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EPISTOLARIO
DÍAS DE NOSTALGIA
ESCRITO E IMÁGENES POR
Margarita Quiceno
Nómada. Apasionada por el cuerpo humano. Explorando su manera de expresar el dolor y las extraordinarias técnicas para su sanación.
Maria Paula Gutiérrez
Me interesa el tema del exilio desde la forma como ha sido abordado en el cine, la literatura y la música.

DÍAS DE NOSTALGIA

Epistolario es una red de correspondencia. Queremos invitar a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea.

BRITISH COLUMBIA, AGOSTO 2013


CARTA DESDE CHILCO

¿Viste este documental de Chris Marker? 

A veces quisiera escribir en el epistolario de i.letrada. Cuando me ha nacido el impulso de hacerlo me veo ermitaña, rodeada de naturaleza, lejos de las ciudades donde han sido escritas esas cartas. Hoy vi este documental y sentía otra vez esa extrañeza de saber todo lo que habita en este mismo mundo. Hay una parte del documental donde se muestra una zona desolada de una isla y luego, como sintonizando otra emisora en la radio, se vuelve a la ciudad.

Yo convivo con montañas, bosques, un lago inmenso, glaciares, ríos, osos, lobos, águilas, salmones y ardillas; el viento al atardecer, el calor seco durante el día y las olas del lago que suenan a mar. No hay electricidad ni acueducto, cargamos baldes de agua de un lado a otro y tenemos una planta de gasolina que hace un ruido insoportable.



 

 

 

 

 

 


Dentro de esta tierra está uno de los depósitos más grandes de oro del planeta. Está por estallar una guerra entre la nación indígena con la que trabajo y la empresa minera. En este vasto lugar solo viven 300 personas, pero aman su territorio y todo lo que en él habita. De ser necesario morirían por no ver a este lugar convertirse en un pueblo minero y luego en una ciudad. No quieren dejar entrar cientos de máquinas, de hombres solteros, racistas y sedientos de sexo. Saben que las drogas vienen con ellos, las mafias y el crimen organizado. Serían los nativos una minoría y abundarían lanchas, música a todo volumen, camionetas, armas, televisores. Ya no sería blanca la nieve, si es que quedara algo. Acá defienden un paraíso, un santuario, un nido espiritual hermoso.

Aún en este presente mi memoria se imagina la ciudad y también la añoro. Su escandaloso ritmo y su violento vibrar. Me refiero a Bogotá, porque he conocido cientos de ciudades y creo que esa está entre las que más le genera conflicto a mi espíritu. Me duele ver cómo nos complicamos la vida los unos a los otros, cómo nos detestamos, nos evadimos, nos hacemos zancadilla. Ver que el dolor  se carga y se expresa con tanta rabia. Acá en las ciudades intermedias he visto que los canadienses son socialmente amables, sonríen cuando te miran a los ojos y piden disculpas por cualquier cosa. Todo parece más alegre y no hay cientos de asesinatos y suicidios diariamente. De todas maneras siento que es ficticio, que es como una norma de convivencia conveniente. Es fastidioso y me molesta que no sean sinceros, que aunque no cruces la calle por donde corresponde nadie te hace mala cara ni te pita en la cara. Eso no lo extraño, pero sí me gusta la espontaneidad y lo improvisto que ocurre en las capitales. A Bogotá le faltan muchas cosas para que sea una ciudad medianamente habitable, pero veo que hay gente comprometida con su cambio y los sueños que tienen por ella están buenísimos.

Por ahora disfruto lo que tengo. A veces la luna alumbra la noche y otras veces hay que caminar más despacio para no caer o chocar contra algo. Hay que tener cuidado de no encontrarse con los osos y me puedo bañar en el lago sola todos los días. El aire huele delicioso y cambia con el pasar del verano. Muchas veces escucho a la gente de las ciudades decir que amarían vivir en el "campo", pero pocas veces saben lo que esto significa, sus implicaciones a largo término. Incluso yo que he descubierto que tengo un potencial para la adaptación me canso de subir y bajar el piano, como dice un amigo que me visitó hace poco y me ayudó con mi trabajo. Amo beber agua pura, amo la soledad, la tranquilidad y no tener afán de llegar o ir a ningún lugar.

Creo que nunca te había escrito así, posiblemente es porque he estado lejos mucho tiempo, tengo algunos recuerdo tuyos y hoy tuve el impulso de compartir contigo mis días en el norte del norte. Ah y porque vi que te gusta el Festival Internacional de Cine de Morelia, donde trabajé una vez. Voy a ir este año pero solo como asistente.

Bueno chica, espero que todo vaya bien para ti. Un abrazo. Bonito y caluroso día.

Margarita 

 

BOGOTÁ, Septiembre 04, 2013

                                                       Árbol con ascensor incluido

Ayer tuve un sueño, ocurría ahora, en mi presente. Me reencontraba con tres personas que, aunque fueron poco importantes para mí, recuerdo con mucho detalle,  así como todas sus historias de romances con algunas señoras del servicio que trabajaban en El Bosque, el conjunto en el que aún vivo.

