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Hora: 5:00 a.m  Equipo: botas de trekking, chaqueta impermeable, bloqueador   Suministros: maní, agua, mucha agua  Destino: Sumapaz  Ya desde hace tiempo son frecuentes en mi rutina los domingos que comienzan temprano en la mañana con la montaña como destino. He intentado hacer del viaje uno de mis oficios y esos escapes de verde, que incorporo al extraño paréntesis que es el periodo no vacacional, sirven de nodos vitales al recorrido que no cesa. Me gusta la idea de que el viaje no para, que me viajo la vida. Es fácil: a muy pocos kilómetros de Bogotá -un par de horas en promedio- se puede escalar en Suesca, ir a termales en Choachí o Machetá, caminar por Chingaza o Chicaque, subir hasta la laguna de Guatavita o quedarse abajo haciendo Kayak en el embalse de Tominé. Hay minas visitables en Nemocón y Zipaquirá, parapente en Sopó, lagos en Las piedras del Tunjo en Facatativá. Y es más fácil aún: dentro de la misma ciudad están los cerros de Chapinero, las cascadas de la parte de atrás de Monserrate… Dentro de Bogotá queda el más grande de los páramos, ¡Sumapaz es Bogotá! La exclamación es del tamaño del desconcierto. Ese desconcierto que se hace cada vez más grande cuando el minúsculo mapa montañoso, ruidoso y agitado del triángulo que aparece en nuestras mentes al pensar en Bogotá –muchas veces con la Carrera Séptima como eje- se desdibuja a medida que el carro avanza por la Boyacá directo al sur. Cuando unos minutos después de arrancado el recorrido Bogotá se convierte en montaña, en frailejón, en laguna, en arado, en campesinado. Cuando Bogotá es rural. Esa mañana prendí el carro con mucha vergüenza y ansiedad. Vergüenza de no haber ido, ansiedad de llegar ya, pero en Sumapaz no estaría sino varias horas después. La cita era con Julián y Morris a las seis en punto, frente a la terminal de transportes de Yomasa, cerca ya de la salida al llano. El primero es un colega de la carrera que desde hace un tiempo viene trabajando con los sectores rurales del distrito y quien me propuso hacer el recorrido hasta Sumapaz. El segundo, Morris, se llama en realidad Héctor Vásquez y es un líder comunitario que ha participado permanentemente en los procesos de organización campesina e indígena, amplio conocedor de las dinámicas territoriales de las localidades suroccidentales de la ciudad y defensor de la tierra, el agua y la tradición muisca. La voz de este texto.  Primera parada, el centro de todo A la salida de la localidad de Usme hicimos nuestra primera parada con el objetivo de subir a uno de los cerros principales del parque Entre nubes.   Llegamos al Parque natural de montaña Entre nubes, en la zona suroriental de la ciudad, donde terminan los cerros de Bogotá. Estamos entre el Agroparque los Soches y la vereda el Uval. Hacia la derecha están la entrada al túnel que da comienzo a la autopista al Llano y los últimos barrios de este lado de la capital, que son El Divino, Puerta al Llano y la Comuna Alfonso López. Hacia el costado occidental vemos la cuenca del río Tunjuelo y parte del pueblo colonial de Usme que ahora es escenario de expansión urbana con la llegada de las unidades de vivienda subsidiada. Al frente tenemos la planta de tratamiento de agua de El Dorado. Estamos parados en la frontera, en el vórtice, en la zona periurbana de lo que podríamos llamar el conflicto de expansión de Bogotá por este lado. Era evidente que estábamos en una frontera, en la frontera entre el monstruo urbano y la vida campesina; de un lado del cerro empezaba a verse ya el comienzo del brazo rural de Usme que conecta con Sumapaz, mientras que del otro estaba el sector urbano de la localidad que desde allí se veía como un gran círculo de cemento difícilmente contenido por las montañas. Usme tiene más o menos el 20% de territorio urbano y el 80% rural. Es muy parecido a nuestro Distrito Capital que tiene también el 25 % urbano y el 75% rural. Alrededor de cinco localidades tienen ruralidad y Usme es la segunda que mayor porcentaje de ruralidad tiene. La primera es Sumapaz, la localidad 20. El tamaño de Sumapaz es equivalente al del resto de Bogotá y es rural en su totalidad. Ese bloque de cemento que teníamos en frente fue antes un territorio habitado durante cientos de años por sus pobladores originarios. Sus prácticas de uso del agua y del suelo aún se conservan entre muchos de los campesinos de la zona que se resisten a meterse entre los muros de la urbe y que luchan todos los días por mantener sus casas y fincas al margen de la expansión que cada mes se acerca una cuadra. El cultivo de la papa, por ejemplo, se realiza conservando las técnicas de los muiscas, así como sus rituales de pagamento al agua en las lagunas y en los ríos. Aquí pervive una identidad aborigen pero que no tiene que ver con Bacatá sino propiamente con Chipaque que es como se llamó este lugar.  