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Bogotá rural
Todo es verde de ahora en adelante, señor, para evitarnos la descripción de los crepúsculos y las flores. El verde –y me perdona que empiece otra frase con tal color- es un color muy popular. Todo es verde en la tierra de dios, el latifundista. Pablus Gallinazo. Aunque nací, crecí y aprendí a sobrevivir en la ciudad siempre me he sentido atraída por la simplicidad aparente de la vida en el campo. Me atrae, sobre todo, la amplitud, el aire despojado de los cancerígenos embates de progreso de la inteligencia industrial; el rumor incesante de una vida multitudinaria, poblada por millares de seres que desconocemos.  Hay magia en la relación tan directa que la vida en el campo exige de nosotros y nuestros procesos (aunque no me haga gracia andar despescuezando gallinas ni marcando ganado: sé por experiencia que puedo prescindir de la carne y me las arreglaría muy bien sin ese rito alimenticio y mortuorio que nos vela un filete asépticamente empacado en un pedazo de icopor). Por mi parte, me contentaría con saber que mis verduras, hierbas y granos crecieron en mi jardín o en el del vecino sin pasar por procesos que desconozco. Pero nada de eso parece ser problemático en la vida en la ciudad. Es ‘normal’: cuando nacimos era así, así sigue siendo. En la ciudad somos partes de cadenas interminables que se siguen multiplicando. Dependemos de un número extraordinario de personas para llevar a cabo el más sencillo de los actos. Todo se compra, todo se encarga, todo ha sido hecho por alguien más... y para completar, hay lógicas industriales, económicas y políticas que alteran y hacen más problemáticas nuestras formas de consumo.   Una de las ventajas de la inteligencia tecnológica es que, paradójicamente, nos abrió una ventana para asomarnos a formas diferentes de vivir, a paisajes que la cortina urbana hace parecer insospechados. Lo que nos resta es tomar la decisión. No trato de imponer un devenir-campesino obligatorio. Habrá citadinos incurables, enamorados del smog, de la velocidad, de la vida social, de la polifonía ‘artificial’. Sencillamente creo que el campo, con sus ritmos marcados, sus labores cotidianas, sus distancias y sus silencios es un mundo de sabiduría insospechada, de uno que otro arcaísmo, pero sobre todo, es una fuente valiosísima de soluciones y alternativas para incorporar más organicidad y energía a nuestras vidas.   En i.letrada cumplimos un año de exploración temática de la ciudad de Bogotá y en este número 12 expresamos nuestra voluntad de expandir el radar y mirar afuera. Empezamos entonces por rastrear el espíritu rural que aún hace respirar a la ciudad: desde el gigante verde que nos custodia desde el sur, en Sumapaz, hasta en una noche de intercambio de yerbas aromáticas en el centro de la ciudad, y los peligros que lo acechan disfrazados de basureros y segregación. En Santa nerda le contamos qué hay detrás de los procesos agroindustriales y de la agricultura orgánica como una opción política de procurarnos nuestra comida. En Tras escena, una mirada íntima y privilegiada al proceso de grabación de un disco que canta a y con el agua en medio de la Sierra Nevada. En Archipiélagos de nitrato, un texto muy personal sobre el encanto que produce el cine orgánico y lúdico del documentalista italo-belga Claudio Pazienza. En La red, un nuevo manifiesto artístico para articular y vincular poetas al Espontaneísmo. Finalmente, en Epistolario, dos momentos diferentes de intercambio epistolar que revelan los efectos curativos de contar con alguien más a kilómetros de distancia, en este caso, entre París y Bogotá. Escribanos a editorial@iletrada.co
MÁS VERDE
Ana Maria Trujillo Editora de i.letrada Revista de Capital Cultural Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes. El estremecimiento. Este número se hizo con el apoyo de COINTELCO, Pasión por la Energía. PBX. 3112799 CRA 50 No 78 - 21 BOGOTÁ - COLOMBIA