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Santa Nerda
AGRICULTURA ORGÁNICA
Olvidar cómo escarbar la tierra y cuidar el suelo es olvidarnos. -Gandhi   Recuerda que los términos de una agricultura duradera nunca son solo los términos humanos, sino también los términos de la naturaleza. -Wendy Johnson   Pienso que al tratarse este artículo de la agricultura orgánica, Santa Nerda ha de estar con sus manos metidas en la tierra con un texto más anecdótico y práctico. Mi acercamiento a este tema fue a través del aprendizaje directo: durante 6 meses cuidé de plantas y animales en un programa de agricultura bajo premisas orgánicas en el instituto Esalen, California. Repartíamos una variedad amplia de verduras, tubérculos, hierbas culinarias y flores libres de pesticidas, fertilizantes sintéticos o aguas contaminadas a trescientos comensales. Esa cotidianidad se forjaba en la enseñanza y la reivindicación de prácticas en pro de la sostenibilidad y la abundancia del ecosistema que nos proveía. Sin ningún tipo de vestimenta o protección, mis compañeros y yo cuidábamos de nuestros cultivos y entregábamos a pie los contenedores de producción agrícola a las neveras de la cocina.   Cuando viajaba al norte camino a San Francisco, atravesaba monocultivos masivos, quizás cientos de acres ubicados en Watsonville, de, primordialmente, fresas y alcachofas en suelos erosionados cubiertos con plásticos e inyectados con pesticidas y fertilizantes sintéticos. En mis múltiples viajes, en ocasiones ví estas verduras siendo manejadas por personas enmascaradas, cubiertas en extraños trajes tipo astronauta, o por cientos de trabajadores latinos cargando sin descanso cajas en camiones, para que estos luego comenzaran una cadena de transporte en tractomulas y aviones lejos de su punto de origen. El mismo oficio, pero enfoques totalmente diferentes; visiones, prioridades e impactos disímiles. ¿Qué hay detrás de estas diferencias? Con el conocimiento que adquirí en la práctica y algunas reflexiones y lecturas póstumas, les presento estas línea de pensamiento y filosofía del campo, este pequeño estado del arte que es para mí una apuesta política por un porvenir del abastecimiento y cuidado de la tierra en otros términos. AGROINDUSTRIA La agricultura es un conocimiento que nos trajo hasta el tipo de asentamientos y el número de habitantes que tenemos hoy. Sin embargo, esta es una tecnología mediada por nuestra percepción; una construcción social que se ha adaptado y cambiado por siglos gracias a intervenciones humanas, posibilidades, ecosistemas, circunstancias e intereses. Teniendo en cuenta esto, quiero resaltar que hay un punto crucial en la historia de los cuidados del campo y su concepción. Por más fuerte que resulte esta aseveración, si se echa un vistazo al contexto que permitió la agricultura industrial y masificada se puede decir que esta es producto de la guerra y la industrialización: los pesticidas y fertilizantes llegan a su boom gracias a las investigaciones y los químicos también desarrollados en las dos guerras mundiales, a la vez que los tractores y la maquinaria aceleraban e intensificaban los procesos de arado, cuidado y recolección alimentados por el petróleo y sus derivados (Daniel, 2005).   Con ello surge la agricultura, ya no como oficio de familias que sostienen una  economía local, sino como una máquina voraz que busca extraer de la tierra la mayor cantidad de comida para ofrecer el mejor precio a toda costa. En este mismo sentido de optimización, sobre todo en términos de costos y celeridad de procesos, se privilegian técnicas como la concentración en un solo cultivo o especie (monocultivo), la  hiper- industrialización para la eficiencia en recolección y control en detrimento del suelo y su erosión, el control radical de pestes con procesos industriales y semillas diseñadas y genéticamente modificadas en laboratorios para su estandarización y fortaleza artificial. Por ende, la tendencia a un medio estéril y dependiente de insumos externos hace del monocultivo [1] un junkie agrícola: pesticidas, herbicidas, fertilizantes, más arado, más agua, más trabajo por menos pago y más riesgo. Es un junkie del petróleo que además promueve un sistema alimenticio y social injusto.   