Estos territorios, como bien lo señalaba Morris, albergan un saber milenario. Por ello la disposición de los mismos no puede estar determinada únicamente por las lógicas de la expansión urbana, pues se debe considerar la responsabilidad colectiva de cuidar la cultura viva que allí se mantiene. Las comunidades, ahora campesinas y algunas indígenas, mantienen el legado cultural. Uno de los más importantes es el uso responsable del agua. Bogotá recibe una buena cantidad de alimentos regados con el agua del río Bogotá. El agua del río Bogotá, después de los seis kilómetros ya tiene una buena contaminación, sobre todo en las partes bajas de la sabana. Allí el agua contaminada es bombeada y con ella riegan los alimentos que consume una muy buena parte de la población de la capital. Es un agua súper, súper, súper contaminada. Aquí, en cambio, se riega con agua totalmente limpia que sale de los complejos lagunares Los Tunjos, La Garza y El Curubital. Estos son los santuarios de flora y fauna del Distrito Capital, son conocidas como las lagunas colgantes de Bocagrande. Estando allí es fácil entender que la defensa de la ruralidad en Bogotá, por esta y muchas razones, es un problema que nos compete, se trata de conservar el agua limpia que riega lo que se comen. Pero la amenaza a la limpieza del agua no solo tiene que ver con la incontenible expansión que pone en peligro a los páramos y con los altos niveles de contaminación del río tras su paso por la capital. En frente tenemos, además, el relleno Doña Juana, que es un botadero a cielo abierto creado hace unos 23 años por la Administración de Andrés Pastrana quien compró unos terrenos, expropió otros por Decreto y autorizó meter ahí la basura de Bogotá. Desde la administración de Lucho, Doña Juana recibe también los desechos de otros 14 municipios más. Aquí se empezó a verter la basura sin ningún proceso técnico. Eso causó el desplazamiento forzado de las comunidades rurales que vivían allí por el Mochuelo bajo. Y el relleno lo colocaron sobre tres micro cuencas. Doña Juana es uno de los más graves problemas que enfrenta la ciudad pero que solo sufren los sectores periféricos allí ubicados, y cuya población convive a diario con los olores, las plagas y los peligros ambientales de su manejo incorrecto y de su uso desbordado. Aún así, ante la amenaza y justo en frente de ella, se extendía firme bajo nuestros pies el triunfo de la resistencia a las inequitativas lógicas urbanizadoras del “desarrollo” bogotano. Este parque fue nombrado por los líderes hace unos 20 años cuando comenzaron su lucha ambiental en el sector. Ellos decían “hay que darle oxígeno a Bogotá y sobretodo a estas comunidades que están acá”. Eso por todo el proceso de minería, de contaminación que ya se venía para el territorio. En ese entonces propusieron recorridos y caminatas que lograron que este sector, estos cerros, se reconocieran como Parque natural Entre nubes. El nombre es muy bonito pero muchas veces se ironizó diciendo que el parque quedaba entre nubes y canteras, las nubes de polución de Bogotá y las canteras mineras. La lucha campesina por la defensa del territorio dio frutos en el reconocimiento, por parte del Distrito, de aproximadamente 25.000 hectáreas que se empezaron a recuperar en el año 1998. En ese momento comenzó un proceso de restauración y adecuación del sector. Se compraron algunos predios, se recuperaron otros; a la gente que vivía al lado de los ríos y de las quebradas se la reubicó con el fin de que no impactaran negativamente las fuentes. En ese mismo proceso se llevaron a cabo los primeros recorridos. Además de ayudar a la restauración ambiental, los recorridos fueron muy importantes para la gente ya que también hacían -y hacen- falta escenarios de esparcimiento donde la gente venga a recrearse. Eso es lo que le hace falta a nuestros sectores. Estos sectores están compuestos por callecitas y recovecos y casas unas sobre otras; el hacinamiento es fuerte.  