I.LETRADA.CO | ARCHIPIéLAGOS DE NITRATO | «THE ACT OF KILLING»
ARCHIPIéLAGOS DE NITRATO
«THE ACT OF KILLING»
ESCRITO POR
Ana María Trujillo
Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes.
Lorena María Aristizábal Farah
Politóloga y Magister en Estudios Culturales.

«THE ACT OF KILLING»

Las enunciaciones de la barbarie
Un documental causa revuelo y por primera vez pone en la mira a un Estado paramilitar genocida que lleva 40 años en la impunidad y en el poder. La que pareciera una realidad exótica y lejana tiene mucho más que decirnos de lo que quisiéramos aceptar.

Siempre se activa una sensibilidad especial cuando los ojos se disponen frente a la pantalla para ver un documental. Esa certeza de ‘realidad’ -por más extraña a la experiencia propia que pueda resultar- exige otra disposición; tal vez de seriedad, de responsabilidad. Y pasa a veces que es tan real que necesariamente reaccionamos desde el dolor, y pasa a veces que es tan doloroso pero tan distante que abandonamos el sentimiento al salir de la sala. «The act of killing» no es un documental como otros, la reacción no se mantiene por una pose de sensibilidad adquirida a priori; se desarrolla, se profundiza, se materializa hasta las arcadas y el mareo por la intensidad de sus más de dos horas de imágenes desgarradoras. Y no abandona, esa historia contada no abandona porque es imposible no identificarse con ella.

Y es que no es cualquier cosa ver este documental en una sala de cine ubicada en plena Carrera Séptima de la capital colombiana. Ahí mismo, colgando en el kiosco del frente, habrá noticias (ya no titulares) de la cotidianidad de nuestra propia guerra, del paramilitarismo en el país. Indonesia se materializa como reflejo, como posibilidad de futuro, como advertencia y amenaza presente, y las realidades ya no se manifiestan tan distantes como uno quisiera creerlas.

Ese país, que en la mayoría de nuestras cabezas no representa mucho más que playas paradisíacas y paisajes alucinantes, es uno de los lugares en el mundo en el que el proyecto paramilitar anticomunista logró imponerse material y culturalmente. Después de cientos de masacres y miles de asesinatos, Indonesia es hoy gobernada por aquellos representantes del genocidio comunista que tuvo su mayor periodo de intensidad entre 1965 y 66. Joshua Oppenheimer nos lleva a través de su celebrado y escalofriante documental a incursionar en la realidad presente de este país de la mano de los victoriosos y orgullosos asesinos.

Entre sus muchas virtudes y aciertos, «The act of killing» se nos revela como un documental especialmente relevante en nuestro país. Por un lado, porque sin necesidad de referencias directas a nuestro conflicto y nuestro contexto, nos habla perfectamente de ellos. Y de manera más universal, su dispositivo y su apuesta narrativa exploran los mecanismos en los que, como seres humanos, nos las vemos día a día con la tragedia, con la injusticia. Es una cuestión de moral que no logra comprenderse desde el maniqueísmo o las posiciones absolutas. Es kitsch, grotesco, divertido, controversial. Humano.

The act of filming

Oppenheimer es un documentalista estadounidense radicado en Dinamarca que llegó a Indonesia de la mano de una ONG que acompañaba el proceso de sindicalización de los trabajadores de las plantaciones de palma. A pesar de sus míseras condiciones laborales, que ponían en riesgo su salud y su dignidad, ellos temían las represalias de sus jefes si llegasen a organizarse y reclamar condiciones más justas. De este proceso resultó un primer documental -«The Globalization Tapes»- y comenzó a dibujarse la intención de un segundo trabajo. El director, profundamente impactado por la coexistencia de víctimas y victimarios, quería explorar las causas y la cotidianidad de ese estado de terror que llevaba gobernando 40 años.