El impacto de estas decisiones implementadas y acarreadas es demasiado amplio: desde la erosión y el drenaje progresivo del suelo; la muerte masiva de especies y la pérdida de la variedad y resistencia genética; el desequilibrio y la vulnerabilidad del ecosistema y los problemas de salud humanos derivados de la contaminación; la mala remuneración a trabajadores, el monopolio, el sobreprocesamiento y la mercantilización de las semillas y de la comida derivada de ellas; el mal uso de recursos y el impacto masivo en la red de vida de los organismos de la tierra. Lo más primordial, a mi juicio, se resume en dos puntos: el primero es que si no cultivamos el suelo o planeamos el cultivo con su salud en mente, dejando el producto como fin máximo, no podremos proveer comida a futuro. La tierra que se drena no se restablece [2] y es más propensa a las enfermedades y amenazas gracias a la reiteración. Esto equivale a obviar la sostenibilidad. Lo segundo, es la necesidad de sistemas de comida que velen por una repartición apropiada, en vez del actual modelo geopolítico de hambruna y sobrealimentación [3], y por seguridad y cuidado de la salud, con información clara sobre pesticidas y organismos genéticamente modificados.   Este conocimiento que presento se deriva de investigadores y agricultores orgánicos (de quiénes hablaré más adelante) y de mi experiencia práctica y comprensión de los ecosistemas. A pesar de la existencia de este conocimiento que habla del impacto sobre la tierra y los humanos -incluso corroborado por prácticas ancestrales- finalmente el dinero prima y busca aliados en el conocimiento. Muchas industrias y sus productos tienen intereses en este debate: la industria de la comida procesada y sus cultivos primordiales (la soya, el maíz, el trigo, cuyos derivados como la leticina de soya consumimos a diario); los pesticidas (con el ocultamiento de su impacto en la salud humana y del ecosistema); la  maquinaria y el transporte; y las semillas diseñadas que implican su producción y dependencia a la compañía proveedora. En la conferencia de EcoFarm este año, el entomólogo Bill Olkowski hablaba de la dificultad de dar a conocer el biocontrol (la práctica de combatir pestes con depredadores nativos para potenciar un ecosistema fértil y fuerte desde adentro) cuando sus compañeros recibían donaciones y becas de quienes desarrollaban los pesticidas para contar con el apoyo intelectual de prestigiosas universidades. Mi punto aquí es que lo que podemos hacer es informarnos e indagar, porque hay mucho poder e intereses económicos de por medio como para pensar que no darán la batalla desde todos los flancos, incluida la academia como centro de producción de conocimiento y “verdad” [4]. AGRICULTURA ORGÁNICA La agricultura orgánica -y las vertientes de pensamiento que la alimentan- no surgen con Rudolf Steiner, Alan Chadwick y Bill Mollison; esta había sido la forma de cultivos y técnicas ancestrales y tradicionales usada por humanos durante siglos. Ellos serán quienes retomen a comienzos del siglo XX lo que habíamos dejado de lado gracias al boom  sintético e industrial de la agricultura que más arriba mencionaba. A pesar de ser un redescubrimiento o una vuelta a perspectivas ya contempladas, la labor de estos tres investigadores y practicantes de agricultura consciente del sistema fue crucial para impulsar el movimiento orgánico y de agricultura alternativa alrededor del mundo en los últimos 50 años. Steiner defendía una postura biodinámica que se concentraba en la comprensión del crecimiento, la sinergía con los nutrientes y recursos y las relaciones benéficas de las plantas o los elementos del sistema, a la par que se enfocaba en el cuidado del suelo con eras levantadas, un método de excavación que potencia los microorganismos y su bienestar en el suelo. Su objetivo final era la comprensión de un sistema agropecuario como un ser vivo que debe optimizar los recursos que se usan para su subsistencia. Chadwick, como pupilo de Steiner y granjero consagrado, ejerce su influencia enseñando a granjeros de ambas costas de EE.UU., destacándose en el instituto de agricultura de UCSC y Green Gulch Zen Center. Chadwick combinaba la técnica biodinámica que había heredado de Steiner con los métodos intensivos franceses que habían producido grandes cantidades de comida para una creciente Paris de comienzos del siglo XX, para crear lo que hoy se llama métodos biointensivos. Estos incluyen el mejoramiento del suelo a través de la adición de compost y la reducción del espaciado entre plantas, entre otras nuevas técnicas. Mollison promueve, mucho más allá que la agricultura, la permacultura: un enfoque de diseño para sistemas de asentamiento humano que coexistan eficientemente con su entorno. Lo importante de esta corriente para la agricultura orgánica ha sido el concepto de ‘bosques de comida’, en los que se diversifican los cultivos para hacerlos funcionar como una comunidad resistente y equilibrada, y la comprensión del ecosistema que busca una abundancia sostenible, antes que una plusvalía inmediata.   