La mayoría de los barrios que vemos acá se crearon rápidamente después de la construcción de la carretera; eso hace unos quince años. Además, aquí llegan una gran cantidad de personas desplazadas de otros sectores de Bogotá y del resto del país. ¿Alrededor de eso qué vemos? un cordón de miseria impresionante que es realmente lo que ha producido el conflicto. Antes, la ciudad llegaba hasta el Quiroga. A partir de 1980 la gran ola de desplazamiento como consecuencia del conflicto armado produjo la formación de los barrios de Meissen, México y San Francisco en Ciudad Bolívar que antes era la zona rural de Bosa.  Basta con dar una vuelta de 360 grados sobre el eje del cuerpo desde la cima del cerro –custodiado, como muchas cimas de montaña en nuestro país, por una cruz de madera- para tener ante los ojos la imagen viva de las tensiones entre el campo y la ciudad, entre la inevitable expansión urbana y la necesaria conservación cultural, entre la privatización del agua y la defensa de su uso tradicional y ritual, entre la extracción minera de la industria de la construcción y la lucha campesina de recuperación del territorio… abrumador. Lo que vemos aquí es una franja entre los cerros surorientales, los páramos y la afectación que viene con todo el proceso de “desarrollo” de Bogotá. Esta es la misma franja en la que se tienen el proyecto de expandir la ciudad: las viviendas, el relleno y las cuatro vías que ya se están construyendo en Soacha para que salgan por aquí y conectarlas a la vía al Llano, a la otra Colombia. Este es uno de los grandes conflictos que tiene este territorio. Los más afectados son quienes habitan estos territorios desde hace años, los campesinos. Afortunado encuentro Bajamos del cerro y tomamos la vía alterna en dirección a la plaza fundacional de Usme. En el recorrido nos encontramos con una de las mujeres que hace parte del proceso de organización campesina de la ruralidad de Usme y que trabaja activamente por la defensa del territorio rural bogotano. A propósito de su encuentro, Morris nos describió la otra gran victoria de las organizaciones: el Agroparque Los Soches. La historia comienza en el 2002 cuando los campesinos organizados llevaron al Consejo de Bogotá la propuesta de conservación del territorio y la cultura campesina con la creación del Agroparque, esto con el objetivo de frenar la amenaza del desarrollo y la perdida de la vocación agrícola y el desplazamiento que traía consigo. Ahí es que arman la figura de Agroparque con las propuestas concretas de cuidado y uso estratégico del suelo, buen manejo del agua y protección social del territorio. Se hizo un acuerdo de que Soches no puede ser tocado hasta 2032. Fue una ganancia importante para esta gente cuya idea era la de mantenerse como campesinos aún siendo bogotanos. Agroparque Los Soches mantiene alrededor de unas 120 familias en su sector con vocación agrícola que se mantienen fuertes socialmente y se distribuyen las tareas: las mujeres trabajan con los derivados de la leche y hacen mermeladas y conservas que después comercializan; los jóvenes se han dedicado a la adecuación de largos senderos por las zonas de parque natural y trabajan, en su mayoría, como guías; los hombres se dedican al cultivo y muchos de ellos apoyan la recuperación de la quebrada Yomasa. Su mayor lucha en la de mantener el manejo comunitario del agua y de no ceder a la privatización. Son de una Fortaleza impresionante. La presión por despojar a los campesinos de sus territorios con el fin de dar continuidad a proyectos de expansión a través de la construcción de edificios de vivienda subsidiada tales como los de Metrovivienda, ha sido muy intensa. Una jugada que se hizo fue la de subir los impuestos y bajarle el valor a los precios: una finca que estaba en 100 millones de pesos quedó costando 70 por el proceso de valorización. La comunidad de Los Soches en cabeza de Belisario Villalba, presidente de la JAC de la vereda, hizo una cruzada con sus comunidades y empezó a sentarse con otras veredas para organizarse desde su identidad campesina pero conservando su reconocimiento como bogotanos. Es una propuesta que incita a las comunidades a quedarse en sus lugar haciendo uso del suelo y conservando sus familias y comunidades. Ellos dan grandes luchas y hacen movilizaciones y organizan foros y conversatorios entre ellos mismos para mirar como va a ser la defensa de sus territorios; como va a ser la permanencia.  