Así comenzó a gestarse el proyecto que resultó en uno de los documentales más premiados de los últimos años. Probablemente Oppenheimer nunca imaginó que fuera tan "fácil" acercarse a los temidos asesinos y obtener de ellos no solo testimonios, sino representaciones actuadas con entusiasmo y desparpajo de sus crímenes pasados. Como tener una cámara y hacer un registro no era un problema, sino incluso una ventaja, Oppenheimer filmó a muchos asesinos contar sus historias, aunque el documental quedó fundamentado en el caso de Anwar Congo; líder fundador del ejército paramilitar conocido como Pancasila, asesino él mismo de miles de personas, aficionado al cine negro norteamericano, perturbadoramente alegre y a la vez acosado de manera muy particular por sus fantasmas.  

Dos películas se suceden al mismo tiempo: una, orquestada por los asesinos que quieren contar su historia con plena conciencia de que es legítima puesto que es el testimonio de los ganadores; otra, la que sucede tras bambalinas, la que se concentra en las formas de enunciación, la que se pregunta por las motivaciones, por los razonamientos, por la maquinación propia de esos ganadores. Y así, en simultánea, ellos cuentan su historia y luego se ven contándola. Y al verse proyectados, objetivados, se deforman. Se cuestionan. ¿Actúan? Probablemente, pero algo que no controlan pasa en el proceso. Parece que por primera vez se confrontaran con dudas y demonios que dormían en silencio, ocultos en el último resquicio, allá donde Dorian Grey guardaba su retrato.

EL HORROR DE SER VISTO

Hay que ser valiente para enfrentarse al mundo con una cámara, más aún cuando se trata de filmar actos o personajes abominables con una intención de denuncia. Pero esa misma valentía, muchas veces minada por la vanidad, es la que necesita quien se para frente a la cámara. Y si bien ‘ser visto’ es uno de los principios fundamentales de la vida social y la proyección personal hoy en día, vernos a través de los demás es una experiencia compleja y transformadora.

Ese juego de espejos, esa refacción de miradas es lo que hace de «The Act of Killing» un documental excepcional. Aunque su objetivo principal sigue siendo denunciar ese genocidio desproporcionado, la sevicia y sobre todo la impunidad del proyecto paramilitar, la decisión de recurrir a los victimarios y aceptar filmar su propia representación de los hechos explora un problema mayor. 

Uno de los cuestionamientos que se le han hecho a la película es justamente que se le haya dado voz a los paramilitares -a los asesinos- para hablar de sí mismos. En otros contextos, como en el caso colombiano, se suele afirmar que darle voz al victimario es posibilitar los discursos enaltecedores del hacer paramilitar o incentivar los relatos apologéticos a la guerra, a la maldad. Este documental nos pone de cara frente al reto de descifrar en los discursos de los asesinos la manera como se construyen los sentidos de la violencia, como se convence un ser humano cualquiera bajo determinadas circunstancias de que lo que hace, por más evidentemente perverso, es por un bien más allá de sí mismo, pero sobre todo, es el ejemplo de la potencia enorme que tiene el poner a los victimarios de cara ante su reflejo. La representación genera un quiebre. La verdad, en la medida en que se explicita, permite a todos los actores en un contexto de guerra verse a sí mismos jugando el papel.

Uno ve su vida en retrospectiva y hace siempre un ejercicio de edición y montaje, da sentido a los hechos a razón de una conclusión, de una base, de una necesidad particular. Ser visto es ser juzgado, no importa el nivel o la veracidad del juicio. Pero justificarnos ante nosotros mismos es lo más fácil. Enfrentarnos, a través de otra mirada, a nuestro proceso de edición, censura y construcción de significado es una forma de redención o condena. Es implacable.

la barbarie vista desde lejos

Matar está prohibido. Por tanto, todos los asesinos son castigados, a menos 
que maten en grandes cantidades y al sonido de trompetas.VOLTAIRE

Esta frase, citada al comenzar la película, resume con contundencia la oprobiosa tragedia indonesia.

