I.LETRADA.CO | VERSIONES CAPITALES | VIVIR EN UNA CIUDAD IMAGINARIA
VERSIONES CAPITALES
VIVIR EN UNA CIUDAD IMAGINARIA
ESCRITO POR
Juliana Guerra
Prefiere la ciudad y las máquinas aunque odia el capitalismo, así que vive en contradicción.
IMÁGENES POR
Gabriela Córdoba
Terrícola, fotógrafa y politóloga obsesionada con conspiraciones de toda calaña.

VIVIR EN UNA CIUDAD IMAGINARIA

El graffiti como proceso comunicativo atiende primordialmente a la experiencia urbana, la confrontación del poder y la divulgación de lo prohibido. Así lo entiende el filósofo y semiólogo Armando Silva, quien decidió compartir con nosotros sus reflexiones sobre las necesidades estéticas y comunicativas que observa en, esta, una ciudad imaginada.

En 1986 Armando Silva publicó «Graffiti, una ciudad imaginada». Las paredes que retrató día a día durante cinco años de investigación (1978-1983), luego de estudiar en Italia con Umberto Eco, fueron justo el inicio de lo que más tarde se conocería como graffiti-arte. La Bogotá de entonces no se parece en nada a la que habitamos hoy; tampoco esas paredes se parecen a las que hoy impactan la 26 o la 80, las calles de barrio o las universidades. Pero a partir de este trabajo, el graffiti se convirtió casi en un sistema de pensamiento -y no solo lo que estaba en los muros-, lo que le permitió al autor sumergirse ampliamente en el estudio de la ciudad y de sus urbanismos ciudadanos.

El libro es un “mapa posible de los laberintos graffiti en Bogotá”, cuyo punto de partida son los mensajes impresos sobre muros, sanitarios, vehículos y otros objetos de la ciudad, a través de los cuales Silva describe los procesos comunicativos inherentes a la vida urbana. El graffiti es una marca, pero es además la expresión del deseo colectivo, y está determinado por una serie de valencias antes, durante y después de su realización: marginalidad, anonimato y espontaneidad; escenicidad, precariedad y velocidad; y fugacidad.

Tuve noticia de Armando Silva cuando comenzaba mi carrera de sociología. Pensando en la cultura y en la construcción social de la realidad, llegué a los imaginarios: imágenes, sensaciones, afectos que nos mueven a la acción. A propósito de la pregunta por las versiones más deseables de Bogotá, me entrevisté con él y me contó que aunque su trabajo más extendido es el de los imaginarios, las consultas a su estudio sobre el graffiti son mayores, lo que no deja de sorprenderlo. Poco se ha teorizado al respecto luego de su libro y, en cambio, el graffiti ha crecido y tomado cada vez más fuerza en Bogotá, Latinoamérica y el mundo. 

Comencé preguntándole cómo, desde su perspectiva, ha cambiado el panorama del graffiti en los últimos veinticinco años. Precisamente, este es el tema del libro que lanzará en octubre: «Atmósferas ciudadanas: grafiti, arte, nichos estéticos», publicado por la Universidad Externado. Este libro se está traduciendo al portugués y también al inglés, y se ha propuesto publicarlo en España, México y Argentina, en distintas editoriales.

En las calles, Silva identifica tres movimientos: el ‘arte urbano’, donde impera lo estético; el ‘arte público’ que es político pero no ideológico -como sí era el de los años ochenta-; y el ‘post graffiti’, que tiene más que ver con la estilística internacional, ya no cumple las reglas de espontaneidad ni de marginalidad sino que son unas figuras inspiradas en la escritura cirílica griega, y que se repiten en las paredes de todas partes, pero sin mayores novedades. Para él, el graffiti contemporáneo no tiene que ver con las pintas ni con las paredes ni con el espacio, sino con la escritura de lo prohibido y la confrontación con el poder. “Los nuevos graffiteros son los Anonymous, el movimiento Anonymous, aun cuando no hagan propiamente dibujos sobre la calle”, dice.

Volviendo a su libro -que mencioné antes-, Silva dedica una parte al estudio de los buses y busetas, que si bien no son específicamente graffiti, sí son expresivos a nivel estético, pues son la proyección o  manifestación de sensibilidades y así, van a la par con el graffiti de estilo colombiano, como responder en los muros con dichos y leyendas locales como “a falta de pan, bueno una cuca”, incluyendo la connotación sexual. Los buses y busetas, dice, eran objetos fetiche, susceptibles de ser nombrados, adornados, engallados de acuerdo a su género: el bus, mucho más agresivo; la buseta, más mimada.  Tiempo antes de desarrollar una metodología de investigación sobre imaginarios, este autor identificaba cómo las prácticas urbanas están necesariamente atravesadas por una necesidad estética o comunicativa.

Durante nuestra conversación, Silva mencionó un ensayo escrito por el conocido sociólogo estadounidense Dean MacCannel. EN este, el autor establece una diferencia entre el trabajo de Silva y el de las ‘ciudades invisibles’ de Italo Calvino, así como de la imaginería de Dysney. Según MacCannell, mientras “yo hablo de ciudades reales, lo de Calvino es literatura, buena claro, y lo de Disney es industria”. Y es que, como dije arriba, el interés de Silva por lo urbano, no es por lo que ocurre dentro del perímetro de una ciudad. Tiene que ver con lo contemporáneo, con los medios y las tecnologías a las que tenemos acceso.

