORIAS Y PAISAJES DE SAN FELIPE
ESCRITO E IMÁGENES POR
Camilo Torres
Ex-politólogo,historiador en formación y músico aficionado.

HISTORIAS Y PAISAJES DE SAN FELIPE

¿Alguna vez ha observado atentamente, con ojos nuevos, la vida cotidiana de su barrio con el transcurso tiempo? Este artículo lo hace desde el barrio San Felipe, en el noroccidente de la ciudad.

Antes del amanecer, cuando los gallos ya han cantado durante varios minutos, un trabajador del barrio San Felipe se despierta y se retuerce bostezando en su cama. Su casa está ubicada en una esquina, frente a una pequeña sede de una universidad de poco renombre. Como es común, esta institución educativa y otra que queda pasando la calle han atraído otros negocios relacionados, como fotocopiadoras, ventas de pizza, ventas de empanadas y por supuesto, un par de bebederos de cerveza. La diferencia entre las dos universidades es que la primera ha acondicionado para su sede una gran casa de mediados del siglo XX, mientras que la segunda ha tumbado dos de estas casas y ha construido un edificio gris de cuatro pisos.

Cuando por fin reúne la voluntad suficiente, el trabajador se para y sale de su casa para empezar un nuevo día de trabajo. Bostezando por última vez, prende un cigarrillo, lanza una mirada a los cerros orientales y se echa su casa al hombro. Aunque su calle es una de las más concurridas durante el día, el trabajador disfruta esta hora de la madrugada en la que está casi vacía y solo se ven pasar por la carrera algunos taxis de sur a norte. Con su hogar a cuestas, comienza a recorrer las calles del barrio de manera sistemática, una a una. Ya tiene identificadas las cuadras poco provechosas, como las que son muy residenciales; y las muy provechosas, como las que tienen fábricas y oficinas.

Al doblar la segunda esquina, el trabajador se encuentra de frente con un motociclista que maneja muy lento y con el casco a media cabeza para poderse fumar un porro antes de entrar a su lugar de empleo. A diferencia del trabajador con el que se encuentra, el motociclista vive al otro lado de la ciudad y viene hasta el barrio desde muy lejos para trabajar de operario en una pequeña fábrica de tornillos. Allí está toda la mañana, sale a las 12:00 para almorzar, vuelve una hora después al trabajo y se queda allí hasta las 5pm, cuando emprende el largo viaje hasta su casa. A la hora del almuerzo, el motociclista se sienta en uno de los pequeños pastales que adornan la mayoría de los andenes del barrio y come algo que trajo de su casa en un recipiente plástico, mientras ve a un grupo de palomas pelearse unas migajas de pan viejo. Allí habla con las operarias de una fábrica textil que queda cerca a la suya y con un par de obreros que trabajan a una cuadra de allí, donde se construye un edificio residencial de cinco pisos.

No es casualidad que el motociclista, las operarias y los obreros se reúnan en la misma esquina. Allí queda la panadería causante de la discordia entre las palomas, que es además el lugar donde todos compran una gaseosa para complementar su almuerzo. Pasando la calle de esta panadería, llamada Las Tres Espigas, queda la tienda de Don Victor H., donde también venden gaseosa y productos procesados, como papas fritas y dulces. Aunque venden algunos productos en común, la tienda no compite en clientela con la panadería. De hecho, en la misma manzana de Las Tres Espigas hay otra tienda; y hay por lo menos otras 3 panaderías a menos de 2 cuadras de distancia.  Sin embargo, todas las panaderías parecen tener su clientela fiel de operarios y obreros.

A esa clientela que consume gaseosa en los pastales, se le suman otros trabajadores que prefieren quedarse en las mesas dentro de las panaderías, o acudir algunos restaurantes que hay en las cercanías. Son en general secretarias y oficinistas que trabajan en las mismas fábricas que los operarios o en otras empresas dedicadas al sector de los servicios. El más común de estos servicios es el de la seguridad privada y hay por lo menos 5 o 6 concentrados en un puñado de manzanas. Estas agencias de seguridad en general han adaptado casas residenciales, poniéndoles vidrios azules reflectivos y grandes letreros dorados con nombres como ALPHA, GAMMA,  OMEGA,  BETA y otras letras seguidas de la frase “Soluciones en Seguridad”.

Como ya es medio día, las calles están llenas de trabajadores, pero también de residentes que salen a comprar los ingredientes faltantes para el almuerzo que preparan en casa. Señoras y señores que bordean los 60 o 70 años, caminan con pequeñas bolsas de tomate, cebolla larga y cilantro que consiguen en el par de mini-mercados que hay en el barrio. Ven el alboroto de operarios, secretarias y obreros que llenan las calles y recuerdan que, no hace tanto tiempo, esas mismas calles estaban llenas de bicicletas y niños jugando. Pero los niños crecieron, se fueron de la casa y del barrio, y los señores y señoras se han quedado con unas grandes casas para ellos solos. Por eso se saludan entre ellos con amabilidad y se ocupan con mucho cuidado de las plantas y flores que adornan sus jardines, teniendo siempre cuidado de mantener la reja pintada y el pasto de su andén bien cortado.