La sensación de identificación con esta realidad en principio tan ajena es inevitable. A partir de la década del 60 en Indonesia, como en muchos otros países incluido Colombia, se llevó a cabo un proceso sistemático de eliminación tanto de los y las comunistas, como de muchísima otra gente que fue señalada de serlo para legitimar su asesinato. Al igual que en otros contextos, la consolidación del proyecto paramilitar en Indonesia se produjo en varias etapas: primero el arrasamiento, los asesinatos masivos, el despojo y el terror generalizado; luego el silenciamiento, la invisibilización, la institucionalización del terror y la legitimación hegemónica.

El descarnado relato y la asociación inminente con nuestra propia experiencia hace parecer que el paquete de la guerra se exporta así, todo completo: la construcción artificial del imaginario del comunista perverso que merece ser asesinado; la financiación de los grupos paramilitares con recursos del tráfico tanto de drogas como de armas y personas; la objetivación de las mujeres y el uso de sus cuerpos territorio de la guerra; la adopción de los gestos, las prácticas y la muy cutre estética gangster. Al mejor estilo de Escobar o de ‘El mexicano’, vemos en la pantalla los excesos demostrativos de riqueza desorbitada producto del trabajo sucio del exterminio. Son tantas las similitudes que es inevitable la sospecha -probablemente ya probada- de que existe un modelo (con todo y manuales) que ha sido exportado y replicado en cientos lugares para ejecutar el paramilitarismo.

Lo que es impresionante del documental es que además de ver las imágenes de los momentos más álgidos del terror paramilitar representado por sus mismos ejecutores casi medio siglo después, es posible adentrarse en la realidad de la cotidianidad presente. La consolidación de la victoria paramilitar no se completó solo con el exterminio y la imposición de un nuevo orden de violencia sino también, y sobre todo, con el logro de la legitimidad, la aceptación y la emulación vigentes.

El estigma perpetuo del sucio comunista opera como un mantra perverso que activa aún hoy el deseo de venganza, la justificación de la muerte. Y este efecto en el presente es así de conmovedor porque es la sociedad, esa que no mató, esa que se dice buena, la que participa en la naturalización de la violencia, de la eliminación del otro. Es ese el lugar de las zonas grises, de la banalidad del bien, de los muchos que sin hacer nada lo permitieron todo. La victoria cultural del proyecto paramilitar.

Quisiéramos ver la barbarie desde lejos. Pensar en Indonesia como la excepción, como ese país lejano de extrañas costumbres y condiciones particulamente propensas a tales niveles de violencia, como un caso aislado e irrepetible. Pero no lo es. Queremos ver a Anwar Congo como un ser excepcionalmente malvado y ajeno, pero tampoco lo es. 

«The act of killing» nos pone frente a la necesidad de complejizar las nociones de lo bueno y de lo malo. Nos obliga a identificar la potencialidad de la maldad, la convivencia con la maldad en cada uno de nosotros.

En Indonesia, en particular, ya ha causado bastante revuelo. Es por supuesto una película censurada, que sin embargo ha sido descargada por internet millones de veces. El odio que suscita en los altos mandos es una evidencia para el director de haber hecho bien su trabajo. Y aunque por razones irremediables ya no pueda volver al país, Oppenheimer se siente optimista de la agitación, del aliento de organizaciones que quieren aclarar de una vez por todas que ese reino de impunidad en el que viven no puede prolongarse a perpetuidad. Que esa historia de los ganadores puede y debe ser reescrita.

Porque es una película que nos recuerda que el cine no es solo pasatiempo de domingo para olvidar las penas, que al contrario, es un poderoso elemento de reflexión; porque nos habla y nos instiga a observarnos como individuos y como sociedad: hay que ver «The act of Killing» y rebelarnos siempre.

Para verla en línea, siga este enlace.

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