Los productos transgénicos son urbanos, la producción tecnificada de pollos. Y los campesinos son campesinos, de eso no hay duda, pero tienen cada vez más celulares y televisores. Hay programas digitales promovidos por el gobierno que están llegando a todas partes, o sea que se van urbanizando esos lugares.

Por eso su trabajo no está centrado en un espacio, por eso no habla de ciudad (en contraposición al campo o a lo rural), sino de urbanismos; los imaginarios son eso, urbanismos, formas particulares de ver y hacer, mediadas por las tecnologías a las que tenemos acceso, y donde interviene tanto el pensamiento como la emoción.

… Pero los imaginarios no se producen individualmente, porque si alguien tiene miedo a una parte de la ciudad, por ejemplo cree que va a temblar, esa es su ciudad individual, y puede más bien responder a una neurosis o hasta a una irrupción psicótica. Pero si colectivamente creemos que el centro produce miedo, que la mujer es inferior o superior -los feminicidios en Juárez, por decir algo-, que si no hubiese muerto Gaitán tendríamos paz... Eso son los imaginarios, versiones del mundo compartidas por un grupo.

El poder de los imaginarios es muy grande. Silva me cuenta la anécdota de la calle Hidalgo, en Ciudad de México, que tenía muy mal olor; hace años fue arreglada para que el olor desapareciera, y ya no lo tiene –objetivamente hablando- pero hoy todavía la gente se sigue tapando la nariz al pasar por ahí. Y así en la historia. “El odio es un sentimiento, pero puede generar procesos históricos [;] el amor es un acontecimiento estético y es ciego. Uno no ve, está como ensimismado, no hay racionalidad objetiva, pero cuando el amor se ha pasado, entonces regresa, digamos, un sentido crítico”.

 “Es lo mismo que ocurre con los nombres de las hijas mujeres”, continúa mi entrevistado. “Un padre dice que se le ocurrió ponerle María a su hija pero eso no es tan individual. Muchas mujeres se llaman María en Colombia, más del 2% tienen el María en su nombre compuesto. Los padres quieren ver a la virgen en ellas. No llaman Judas a sus hijos”. “Algo similar pasa cuando unos amigos me dicen que van para San Victorino y yo les digo que vayan con mucho cuidado. San Victorino ya no es lo mismo de antes pero a mi igual me da miedo. O sea, lo imaginario no tiene que coincidir con la realidad empírica pero se puede decir mejor: la realidad empírica se vive desde los imaginarios, que la encarnan, y son ellos los que se perciben, no hay un objeto real sino imaginado. Son las visiones del mundo”.

¿Y entonces qué importancia tienen los objetos, los espacios, las superficies urbanas? El imaginario está encarnado en los objetos de modo similar a la revelación religiosa.

Alguna vez en Barcelona, durante una conferencia compartida en la Fundación Antoni Tàpies, el antropólogo catalán Manuel Delgado me decía que si yo investigaba imaginarios, que son invisibles, cómo podía tomarles fotografías. Mi respuesta: porque los imaginarios están allí en cada cosa, inseparable de ella. Como cuando en Caracas uno habla del miedo y aparecen muchas rejas. Allí, en las rejas está el imaginario. Y yo le tomo la foto al miedo encarnado en una reja.

Aunque haya surgido en la academia, aunque no falten textos al respecto -no solo suyos sino de muchos otros investigadores que siguen su metodología de investigación-, el trabajo de Armando Silva ha encontrado otros canales y formas de presentarse: exposiciones, postales, videos, entre otras. Ante esto, le pregunto hacia dónde va su teoría de los imaginarios, a dónde pretende llegar y cómo. “Si en algo es radical mi trabajo, responde, es en la subjetividad y en la estética. Yo creo que no se debe llegar a una comprensión de la estética  de la vida urbana. Creo que se deben hacer acciones similares a como actúa el arte público”.

Cuando joven, Silva se interesó primero por la literatura. Empezó a escribir una novela y considera que no le fue tan bien, “así que mi trabajo ha sido una manera de hablar de las cosas que me han gustado e interesado siempre. Una forma de canalizar lo que veo, con una fuerte influencia del are y la literatura”. Reconoce, y pone en primer lugar su posición desde el arte. Desde ahí habita, piensa, siente, desea.

A lo largo de su trayectoria, Armando Silva ha publicado veinte libros y otra cantidad de artículos en los que ha desarrollado su teoría de los imaginarios urbanos, entendiendo lo urbano como lo contemporáneo y no necesariamente como lo que está en la ciudad. Para Silva, lo urbano excede la ciudad y se vive ahora -por primera vez en la historia de las ciudades-, quiere decir que no se necesita vivir en la ciudad para ser urbano. Desde el 2002 dirige el proyecto ciudades imaginadas, que se ha desarrollado en catorce ciudades en Latinoamérica y España, más otras diez zonas del mundo. Hoy dirige el Doctorado en Estudios Sociales de la Universidad Externado de Colombia. 

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