Con este legado, la agricultura apunta a una visión holística de la granja, el cultivo y el ecosistema en el que se inserta. Para lograrlo se buscan métodos de cultivo que sean respetuosos con el ambiente y el consumo humano, desde el crecimiento hasta el procesamiento y la distribución. Es decir, una búsqueda de técnicas que contemplen un sistema de producción en el marco de la gerencia del bienestar y la abundancia del ecosistema local. Para esto se debe tener conciencia de todos los integrantes del contexto, sus papeles, ciclos de vida y la búsqueda del equilibrio. El enfoque básico es entonces conservar recursos, mantener la biodiversidad y un ecosistema con miras a la sostenibilidad y la seguridad alimenticia a través de la lectura y valoración constante de la toma de decisiones e insumos externos usados: lectura de suelos, del ecosistema, de las especies involucradas y de los ciclos de vida de todos los miembros.   Para conseguirlo, una serie de técnicas son implementadas en busca de la salud del ecosistema con la intervención planeada del granjero. Las que mostraré a continuación son un recuento de las investigaciones de Scialabba & Hattam (2002), Jeavons (1974) y de Crucefix (1998). Algunas de ellas se enfocan directamente en el manejo del cultivo: fertilización orgánica (abundante uso de compost o materia orgánica), rotación de cultivos, grupos de cultivos benéficos, privilegio de semillas naturales y variedad de especies, incorporación y cuidado de microbios,  biocontrol y manejo de pestes integradas (IPM), creación de hábitats para insectos y depredadores benéficos y evaluación y uso consciente del arado. Otras incluyen la conciencia del impacto del consumo y su optimización, como lo son el uso mínimo de recursos externos , la reincorporación y el reciclaje de insumos del sistema (como en el caso del compost y  las aguas grises), el reconocimiento para trabajadores del sector, la valorización del producto y los precios justos, la distribución equitativa de recursos, las alternativas a los derivados del petróleo y  la preocupación por la contaminación y seguridad alimenticia, en especial con relación a los pesticidas. Implantar estas decisiones en el cultivo es un intento por comprender cómo funcionan todos sus miembros para implementar métodos que actúen con sus ciclos naturales, antes de actuar en contra de lo que este brinda.  Además, se busca que estas consideraciones no solo contemplen el beneficio del campesino y el sistema puntual, sino que también preserven las relaciones entre el sistema agrícola, el medio ambiente, la sociedad, la economía y las instituciones, siendo esta una red de subsistencia.   Las respuestas no están dadas y todavía existen retos, como la presencia de pesticidas en producciones orgánicas por residuos de épocas pasadas. A pesar de ello, es importante reconocer el impacto que tiene la agricultura orgánica como apuesta política de cambio. Estas técnicas buscan trabajar con el ambiente reduciendo el consumo y la dependencia de corporaciones que quieren monopolizar nuestra comida y su producción, especialmente en países industrializados; mejoran la capacidad de retención de agua y la reducción de su uso [5], lo cual redunda en un suelo más fértil y saludable, mayor producción con más seguridad y equidad alimenticia (menor contaminación de químicos), mantenimiento de la resistencia y variedad del ecosistema, sostenibilidad de la humanidad y demás especies en estas épocas de cambios -no solo climáticos- y, finalmente, apoyo a las economías locales, entre muchos más. REFLEXIONES  Tras el recuento hecho sobre las implicaciones de las prácticas agrícolas y sus contextos, recalco que mi intención no es ser dogmática e imponer la ultima palabra sobre este tema; esto sería lo último que una práctica reflexiva como esta -que busca sopesar situaciones complejas- haría. La idea es ante todo preguntarse qué estamos haciendo y qué resultados tiene, pero no solo para nosotros. Como diría la activista del movimiento y gran mente Vandana Shiva, no se trata de qué podemos hacer, sino de qué debemos hacer.   