Según Morris, a partir del proceso que se llevó a cabo con el Agroparque Los Soches y con el parque Entre nubes surgieron otros procesos paralelos y similares de recuperación ambiental de territorios en otros sectores tales como el alto de La Conejera en Suba o el proceso de los Cerros Orientales. Este parque tiene la fortaleza de ser una creación popular y comunitaria, de ser una alternativa ambiental para Bogotá y de crear escenarios importantes de ejemplo para el Distrito, que es ahora un movimiento muy fuerte. Es aquí donde nació el proceso de conciencia ambiental y de recuperación de escenarios naturales para Bogotá.  La finca de Jaime Beltrán Avanzamos un poco más y llegamos a la casa-finca de Jaime Beltrán. Jaime es uno de los lideres campesinos de la localidad cuyas reflexiones han contribuido a visibilizar la posición de los habitantes de la ruralidad de cara al Distrito. Su casa es el escenario en el que pone en práctica el modelo de desarrollo que considera deben mantener las zonas campesinas circunscritas al territorio bogotano. Lejos de lo que parecen pensar “los políticos” que frecuentan estos sectores -con el fin de que abandonen sus viviendas y las reemplacen por apartamentos de Metrovivienda porque conviene al desarrollo de la urbe- las posiciones de Jaime y muchos de sus vecinos y compañeros no son simplemente conservacionistas. En nuestra conversación nos comentó que lleva años estudiando el caso de la ruralidad en las grandes capitales del mundo, especialmente las europeas, y que entiende perfectamente que la tensión entre la defensa del campo y la necesidad de expansión de la ciudad no se resuelve negándose al crecimiento y a las transformaciones. El tema está en el proceso de articulación estratégico de ambos sectores. Lo que hay allí es un escenario de producción de ideas y acciones concretas frente al desarrollo sostenible, la soberanía alimentaria, la protección de los saberes y la conservación de los recursos. Nuestra sensación, como bien lo introdujo Morris en su relato inicial de nuestro recorrido, es que estos sectores rurales se están pensando la ciudad y su relación sostenible con la misma, mientras que la ciudad no se está pensando el campo. No de la defensa de unas familias y sus tierras lo que está en juego, es la posibilidad de discutir modelos de desarrollo urbano/campesino sostenibles, estratégicos y mucho más viables que resuelvan las múltiples problemáticas ue convergen estas zonas de frontera.     Suma paz A medida que avanzábamos y subíamos iba aumentando la distancia entre las casas que veíamos por allí. El territorio, antes parcelado y claramente separado por alambres con sus púas, iba transformándose en una sucesión de pequeñas montañas y valles ahora habitados por la vegetación que anuncia el páramo. De repente los primeros frailejones y a los tres minutos cientos de miles de millones. No hace falta una llamada al silencio. Las ideas arremolinadas en la cabeza se fueron deshaciendo en sensaciones apaciguadoras mientras no era el carro sino los pies los que ascendían por el páramo. En frente, la laguna y el cielo azul. Allí las razones se quedan cortas y todo el recorrido se envuelve en un círculo y hace sentido. Hay que estar allí para que el clamor de la defensa del territorio salga ya no de la cabeza sino de los pulmones liberados. Sumapaz es lección, es advertencia, es llamado. Sumpaz es destino. ¡Bogotá también es Sumapaz!
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DESTINO SUMAPAZ
Textos Fotografías
Lorena María Aristizábal   Politóloga Politóloga de la Universidad Nacional y candidata a Magister en Estudios Culturales de la Universidad de los Andes. Este número se hizo con el apoyo de COINTELCO, Pasión por la Energía. PBX. 3112799 CRA 50 No 78 - 21 BOGOTÁ - COLOMBIA