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secciones: archipiélagos de nitrato
Mi primer encuentro con Claudio tuvo lugar en el marco de la Muestra Internacional Documental que itineraba por Cali gratuitamente. Esa tarde se presentaba un título que me llamó la atención: «Archipiélagos de Nitrato». Soy una cinéfila intuitiva que a ratos se deja guiar por los títulos más que por el nombre del autor; este para mí era un completo desconocido. Además del título, me atraía saber que el realizador es italo- belga. ¡Dos culturas que se me antojan más que interesantes! Como tengo la costumbre de llegar a la hora en punto no preví que podría perderme entre los pasillos o equivocarme de auditorio. La proyección se presentaba en la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero. Por supuesto me perdí y me equivoqué. Finalmente di con la sala, entré en la penumbra, con la vergüenza que pesa por el retraso y la torpeza de entrar a una sala en plena oscuridad. Trastabillando por la ceguera y la pena de irrumpir en plena proyección, me senté en la primera silla que tuve al alcance. En ese momento las imágenes revelaban una oruga en plena metamorfosis, se trataba de «Archipiélagos de Nitrato» , nombre por el cual yo estaba allí. No podía determinar cuánto me había perdido, sin embargo, quedé hipnotizada en el acto por el latido arrítmico de los fotogramas y enseguida, por el encantador acento de una voz masculina -en off- que reflexionaba en un francés despojado del gutural sonido galo. Imágenes desfilaban ante mí bajo el influjo místico y fetichista que tiene todo objeto cuyo origen data de hace más de una centuria, y en este caso preciso se contemplaba amplificado y magnificado por la ‘sala oscura’. Por vez primera asistía a la experiencia privilegiada de presenciar fotogramas cuidadosamente conservados por La Real Cinemateca de Bélgica. De pronto irrumpe la imagen de un gato y una receta culinaria mientras la voz advierte que el cine es, precisamente, como una receta de cocina, ya que el celuloide tiene como ingrediente base la gelatina. Los elementos se articulan en una yuxtaposición asociativa de imagen-tiempo-naturaleza para concluir que la génesis de la película es animal, salvaje, bestial. Eso me bastó: la organicidad de la observación, del material expuesto y la posterior reflexión del montaje y el análisis -para aquellos que les gusta teorizar-. Yo, en todo caso, tiendo a inclinarme más sobre la percepción. Con eso fue suficiente para mis expectativas, y lo que siguió en adelante fue puro deleite. ¡Me enamoré! Dos años más tarde me enteré de que Claudio Pazienza iba a dictar un módulo en el Diplomado Internacional de Documental de Creación de la Universidad del Valle, del cual fui estudiante en su primera versión. Además de esa ventaja contaba con el conocimiento del idioma (francés) y de poseer por aquel entonces un encantador restaurante con un precioso jardín, donde recibí a varios y varias realizadores y teóricos reconocidos en el ámbito internacional.   Cuando me enteré de que Claudio vendría a dictar un módulo me ofrecí, cual meretriz, a hacer de traductora, guía o cualquier oficio con tal de asistir a su clase… y gracias a la generosidad de su creadora, Diana Kuellar, y la del mismo Claudio que me invitó, luego de asistir a su master class (donde saqué coraje para acercármele y conversar) pude regodearme a mis anchas con esta nueva (al menos para mí) revelación del documental de creación contemporáneo. Cuando apareció frente al auditorio, Claudio me dio la impresión de parecerse a uno de sus personajes, para mí, uno de los más entrañables. Se trata del protagonista de «Panamarenko, un retrato en su ausencia». El documental era un retrato pedido por un canal de la televisión belga, según él mismo nos contó. Su anécdota me apasiona, pero todavía más el resultado. Panamarenko inventa objetos voladores que no vuelan. A la hora de rodar, el tipo se arrepiente y Claudio, perdido y a contra tiempo decide seguir adelante con el proyecto a pesar de la negativa de su personaje a ser filmado. Su documental inicia con unos avestruces que miran a cámara. Luego lo