Otra cosa que han notado estos residentes es que cada vez son menos en el barrio. La vecina le vendió a una empresa de textiles, el vecino a una compañía de seguridad; y los vecinos de la casa gigante esquinera han dado paso a un edificio residencial de siete pisos. Pero lo que no han notado, es que otros vecinos han vendido su casa para actividades menos vistosas que, a pesar de entrar en las categorías de arte y entretenimiento, mantienen casi siempre un bajo perfil. A una cuadra de Las Tres Espigas, hay varias casas que han mantenido su estructura, pero tienen ahora vidrios negros y no tienen ningún letrero que dé claridad sobre lo que venden o compran. Solo de noche, cuando se ha ido todo el alboroto de la calle,  se ven llegar carros de alta gama que se parquean alrededor de un pequeño parque. Allí se quedan un par de horas y se vuelven a ir del barrio. Estas casas de entretenimiento parecen atraer mucha gente, pero no tienen relación con el resto del barrio, por lo que nadie sabe -o quiere enterarse- de lo que se vende o se compra allí.

Más recientemente, han llegado otras casas que también entran en la categoría de arte y entretenimiento, pero su vida no se limita al ámbito nocturno. Lo que sí tienen en común con las otras casas es que no parecen tener una relación clara con el resto del barrio. Pasan aun más desapercibidas, porque han sido remodeladas por dentro, pensando en sus visitantes, pero manteniendo también un bajo perfil. Se pueden reconocer porque tiene pequeños letreros con nombres más extraños que las letras de las empresas de seguridad, e incluso muchas veces son solo números escritos en letras como cero-setenta, doce-cero-uno y cosas por el estilo. Sus ocupantes llegan desde barrios cercanos hacia la media mañana, muchas veces en bicicletas o en taxis, y se regresan al anochecer. Aunque son mucho más jóvenes que las señoras y señores, se visten muchas veces con ropa parecida a ellos y entran y salen de sus casas con objetos extraños. No se les ve en los pastales, ni en los mini-mercados, solo cuando realizan eventos en su casas. Estos eventos congregan más gente de barrios cercanos y consisten en exponer los objetos extraños que ahora ocupan sus casas y que han reemplazado los objetos comunes de los vecinos que antes las ocupaban. Bueno, en muchas ocasiones son los mismos objetos pero modificados o sacados de contexto.

Al finalizar el evento, hacia la media noche, estos visitantes vuelven a sus barrios, dejando la vía libre para que el trabajador que lleva  la casa  a cuestas pase y aproveche algunos objetos que han dejado atrás, como botellas vacías de vino y cerveza. También recoge lienzos, pedazos de madera, de resina y otros materiales que han sido utilizados para modificar los objetos admirados por los visitantes. El trabajador ya casi termina su recorrido sistemático, por lo que se va acercando a la esquina donde parquea su casa. Allí se sienta, se fuma su último cigarrillo y se mete en su casa para volverse a acostar.

Los demás residentes, señoras y señores, ya se han ido a dormir, no sin antes chismosear sobre los posibles cambios que se han planeado para el barrio. Aunque se habla en general de cómo era el barrio antes, cómo es ahora y cómo debería ser, hay una manzana en especial que siempre está en las discusiones de los vecinos. Está ubicada en los límites del barrio y está rodeada de un muro alto de ladrillo que no deja ver qué sucede en su interior. Todos los vecinos saben que es donde están “arrumados” los trolebuses que alguna vez le dieron a la ciudad un servicio de transporte regulado, sostenible y funcional; pero ahora son solo montones de latas retorcidas y oxidadas. Sin embargo, esta no es la razón por la cual es tan mencionada esta manzana. El motivo de discusión es que los planes para ese espacio abandonado siempre han sido objeto de mucha especulación.

Hace algunos años, la versión más común era que allí quedaría una estación del Metro de Bogotá, pero esto fue pareciendo cada vez menos factible. En otro momento se dijo que llegaría una gran superficie comercial que revitalizaría el barrio, pero también acabaría con la docena de tiendas y panaderías que hay cerca. Recientemente se ha sabido de un plan para convertir al barrio en un distrito artístico y cultural con galerías, restaurantes, tiendas y otros mecanismos de gentrificación, en los que los residentes del barrio no parecen cumplir un papel claro. Estos y otros posibles planes han causado temor y al mismo tiempo una extraña sensación de esperanza entre los vecinos. Pero ninguna de esas versiones causó tanta conmoción como la que hace un par de semanas se anunció por medio de carteles, directamente en las puertas del cementerio de buses.

“Nos van a dañar el barrio”, decían las vecinas escandalizadas. “¿Por qué tiene que ser justo acá, habiendo tanto terreno a las afueras de Bogotá?”, respondían los tenderos.

Ni siquiera cuando comenzaron a llegar las primeras fábricas al barrio, ni cuando se comenzaron a tumbar las primeras casas para hacer apartamentos, ni cuando llegaron las primeras casas de entretenimiento nocturno, ni tampoco recientemente cuando llegaron los primeros artistas a poner talleres y galerías, los vecinos se sintieron tan escandalizados. Lo que mostraban los carteles colgados en las puertas del infame depósito es que hay un plan para construir varios edificios de Vivienda de Interés Social y de Vivienda de Interés Prioritario.

“Se va a llenar esto de indigentes, rateros, de drogadictos, de prostitutas”, repiten los vecinos sin darse cuenta de que sus otros vecinos hace rato se ganan la vida de esa y otras maneras.

Aparentemente el barrio puede resistir muchos cambios, tensiones y contrastes; puede recibir artistas, proxenetas, obreros y operarios de manera temporal o manteniendo un bajo perfil; pero de ninguna manera hay espacio para se queden de manera permanente, abierta y en las mismas condiciones que las señoras y señores que allí viven. Tal vez por eso el trabajador de la casa errante, que vive en el barrio hace ya varias décadas, cambia de esquina cada cierto tiempo; no sea que los vecinos sospechen que se quiere quedar a vivir para siempre. 

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