Aunque es improbable que por fuera del sueño los vuelva a ver, en él veía a algunos porteros que trabajaron durante mi niñez y adolescencia en el conjunto. Estaba Jorge, alto y flaco con sus ojos verdes, muy luminosos, y su barba tupida; Juvenal, con su corta estatura, su piel blanca y pálida, pelo negro con el corte escamoso; y César, que aunque en el sueño era otra persona, pude recordarlo con su bigote negro y su calva. Al final del sueño sentía cómo se me oprimía el pecho de la emoción y se me encharcaban los ojos, supongo que era un indicio de nostalgia, no de ellos y de que ya no estuvieran, sino de la infancia que ya pasó pero que siempre tengo tan presente.

No sé si Cata te haya contado las historias de cuando éramos chiquitas pero en esa época vivíamos en un conjunto de castillos de ladrillo con una fortaleza de pinos y cuevas. Allí tuvimos una infancia muy feliz y libre, en la que el mismo espacio nos dio la posibilidad de imaginar e inventar otros mundos que coexistían perfectamente con la realidad.

Cata y mi hermana Verónica eran la cabeza de todas las maldades y bromas que hacíamos en El Bosque, y yo era el cuerpo que las ejecutaba. Andábamos en bicicleta como las niñas de «Pacto de Amistad», siempre con las mismas pintas del mismo color que nos traía el supuesto niño dios en Navidad. Nos encantaba buscar propiedades para vivir (jugar), aunque era muy frecuente que nuevos inquilinos (niños) llegaran, se instalaran en el lugar, desplazándonos y obligándonos a buscar uno nuevo. Ahora que lo pienso, en esa época me hubiera gustado tener un espíritu más guerrero como el de Sam y Suzy en «Moonrise Kingdom» para defender esas propiedades que decorábamos con tanto esmero. Nuestra primera adquisición fue un árbol que en realidad era un chamizo -con ascensor incluido, decíamos-. Pero pronto fue cortado y tuvimos que mudarnos a una cueva en la que cada una tenía su propio cuarto, un baño, sala-comedor con sillas de piedra y un centro de mesa de flores arrancadas, y lo mejor de todo, un parqueadero para las bicicletas. También, trepábamos un árbol muy  alto con una gran copa que nos servía de mirador y de escondite para estar fuera del radar de los adultos. Teníamos otra propiedad, que era nuestro bien más preciado: un árbol de tronco peludo, con una enredadera que cubría todas sus ramas. En él nos sentábamos y hasta nos acostábamos a leer, y como quedaba en una esquina que daba a la calle, antes de subir al árbol cargábamos nuestros bolsillos de municiones para atacar con piedras y palabrotas a los transeúntes. Hace poco los inspectores del DAMA arrancaron de raíz el árbol, afirmando que al ser tan viejo era peligroso para los habitantes del conjunto y las personas que transitaban la calle. Con él, cortaron la posibilidad de que nuevas generaciones de niños del conjunto pudieran tejer otras historias a su alrededor.

Es raro porque después del sueño que te cuento me levanté, más que nostálgica, muy lúcida, con los recuerdos del pasado remoto claros. Me parece fascinante cómo funciona la memoria, cómo se organizan y reaparecen los recuerdos, cómo evocan en el presente ciertas sensaciones. Es curioso que esta película que me compartes hable precisamente de eso: de una imagen en forma de recuerdo que llega, queda impresa pero no siempre está presente, algunas veces puede ser difusa. Los recuerdos vuelven con sus imágenes enlazando historias que se van organizando como las piezas de un rompecabezas.

¿Habías notado que el documental de Chris Marker parte de la lectura de unas cartas que este viajero le escribió a ella? Casualmente nosotras -sin saberlo- estamos siguiendo sus pasos. Al aventurarte a escribirme me diste ese impulso que algunas veces se necesita para hacerlo. Fue una grata sorpresa recibir tu carta porque aunque nos conocemos hace mucho tiempo, es la primera vez que me escribes.

Me alegra tener noticias tuyas y al leerte pensé en la última vez que nos vimos. Si no estoy mal, fue hace un año y hablamos de Bogotá, de la tenacidad que se necesita para vivir y no desesperarse en su caos. Aunque el año pasado la ciudad me tenía asfixiada y quería salir corriendo a otro lugar, ahora quiero quedarme un poco más. A pesar de lo gris y densa que puede ponerse, este año le he cogido mucho cariño a Bogotá porque he estado más dispuesta a caminarla, a descifrar sus calles y edificios con esas texturas y esos colores tan particulares. Como me decía alguien a quien recientemente entrevisté: “la identidad y el alma de los habitantes de una ciudad se revelan en su arquitectura, sus colores y texturas”. De hecho, recientemente descubrí un edificio que por la obra de la 26, ahora es más visible. Desde el Transmilenio de la Caracas se puede apreciar mejor su forma rectangular, medio escalonada con ventanas amplias. Lo más llamativo es que cada ventana tiene una cortina de diferente color. Cuando paso por ahí, imagino que ese edificio es un inquilinato en el que los cuartos y su decoración corresponden al color de la cortina que se divisa a lo lejos. Al ver este edificio, recordé la obra de Michael Wolf que expuso en Fotográfica 2013.

El Bosque

 

 

 

 

 

 

Conjunto El Bosque.                                                          Michael Wolf, 2013.

Aunque me gusta esto de dejar pasar el tiempo, de perderse un poco -porque para mí es un buen síntoma de que cada una está viviendo-, espero que sigamos encontrándonos a través de las letras.

Ahora que retomé la danza, te mando un abrazo cargado de la energía que emanan los ritmos africanos que bailo cada semana.

Guti

 

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