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Bogotá no es precisamente una ciudad amable, más bien todo lo contrario. Muchas veces después de un día de ires y venires uno simplemente llega exhausto a casa. Solo allí se puede hacer las paces con los obstáculos cotidianos: filas interminables, una movilidad escabrosa o una planificación urbana que no se apiada de nadie y millones de seres humanos que, en vez de darnos paso, nos damos palo. Es por eso que esta ciudad despierta intensas pasiones; mientras hay personas que la detestan hay muchas otras a las que les encanta. Lo cierto del caso es que para vivirla, los y las bogotanas nos vestimos de un traje aguerrido, ya sea todoterreno o muy precavido. Gozamos así de los pequeños placeres y disonantes maravillas que caracterizan a la ciudad. A duras penas resistimos a su densidad y de tanto en tanto salimos despavoridos al campo, para aligerar la cabeza, respirar más profundo y relajarnos. Un viaje para poner todo en su lugar, desligarse del tiempo y disfrutar el ‘afuera’. En medio de esta rutinaria vida de ciudad siempre hay un día en que Bogotá nos sorprende gratamente y nos deja ver lo maravilloso que es este lugar del mundo que habitamos. UNA CAMINATA Hace unos meses tuve la suerte de toparme con una de estas disonancias - las llamo así por su carácter inesperado y fuera de lo normal-. Un jueves en la noche unos amigos antropólogos me invitaron a hacer una caminata nocturna por Mártires, invitación que acepté casi de inmediato cautivada por la posibilidad de abrazar las calles de esta ciudad durante la noche.   El punto de encuentro era el Voto Nacional a las 10 pm. La luna estaba llena, exuberante, y el plan era pasar por el Bronx, la Plaza España, la estación de la Sabana, el San Façon, Santa Fe y terminar en la Plaza Samper Mendoza. Nuestro guía era John Bernal: una persona, como dice él, “del común”, que desde hace varios años se ha preocupado por indagar sobre esta localidad, descubriendo su historia, sus orígenes arquitectónicos y demográficos, entendiendo sus flujos, sus transiciones y su complicado contexto socio político; buscando narrarla y hacerla visible para todas las personas que vivimos en la ciudad pero no la conocemos. Ya Hernando Gómez [1] había  planteado este ejercicio con el fin de conocer realmente la ciudad, dedicándose a hacer caminatas -solo o en grupo- por las calles de Bogotá con el deseo de resignificarlas, afianzando el sentido de pertenencia que se crea, casi obligado, cuando uno cuestiona la geografía que lo rodea recorriéndola paso a paso. ¿Qué más propio que el camino de regreso a casa? Entre las muchas estrategias de participación y apropiación que John ha utilizado en la localidad, se encuentran una serie de marchas para realizar lo que él llama “reconocimiento del territorio”.   Una vez reunido el grupo se respiraba un aire de tensión, que incluso hizo que varias personas simplemente prefirieran no ir ante el riesgo que parecía presentarse. Para calmar al inquieto grupo de expedición, John habló con el cuadrante de policía informándole de la aventura que nos aprestábamos a iniciar, así que a partir de ahí y a lo largo de la caminata que duró varias horas, nos acompañó siempre una patrulla o una moto. Era una escena completamente surreal llena de contradicciones. Era una coalición de universos que se estrellaban contra unas fronteras invisibles.  A la vez que nos chocamos nos cruzamos sin ni siquiera tocarnos. Nosotros los extraños, turistas sociales o expedicionarios curiosos, motivados por la intención de romper un límite invisible con esta caminata, pero temerosos de aquel universo desconocido. Ellos, los otros, los locales a quienes les tememos, y la policía, metida en medio de algo que probablemente no entendía, acompañándonos solo por deber y porque si algo nos pasaba se metían en problemas. En medio de esta incoherente situación dimos inicio a la expedición. Nuestra puerta de entrada fue la “Ele”. Mientras avanzábamos, las luces intermitentes rojas y azules de los patrulleros proyectaban en el piso las sombras largas de ese rebaño curioso que éramos. Los pitos de alerta de los guardias del Bronx sonaban a nuestro paso.   Caminar la ciudad es una práctica social, estética y filosófica. Muchas veces planteada desde el azar como es el caso, por ejemplo,  de las derivas situacionistas (caminatas sin objeto específico que tenían como fin poner en evidencia aspectos invisibles de lo que creíamos reconocer como ciudad, resignificándola). Otras veces, este acto de caminar ha sido planteado como un ejercicio de auto reconocimiento, como es el caso del Walkabout, ritual de los aborígenes de Australia que, como rito de pasaje, emprenden un largo camino solos en el desierto para encontrarse a sí mismos y reencontrar su nuevo lugar dentro de su comunidad. Lo cierto es que este caminar aparece como un medio para experimentar de otra forma lo que ya se conoce y muchas veces ha sido un recurso para replantear la vida en la ciudad. UN HALLAZGO A medida que avanzábamos el miedo se quedaba atrás. Ya solo era cuestión de dar un paso tras otro mientras escuchábamos atentos las historias de John sobre la génesis de la localidad y cómo llegó a convertirse en lo que es hoy en día. Así caminamos muchas cuadras iluminadas por la escasa luz eléctrica y la luna llena, algunas calles desoladas, otras llenas de gente; en unas solo se escuchaban nuestros pasos y en otras cada local tenía su propia música que acompañaba las coquetas invitaciones de putas y travestis. Las oleadas de olores también variaban; eso sí, todas igual de penetrantes y envolventes. Y luego a ratos, nada, solo un pie después del otro. Yo sentí que llevaba días caminando y que me había alejado kilómetros de mi territorio habitual. Me sentía de viaje, simplemente  porque estaba descubriendo un lugar nuevo. No era el campo pero era un espacio vivo. Esa noche paseamos la ciudad, viajándola desde dentro. Nuestro curioso rebaño, no conforme con subir Monserrate a pie o recorrer la ciclovía, optó por una caminata nocturna por las calles de Bogotá para experimentar aquel efecto meditativo que se logra como resultado de cualquier caminata.   