I.LETRADA.CO | ARTíCULO INVITADO 1 | EL MANIFIESTO DE LOS NADIE
ARTíCULO INVITADO 1
EL MANIFIESTO DE LOS NADIE
ESCRITO POR
Joaquín Rueda
Sin saber qué perfilar exactamente de mí mismo, creo un Nadie en la escritura para que tome forma conmigo.
IMÁGENES POR
Andrea Penagos
Escéptica de las envolturas, he aprendido a ver de otras maneras. Fotógrafa de valores agregados en objetos comunes y silvestres.

EL MANIFIESTO DE LOS NADIE

Con Joaquín Rueda nos enfrentamos a un cuerpo armadura hecho de medios de comunicación, consumo y máquinas que, cuando se separan como láminas metálicas en el espacio, dejan un aire vacío que insiste en contener y nombrar el mundo.

A Nadie

Este manifiesto declara, entre las fracturas de la ambigüedad, un desafío al hombre, entendiendo por dicha categoría el constructo moral impuesto por una sociedad que es indiferente a los dogmas que la fundan. En medio de esta situación de vacío se encuentra el devenir humano: todo lo que existe posee un nombre y un valor económico, inclusive el misterio. Dicha condición expone a la humanidad a una situación donde toda búsqueda ya está predeterminada por los medios de comunicación, en donde la ansiedad por existir se satisface con los atajos del consumo. En este momento, donde los hombres y mujeres están codificados a través de su nombre, fácilmente traducible a códigos numéricos, surge la necesidad de transformarse en nadie para poder crearse uno mismo.

Así, para recordar que por principio es una paradoja, al Nadie lo habitan muchísimos nombres, entre los cuales se rasga el tejido de la realidad cuyo lenguaje desemboca en la esencial nada donde se desvanece la ilusoria unidad del yo, abriendo al rostro la experiencia de lo múltiple. En este sentido todo aquel que quiera hacer suyo este manifiesto, así como Nadie Nosabe tomo como propias algunas expresiones de otros, debe anteceder su lectura descualquierizándose.

La raíz del tiempo impreciso

Soy-Somos-Es, dijo nadie al mirarse al espejo.

Al principio fue el silencio que, como un caleidoscopio de la realidad, enfocó su prisma en el lente del lenguaje y lo humano inventó en su pensamiento la génesis de su trascendencia. El mundo se construyó como la mitología de la distancia, en donde el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza, para convencerse de que en la idealización puede conservarse a sí mismo de la experiencia de la mortalidad. El mono aprendió el habla, se convenció de que pronunciaba las palpitaciones del universo, cargó en sus hombros el paraíso perdido y olvidó que no somos seres humanos atravesando una experiencia espiritual; sino seres espirituales viviendo una experiencia humana.

El Logos se construyó una carne para idealizar al espíritu como la llave de su vitalidad. La conciencia de lo humano creyó que lo divino se enredaba en su ombligo y cristalizó su contemplación en un espejo, donde la identidad se fragmenta en la dualidad del universo: el cuerpo y el alma. En la paradoja del afuera y el adentro, el lenguaje se enroscó en el silencio del espíritu y, al escrudiñar en el cráter de su nacimiento, solo fue capaz de percibir la ausencia del hilo que teje su destino en el abismo.

La historia rasgó el silencioso verbo primigenio y así los hombres olvidaron que todas las deidades residen en el pecho humano, donde el tiempo gritó: Dios ha muerto. La humanidad despertó en el silencio y nombró a su dios interior, pero al abrir sus ojos se descubrió en un mundo que solo refleja la quimera de lo humano: muerto Dios, a los pobres titanes no les queda sino emprender la urbanización de la tierra. Las otras pupilas se encontraron adormecidas por el indiferente sueño del raciocinio y, al consumir el mito, la distancia del lenguaje exprimió la extrañeza del nosotros.
 

El mono devino individuo y encarnó en su cuerpo el objeto de sí mismo, disecó la semilla del conocimiento y se proclamó como el nuevo dios, camuflando el trance donde el animal se imagina ser hombre. En la chispa de su voluntad se abrieron las puertas de la percepción y el sujeto recordó que el hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma, pues lo que llamamos cuerpo es una porción del alma discernida por los cincos sentidos, y en las latencias de su ser percibió que el espíritu no es un centro, sino un flujo de conciencia.

En la penumbra de la razón, lo humano busca el misterio para hallar una oportunidad de guardar silencio. El nombre se exilia del tiempo y buscando sus raíces deviene para reconocer que su identidad habita la contradicción: si el Hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mutuo reflejarse de dos espejos vacíos; fue entonces que la humanidad, al contemplar las grietas de su conciencia, donde el misterio difumina su historia, divisó la posibilidad del cambio.

