I.LETRADA.CO | FICCIONARIO | UNA VERDAD MENTIROSA
FICCIONARIO
UNA VERDAD MENTIROSA
ESCRITO POR
Joaquín Bretón Fajardo
vago caminante, exingeniero industrial, extriatleta, exhijo y excritor.
IMÁGENES POR
Andrés Chaparro Sánchez
Licenciado en artes con especialización en pintura de la Universidad Finis Terrae de Santiago, Chile.

UNA VERDAD MENTIROSA

Con el apoyo de IDARTES, beca para proyectos editoriales emergentes en literatura, presentamos nuestra sección de creación literaria, Ficcionario. El género cuento llega con el escritor santandereano Joaquín Bretón Fajardo.

En la tercera división, allá por los lejanos y musicales primeros años sesentas del siglo que ya es pasado y nostalgia, fingía conmigo estudiar bien mal un hoy próspero empresario en el área de la avicultura hormonada, quien blandía por estandarte de guerra no declarada el ser acérrimo enemigo no declarado de bailarinas japonesas, escalares y guramis que el benemérito hermano Fernando Arango S.J. cuidaba con esmero y orgullo en el primer acuario semi profesional que yo en mi vida para mi sorpresa y envidia viera. Sin que nadie lo observara -eso creía él, pero fue descubierto y no por mí- y en punta de silenciosos pies calzados depositaba una o dos cubetas de hielo sobre el agua en que los tales peces nadaban y purgaban su condena ilícita, matando por enfriamiento súbito a la gran mayoría dellos y alarmando la alegría en los recreos. Otros preadolescentes que conmigo fingían o intentaban estudiar también se daban sus mañas para lograr expulsar esa insana maldad que desde antes de nunca siempre ha caracterizado a los seres humanos más inhumanos. Orinaban sin prisa y con risa y sonrisa sobre la tierra que nutría begonias, petunias y trinitarios; con esfuerzo faríngeo escupían flemas no muy espesas y aún rosadas en los cajones que guardaban tizas y borradores para escribir o anular frases en los tableros; con la tinta negra que llenaba de futuras palabras las entrañas de los estilógrafos manchaban de luto la parte posterior de las camisas de los compañeros más tontos y apacibles y en el colmo más absurdo guardaban las leches de sus masturbaciones en los tubos de ensayo del laboratorio de química, a la espera de que el odiado profesor con ellas se embadurnase de vida muerta las malditas manos que calificaban con cero sus respuestas.

Por esos entonces, tan llenos hoy de nostalgia inútil, la maldad se exhibía desnuda y con la desfachatez de siempre que a muy pocos parecía preocupante. Este proceder tan insensato pareciera no tener parangón pero sí émulos, dada su crueldad infinita y no sustentable por psiquiatra alguno, pero en el sexto de bachillerato, en la primera división y por la misma fecha, tres mozalbetes y regulares alumnos desaplicados se salieron de todos los límites y lograron que el padre del más adinerado dellos les prestara su vehículo: un orgulloso, llamativo, flamante y blanco y celeste Chevrolet Impala de cuatro puertas, ocho pistones, cojinería de cuero y cola de pato, a bordo del cual salían, con el señor Johnny Walker en neuronas y botellas y la noche obscura sobre sus locas cabezas, a las carreteras medianamente asfaltadas que llevaban a Girón, Pamplona, Rionegro y Florida, la blanca. Una vez convencidos de que la vigilancia era nula y su impunidad segura, detenían la máquina, apagaban los faros delanteros, iban hasta la señal de tráfico que informaba curva cerrada a la derecha, la desmontaban con un destornillador y algo de miedo y veloces la clavaban del lado opuesto, para invertir la advertencia. Cinco o seis veces lo hicieron, hasta cuando el crédulo conductor de una buseta llena de pasajeros que cubría la ruta hasta el Morro Rico a las nueve de la noche del día siguiente se comió de un bocado y dos mordiscos el erróneo aviso. Cuatro muertos, siete mal heridos y nueve contusos, el chofer entrellos, amén de la destrucción total del automotor, fue el resultado de esta barbaridad juvenil.

Nunca supe, aunque quise, los nombres ni los apellidos de los tres adinerados jovenzuelos que tal inusitado accidente causaron, porque apenas iba yo a iniciar las pesquisas pertinentes para identificarlos, el maldito timbre suizo del despertador que mi padre prestado habíame rechinó a las cinco y media de la mañana, contra mi perezosa voluntad débil me despertó y acabó con este mi sueño que iba -o ya había llegado- para sangrienta pesadilla.

 

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