vemos timbrar en el apartamento de Paramarenko. Durante el trayecto hacia la casa del personaje vemos a Claudio llevando un maletín de cuero rojo, por el que se asoma un avestruz: un chroma rudimentario pero no por ello menos encantador. El recurso de la metáfora de la gran ave que no vuela se me antoja un guiño humorístico y enternecedor para presentar a ese personaje tan peculiar. La película se desarrolla desde la ‘ausencia’  y el resultado es magnífico. El final, si algunos sienten curiosidad, tendrán que verlo. Lo cierto es que cuando vi por primera vez a Claudio, su enorme figura me sugirió un ave: lo que me maravilló, además de su lúcida inteligencia, fue que extrañamente su cabeza siempre está adelantada al resto de su cuerpo. Es como si aquello que contiene su cerebro siempre quisiera tomar la delantera. A mí me gustaría describirlo como el avestruz con el que inicia el retrato de Panamarenko, pero en realidad la impresión que tuve cuando lo vi caminar de un lado para otro por el estrecho pasillo del auditorio donde dictó su clase, fue la de un ave rapaz a la caza de algo suculento y sobrenatural. Como en sus películas, hay una digresión entre lo orgánico y lo intelectual y su cuerpo hace gala de ello. La digresión se asocia a la ficción como estrategia para distanciar al lector/espectador de la ficción misma, creando una sensación de juego. Este artilugio es recurrente en el cine de Claudio; él juega con el lenguaje, con los sujetos, con los objetos, con su propio cuerpo, con sus personajes y con el espectador. Eso terminó de fascinarme. Basta observar su rostro: los ojos “protegidos” por unas gafitas de tímido y aplicado intelectual contrastando con una sonrisa espontánea y profundamente infantil. Al final, su cuerpo y su obra me parecen profundamente consecuentes. Durante su módulo me comporté como una estudiante aplicada y según la observación de algunos de mis antiguos profesores de universidad, cuasi devota. No paraba de tomar notas y de hacer preguntas e interpretaciones. En resumen, se burlaron de mí, pero con cariño. Esa debe de ser la razón por la cual la editora de esta revista me preguntó si quería escribir sobre él. Para Claudio, el documental –que él llama naturalista- y el cine, “están enfermos de sentido”. Prefiere suscribirse al uso de las ‘herramientas y los contigentes’ desde una estética carnavalesque, según la definición de Mickhaïl Bakhtine, dónde –explica Pazienza-: “la presencia del texto, la sustancia, es antonímica. Un ensamble de objetos heterogéneos que se hacen coexistir”. Concibe que “todo lenguaje es artificial, se quiera o no, es una construcción codificada, dramatúrgica. En mi caso se trata de hacerlos visibles y propongo con el espectador una alianza intentando revelar una percepción. Darle cuerpo a una percepción que es subjetiva para compartir una realidad”. Claudio afirma que en sus películas “invito a mis personajes a compartir mi dispositivo, no me interesa mostrarlo todo pues toda película trabaja sobre nuestro imaginario y el dispositivo universaliza la situación. Establezco un contrato ético con esa verdad que quiero contar, sigo un dispositivo extremadamente artificial y paradójicamente busco inyectar algo nuestro en esa percepción de la realidad. Inventar un lenguaje que exprese la percepción que yo tengo sobre los acontecimientos. Para mí es una necesidad fundamental crear un lenguaje, cuestionar los lazos entre los personajes y las cosas, e invitar al espectador a hacer una nueva relación, una experiencia nueva con esa realidad”. Si entendí bien, el sentido del cine para Claudio, según sus propias palabras es “hacer visible lo invisible”; esa realidad que escapa a la vista pero que está allí, en los intersticios, como un umbral que gracias a “las herramientas y los contigentes” se ilumina y se revela. Para tratar de ejemplificarlo -espero que no resulte forzado o amañado- se me ocurre el uso del artificio que aplica en su película «Tableau avec chutes»  (algo así como ‘pintura con caídas’) a propósito del cuadro del “carnavalesco” pintor flamenco Pieter Brueghel, «Paisaje con la caída de Icaro» : Claudio ha hecho imprimir