Las ruinas de la soledad

El problema no es cómo miramos las estrellas sino cómo miramos las constelaciones que nos inventamos.

Para ubicar esta ficción busque en un mapa y señale el pre-juicio del tercer mundo. Deténgase unos segundos y por favor percate su expresión al evidenciar que la forma de su dedo delata la dirección del tiempo. No se alarme, para eso tiene el reloj en su muñeca. No se preocupe si no entiende, recuerde que todo nos parece caos, menos nuestro propio desorden, y a la extrañeza de la imagen añada el trabalenguas del pre y el post, que habitan el laberíntico esqueleto de una ciudad fantasma, cuyo centro es desteñido en la contradicción de los tiempos.

Es natural si en este punto siente ansiedad debido a la incomprensión. El hambre de conocimiento llevó a El Hombre a devorar a sus dioses en la antropofagia de la fe, y toda esa ausencia que inunda su barriga tiene su origen en la mirada, donde la creencia de la razón humana instaló en la psique el programa de realidad donde lo otro no existe. La humanidad removió la niebla de sus párpados y luego los volvió a cubrir con el lente de la tecnología. Buscaron la luz en sí mismos, y en la prometeica odisea del pensamiento, se enceguecieron con la inmutable lógica de lo virtual.

Para encontrar la libertad nos hicimos prisioneros de la razón y el tiempo-espacio devino en las palpitaciones de una máquina, donde el progreso nos confina a una falsificación del infinito, a un absoluto sin dimensión metafísica, sumergidos en la velocidad a falta de estarlo en el éxtasis. Pero solo logramos justificar un espejismo, puesto que las verdades no están en la circunferencia del círculo cuyo centro es el hombre.

La carencia de reposo expulsa la libertad, cuyo eco on the road resuena con las quimeras de la civilización y, aterrorizados de nosotros mismos, desterramos la sombra y los sueños a la intermitente pulsación de las pantallas. Nos encerramos en los burbujeantes conceptos de la realidad y cristalizamos las mudas de piel con la prisa que palpita en nuestros miedos. Todo tiene explicación. Pertenecemos a las ruinas del presente donde el loco es el que lo ha perdido todo, menos la razón, y así padecemos de silencio con cada palabra que decimos.

Ahora, a pesar de que sea casi imposible detener las palabras en sus pensamientos, trate de escuchar el caos que hilvana nuestras conciencias. Aunque no tiene sentido exigir a estas páginas el sonido de la existencia, recuerde que todo lenguaje es una invitación para sumergirnos en el mundo. Y a pesar de que el verbo creador se ha difuminado en el barullo de la historia, que se reproduce mecánicamente en las narraciones del olvido, hay que escuchar el silencio, como si fueran las pausas de un río que en la piel encarna la corriente del ahora.

La materialidad del aullido

Toda realidad multiplicada por cero, da como resultado la fábula del nadie.

En el instante en que la realidad se cristalizó como objeto del deseo, la humanidad proliferó su individualidad en la tipología de sus placeres, donde el terror al improbable se expresó en la silenciosa gestualidad del tiempo. Atravesando el tejido de las épocas, entendimos que toda civilización es un diálogo con la muerte, cuya antípoda encarnó el goce en el jardín de las delicias, cuando la eternidad floreció como símbolo de lo inhumano, y adornó a lo que llamamos vida con la naturaleza domesticada por el tedio.

Lo Humano, desde su fatídica soledad, se hizo incapaz de crear su propia cotidianidad y trascendencia al proyectar su futuro en lo inorgánico de las máquinas; pero ellas son el resultado, y no la causa, de tanta prisa, de tanta impaciencia. Entonces el consumismo, cuyo ritual del hastío y del olvido de sí mismo reúne las diferencias en el ebrio apetito de lo idéntico, ejerció una violencia más totalizante que la gravedad.

Pero hay que recordar que la palabra "gente" es la abstracción que permite concebir lo desconocido en el nosotros; así el silencio confabula dentro del lenguaje y crea la distancia del otro, aquella mediación donde la sabiduría no consiste en moderarse por horror al exceso, sino por amor al límite. El espejismo del globo universal se desintegra en la neblina del amanecer, aprisionada en la luz de los ojos humanos que despiertan cíclicamente en el teatro del absurdo, donde la soledad atisba en el naufragio del progreso, la transición del yo a lo anónimo. El mono que habla devino en artífice del mundo, creyendo inmutable su yo, divinizado en el racionamiento del cero absoluto, que multiplica sus riquezas en el cómputo de su nadería.