Cuando el cansancio -que ya parecía como el del final de un día de Feria del Libro- comenzó a aparecer. Habíamos desembocado en la plaza Samper Mendoza. No teníamos ni idea de lo que nos esperaba, pero la oleada de un fuerte olor a aromática fresca sin azúcar nos golpeó limpiándonos todo aquello que veníamos arrastrando desde que iniciamos la marcha. No fue sino entrar para que todos nos maravilláramos por el espectáculo que estábamos presenciando. Las yerbas empiezan a llegar a eso de las 12 am, y lo que en el día es un parqueadero en medio de Mártires, por la noche se convierte en el centro de acopio de yerbas más grande del país. Al igual que una marea que sube, el verde empieza a cubrir el suelo gris y un aroma indescriptible inunda el lugar, mientras los campesinos atareados, que vienen de diferentes regiones, van de un lado a otro con sus carretas de colores. Cargan y descargan. Metros y metros cubiertos de yerbas de todas las clases. Frescas, tiradas en el piso en atados, parecían tentadoras camas para encontrarse con Morfeo. La cantidad de yerbas deja atónito. Uno que solo ha visto las yerbas empacadas de los supermercados o por mucho unos cuantos manojos en la tienda de la esquina, queda maravillado por tan gigantesca variedad de flores, hojas, semillas y raíces. De los cientos de variedades de plantas que se encuentran allí uno solo conoce unas cuantas y pocas veces tiene idea de todos los usos que se les puede dar. Entonces, con ávida curiosidad, uno empieza a preguntar qué es cada una y para qué sirve. En ese momento descubre sorprendido que, de todas ellas, un pequeño porcentaje tiene como fin la culinaria. La gran mayoría de las plantas que se encuentran allí son utilizadas para rituales y baños o diferentes tipos de remedios. La plaza es un centro de alquimia: allí se reúne la magia, la medicina y la gastronomía nacional. Un verdadero oasis rural en medio de la urbe, donde no solo se puede acceder a los productos frescos, recién traídos del campo, sino que se los da a uno aquella persona que los ha cultivado y cuidado con toda la diligencia del caso. Ya son varias generaciones de campesinos y campesinas que dos veces a la semana vienen para abastecer a este monstruo urbano que gracias a no sé bien qué Santo, -o a pesar de todos ellos- aún no ha sucumbido ante la homogeneizadora modernidad capitalista. Otras cosmovisiones aún pululan, se mantienen y se nutren  encontrando en esta plaza abastecedores de la más alta calidad. Aquí, médicos alternativos, brujos, chamanes, chefs, y gente del común que no olvida las maravillosas virtudes de las yerbas encuentran aquello que andan buscando.   Es increíble el profundo desconocimiento de tan antigua sabiduría. Hoy que solo somos capaces de curarnos a punta de aspirinas e ibuprofenos, resulta un alivio que en pleno centro de Bogotá, sin tener que salir de casa, podamos aún adentrarnos y reaprender los diferentes métodos para tratar las enfermedades del cuerpo, la cabeza y el alma. O simplemente pasar una noche de insomnio charlando con la gente de la plaza, comiendo las ricas arepas de doña Lilia y tomando aromáticas mientras se experimenta un efecto de aromaterapia. Cuando finalmente volví a casa a eso de las 3 de la mañana, cargada de yerbas, y me acosté en la cama exhausta a repasar todo lo que había vivido esa noche, aquellas horas me parecieron días. Intoxicada y ligera, me dormí sintiéndome fuera, como la primera noche de un viaje que apenas iniciaba. Esa noche, gracias a la fuerza motriz de mi cuerpo, un poco de curiosidad y la magia oculta en las entrañas de la ciudad descubrí una “salida de emergencia”. REFERENCIAS 1. “Ex presidente de la Liga internacional por los derechos y la liberación de los pueblos –LIDERLIP. Candidato a la Alcaldía Mayor de Bogotá año 2000. Precandidato por el Polo Democrático Alternativo PDA la Alcaldía Mayor de Bogotá año 2007. Alcalde de la localidad de Chapinero de Bogotá en dos oportunidades (1998 a 2000 y 2005) Profesor universitario. Conocido por sus caminatas pedagógicas diurnas (526) y nocturnas (531) por Bogotá, por más de 36 años y con cerca de 100.000 personas que han recorrido la ciudad con él. Investigador de temas urbanos, ambientales, comunitarios, culturales, territoriales, sociales y políticos de la ciudad de Bogotá. Miembro del colectivo Colombianas y colombianos por la paz.” http://www.blogger.com/v
Bogotá rural
HERBARIO URBANO
Textos Fotografías
Adelaida Pardo Artista o buscadora compulsiva de poéticas Artista interdisciplinar con una cámara en la cabeza, letras en los dedos y un caja llena de historias por contar. Este número se hizo con el apoyo de COINTELCO, Pasión por la Energía. PBX. 3112799 CRA 50 No 78 - 21 BOGOTÁ - COLOMBIA