una reproducción de la pintura en una camiseta, encima lleva una chaqueta de cuero roja (en Paramarenko era un maletín), lo vemos aparecer con esta indumentaria, tocar a la puerta de una casa de arquitectura flamenca; sale una señora sexagenaria, lo mira a él y enseguida a la cámara, él le hace una seña de asentimiento con la cabeza y ella se aproxima, le baja el cierre de la chaqueta y queda expuesta la pintura. Él le pide describir lo que ve. Ella tiene que acercarse mucho para observar… en este tipo de culturas no es usual aproximarse tanto al cuerpo de otro, menos al de un desconocido y para colmo, ¡le pide bajarle el cierre! La tensión se hace evidente, algo que no estaba se revela… Claudio repite esta estrategia en varias ocasiones con distintos personajes y uno como espectador percibe ese pudor. En otro momento del film se ven unos niños inmigrantes jugando en una plaza; Claudio extiende en el piso una litografía con la reproducción de la pintura, pide a los niños decir lo que observan, uno de ellos grita: “¡ovejas!” y otro dice “sí, eso es en Turquía!” ¿Porqué? ¡Porque en Turquía hay muchas ovejas! Esta escena me conmovió muchísimo, en ese breve instante parecía como si esos niños regresaran a esos campos, acompañando a los abuelos con sus rebaños. En el ejemplo anterior, según mi modo de ver -o como dice Claudio, a raíz de mi propio imaginario- salen a la superficie alientos de otra naturaleza que expanden el documental hacia otras latitudes que no habían sido preconcebidas. Esto es algo que se aprecia en todas sus películas, y tiene todo que ver con la forma en que inventa para cada una un lenguaje que “gravita alrededor de lo real dejando ver otras miradas”. Es decir, abriendo la ventana a lecturas polisémicas y cuyo “milagro es el encuentro de esa forma, ese signo de singularidad de eso que está frente a uno”. En la clausura de su módulo Claudio me homenajeó viniendo a comer a mi restaurante y me halagó por los platos. Nos reunimos un grupo de estudiantes apasionados por el oficio y algunos profesores. Cenamos, conversamos y tomamos vino en el jardín. Aproveché la ocasión para contarle que antes de conocerlo personalmente lo hice a través de «Archipiélago de Nitrato», me preguntó si la tenía y como mi respuesta fue negativa, me prometió una copia que llevaría más tarde al concierto de Velandia y La Tigra en el que quedamos de vernos con mis compañeros de clase y algunos profesores. Estaba tan entusiasmada y tomé tanto tiempo en arreglarme que cuando llegué al bar ya Claudio se había ido porque se le presentó una “contingencia” ineludible. Al otro día viajaba para Bruselas pero me dejó el dvd que yo -como buena fetichista- quería autografiado. “Ligereza, precisión y suspensión” son las cualidades con las que Claudio define un buen film. Me falló la precisión en el encuentro pero creo que de haber llegado a tiempo tampoco me habría salvado de la contingencia; y si no hubiera sido esta, la precisión en el vacío no es mi fuerte, todo lo contrario, sufro de vértigo. Por suerte me queda la suspensión, suspense… Quizás habrá otra vez y mi dvd podrá ser autografiado. En todo caso nos queda en común la pasión por el cine y la cocina, o si se quiere: el “documental culinario”. Para Claudio el cine sirve (entre muchas otras cosas) fundamentalmente para no estar solo, “pour être avec (para estar con). Al contemplar sus películas yo tengo la misma impresión; y cuando se tiene oportunidad de tertuliar con él en la intimidad de un jardín, con la deliciosa e inigualable brisa caleña meciendo el bambú y remojando las palabras en un buen vino tinto -Légèreté, précision, suspension- se tiene la sensación de estar con un amigo. *Las citas son fragmentos de notas tomadas en clase. REFERENCIAS *Las citas son fragmentos de notas tomadas en clase.
Archipiélagos de nitrato
SOBRE FUNAMBULISMO Y CULINARIA
A propósito de Claudio Pazienza
Clarena Marín Mi aliento es el agua de las palabras, el sol de la imagen, el contacto con la tierra y la lluvia de la luna.
Textos
Este número se hizo con el apoyo de COINTELCO, Pasión por la Energía. PBX. 3112799 CRA 50 No 78 - 21 BOGOTÁ - COLOMBIA