Para cerrar quisiera plantear dos reflexiones que atraviesan esta propuesta. El primero es que comer es un acto profundamente político que realizamos a diario. De vuelta a mi anécdota de los campos de Watsonville que cruzaba, ver este tipo de prácticas es saber que mi comida es anónima, en tanto desconozco e ignoro los procesos y el impacto que tiene en humanos, animales, plantas y otros organismos. El sistema no se plantea como regenerativo o sostenible, sino de explotación y oportunismo. Aludiendo a Althusser (2003), este sistema tóxico de reproducción de los medios producción se perpetua mientras yo siga comprando esa lechuga o esos huevos producidos de forma masiva en detrimento de lo ambiental. Y aquí viene lo segundo: no todo el mundo debe ser un campesino, producir su propia comida o cuidar del campo, pero sí creo que deberíamos saber lo que hay detrás de esta situación, ya que resulta crucial para  construir un sistema de comida y subsistencia equitativa con la tierra, con los otros seres vivos y con los humanos. La participación justa -que permita tanto el abastecimiento humano, como el bienestar de los ecosistemas y su abundancia- debería cuestionar el paradigma capitalista, globalizado y cosificador imperante. NOTAS 1. Este, además, no es una entidad fuerte. Un monocultivo no solo tiene un suelo artificialmente enriquecido, por ende, débil a la larga, sino que la reiteración de una sola planta hace que las enfermedades y pestes se vuelvan recurrentes y se incuben en el suelo y permanezcan en el cultivo. Esto tiene sentido si se piensa que los monocultivos no son comunes en un ecosistema salvaje; siempre la abundancia de una especie es contrarrestada eventualmente por otros depredadores. Es como una mesa llena de comida en medio de una fiesta. 2. Se estima que los procesos naturalezas del suelo y la tierra toman 500 años reestablecer la fertilidad de 2,5 cm de suelo de cultivo (top soil), tan preciado en la agricultura. Jeavons y otros practicantes de agricultura orgánica y ecológica logran este mismo proceso en  4 años a través de prácticas de mulch (mantillo o abrigo de residuos orgánicos) que aceleran este proceso. 3. El Institution of Mechanical Engineers (IMechE) y su informe de <<Global Food: Waste Not, Want Not>> estima que del 30% al 50% de 2 billones de toneladas de comida son producidas en el mundo para nunca tocar un plato. La FAO rectifica información similar. La conclusión es que producimos más de lo necesario y no lo repartimos o manejamos apropiadamente. 4. Esto también se puede ver en el fuerte lobby que esta industria y la de comida procesada han tenido frente a las propuestas de etiquetar los productos que contienen organismos genéticamente modificados o la falta de restricciones a compañías como Monsanto que tienen un monopolio de la industria de semillas. Ellos poco a poco minan la variabilidad genética y promueven híbridos y semillas genéticamente modificadas que no pueden ser producidas por el granjero. Esto  hace que la compañía tenga un copyright implícito de la semilla, lo cual en un futuro -si logran su cometido- puede significar el control de la producción de comida desde su semilla. 5. Esto se logra a través del compost que le da una propiedad esponjosa y de absorción al suelo, para retener más agua y mejorar la irrigación. BIBLIOGRAFÍA Althusser, Louis. (2003). "Ideología y aparatos ideológicos del Estado". En S. Zizek (Comp.), Ideología. Un mapa de la cuestión. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. pp. 115-155 Crucefix, David (1998), "Organic Agriculture and Sustainable Rural Livelihoods in Developing Countries". Reino Unido: Natural Resources and Ethical Trade Programme (NRI). Daniel, Pete (2005). "Toxic Drift: Pesticides and Health in the Post-World War II South”. Baton Rouge: Louisiana State University Press. Institute of Mechanical Engineers (2013) "Global food: waste not, want not". London: Institution of Mechanical Engineers, Jeavons, John (1974). "How to Grow More Vegetables". Berkeley : Ten Speed Press. Johnson, Wendy (2008). "Gardening at the Dragon’s Gate". Nueva York: Bantam Bell. Mollison, Bill (1998). "Permaculture: A Designer's Manual". Australia: Tagari Publications. Scialabba, Nadia y Hattam El-Hage, Caroline (2002). "Organic agriculture, environment and food security". Environment and Natural Resources Management Series, vol. 4. Roma: Food Agriculture Organization of the United Nations.
Textos
Silvia Uribe Profesional en lenguajes y estudios socioculturales Persistente con los Estudios Culturales: pregrado y maestría en esta práctica intelectual. Escéptica y abierta a la misma, ¿no es ese el punto? Este número se hizo con el apoyo de COINTELCO, Pasión por la Energía. PBX. 3112799 CRA 50 No 78 - 21 BOGOTÁ - COLOMBIA