El individuo, la máscara benevolente, atenta y desierta, que sustituye a la movilidad dramática del rostro humano, y la sonrisa que la fija casi que dolorosamente, se abre en la caverna del entramado laberinto del habla y desnuda su soledad del artificioso espejismo de la identidad. Su voluntad, trasplantada en la codificación de su angustia, se rebela ante la ciclópea vigilancia del sistema, donde el ojo de Dios fue destronado y en su lugar se estableció el esquizofrénico panoptismo de la razón, y promulgar su singularidad eclipsa su yo con la fábula del nadie, como un impulso que se niega a sí mismo, un nudo de contradicciones, donde el primer enigma es su nombre mismo. 

Nadie tiene identidad

Nadie quiere ser nadie…

Nadie escucha el silbido del tiempo y nada ocurre a cada instante. Todos omitimos que somos y, en la programación del yo, nos repetimos a diario la versión más egoísta de la historia. ¿Quién soy? Hemos sustituido la ausencia de nuestra identidad, que debió haber sido una tarea y una obsesión por construirnos en vez de bautizar y proteger nuestro yo imaginario, por el acontecimiento, y todo acontecimiento nos mancha y nos corroe puesto que surge a expensas de nuestro equilibrio y de nuestra duración. ¡Qué importa! Al final la muerte olvida los nombres en este hormiguero de la civilización y nadie nos llama en este naufragio colectivo, donde la humanidad queda hipnotizada por el prolongado canaleo de la virtual percepción, abstraídos en la descabezada velocidad de las calles, incapaces de pronunciar la voluntad en el camino.

Los lunes nos pare el tedio y cada fin de semana morimos en el olvido, embriagados de nosotros mismos. Despertamos y cada día arrancamos una hoja del calendario como una sombra marchita en la piel, con los gestos programados en el devenir de la publicidad, mientras camuflamos el no-lugar, ese cuerpo sin órganos que habita nuestro nombre, con los imaginarios del consumo.

Como en la hoja en blanco, que en su desnudez está dispuesta a crear el cosmos, nos olvidamos de nosotros mismos con la facilidad con que pasamos de página para cambiar de sentido. Día a día reiniciamos la proyección de nosotros mismos en la procrastinación del goce, que en la apática contemplación de las pantallas nos desdibuja como una lágrima en un río. Cuando regresamos a la cotidianidad del ciclo nos atragantamos con el llanto del recién nacido e invocamos nuestros nombres, que en el aire se traduce en silencio y naufraga en la gravedad de lo humano.

Mientras se habita en el olvido, las proyecciones del yo inhalan el grisáceo humo de la ciudad, en la vorágine de las pantallas que encarnan el silencio y entre las volátiles conversaciones del delirio se extasían con la risa, que estremece sus cuerpos como las huellas de un terremoto en las ruinas de los recuerdos. Juntos nos olvidamos de nosotros mismos y en la humareda del placer se desdibujan nuestros cuerpos de la lógica del mundo. La carne se funde en el paisaje virtual, pero no desaparece de la realidad.

Nadie es el otro. La extrañeza del sí mismo que se bifurca del yo: del misántropo resignado que fecunda su malestar con sus semejantes, accidentado en la sombra que no representan las pantallas. Somos la ceniza que se desnuda de su propia ficción para destruir la televisión y habitar el mundo, disfrazados con las categorías del humanismo para levantar la raíz de la persona: somos el nadie que traga el tiempo y se enmascara con los nombres para volver a nacer. Así al descubrir lo símil en lo diferente, también se descubre lo diferente de lo símil.

Por no pertenecer ni a nosotros mismos, por naufragar entre las orillas del yo y lo otro sin entretejer las corrientes en el nosotros. Por no aceptar la diferencia del otro y creernos lo mismo, por atribuir a cada individuo de todos los atributos susceptibles de pertenecer al Hombre y reducir las múltiples refracciones del espejo de los ojos, a la categoría de lo Humano: Somos nadie y Nadie salva a nadie; no se salva uno más que a sí mismo en la irónica nada del nombre, y así nadie se libera si se obliga a ser alguien o algo en la incurable otredad que padece lo uno.

Y si, cansados de nuestra condición apocalíptica, creemos que hay un instante para morir, ese momento será cuando la flemática insurrección del lenguaje se seque y, de entre las grietas de los labios, la conciencia erosionada pueda leer el olvido de los nombres y pueda borrar de sus huellas el nombre del olvido.

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