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No pienses en un elefante borroso Hagamos un ejercicio de Lakoff, para empezar. Yo digo: “No pienses en un elefante”. Perdiste, porque ya pensaste en un elefante. ¿Qué tal si digo “memoria histórica”? Algo se quebró en el mundo, dicen, después de las dos emblematizadas guerras mundiales. Se produjo un cambio filosófico en la manera de comprender los sufrimientos. Walter Benjamin lo planteó con la imagen del Ángel de la Historia (de la obra Angelus Novus, de Klee)  que veía con horror la catástrofe del progreso. Y aparecieron los estudios de memoria, que hoy avanzan como una moda, a veces feliz, a veces triste. En ello parece haber varias vertientes formativas (Rufer, 2010). La primera, poco publicitada en Colombia, es la de los procesos de descolonización, donde cobró importancia la inclusión de relatos subalternos invisibilizados para comprender lo nacional. La segunda, mucho más fuerte en nuestro contexto, tiene que ver con el auge de investigaciones y conmemoraciones públicas sobre el llamado Holocausto, que solo vino a conmemorarse oficialmente en Europa hasta los años 80. Una tercera vertiente –entre muchas que seguro habrá que leer mejor- aparece con fuerza en América Latina, posterior a las llamadas transiciones a la democracia en el Cono Sur,  donde ubicamos los primeros informes de comisiones de la verdad, y un gran proceso de movilización social por verdad y justicia, con el que se identifica protagónicamente a las Madres de la Plaza de Mayo. En el caso colombiano es reciente el uso expandido del término “memoria histórica”. La demanda por el reconocimiento de los crímenes de lesa humanidad y la aparición con vida de quienes han sido desaparecidos es muy larga. Pero su asimilación como imperativo de la sociedad y del Estado bien puede ubicarse durante los años del gobierno de Uribe, en los que se presentó una batalla, usando de manera reiterada el término, por definir la historia reciente en los términos necesarios para justificar el antiterrorismo y la impunidad (a la uribista), contra los términos que fundamentan la demanda por la reparación, y una solución política del conflicto armado (a la bandera de los movimientos sociales). En ese marco de batalla que mantiene su auge en Colombia, surge la necesidad de explicar de qué hablamos cuando hablamos de memoria histórica, más allá de la remisión hacia el pasado de lo injusto o doloroso. Lo primero que debemos afirmar es que los significados del término son borrosos: el uso de las imágenes de los sufrimientos para justificar invasiones, políticas represivas y la necesidad de gobiernos autoritarios, coexiste en Colombia y en el mundo con la apelación que hacen los movimientos sociales de las mismas imágenes para enfrentar el exterminio de la oposición política y el neoliberalismo. Así, podemos decir “memoria histórica”, en principio,  de manera funcional al poder, o a las resistencias (Calveiro, 2006). Memoria histórica como relato general Los pueblos “recuerdan”, conservan vínculos de experiencia transmisibles. En todo presente, donde se juegan las luchas por la conservación o la transformación de las relaciones de dominación consecuentes con la sujeción y el exterminio, ocurre que el pasado no pasa para los pueblos hasta que se resuelva. Así, el término memoria histórica se ha ido delineando como el “relato general que da sentido a un periodo” (Gómez Muller, 2008), objeto de disputa social más allá de las víctimas directas o de las huellas tradicionalmente autorizadas en las que se sustenta la historiografía, en la medida en que la inclusión del sufrimiento rechazable dentro de ese relato (la definición de quiénes son las víctimas y quiénes los perpetradores, por qué, y para qué) ha tomado fuerza en la legitimación del modelo de Estado, de democracia, y hasta de economía. Primero los grandes relatos nacionales, soportados en monumentos, plazas y edificios. Y luego las sentencias por los juicios contra genocidas, los informes de las comisiones de la verdad, y hasta las instituciones memoriales se han convertido en escenarios de verdadera confrontación. Dicen los que saben que ese relato general es hegemónico cuando se hace emblemático, se expande socialmente como el relato aceptable y coherente con el status quo, y establece “los marcos de selección de  lo memorable, y las claves interpretativas y los estilos narrativos para evocarlo, pensarlo y transmitirlo” (Crenzel, 2008: 24). De relatos emblemáticos, hegemónicos, existen múltiples ejemplos en el mundo: “los dos demonios” en argentina , entre los más criticados, o “la memoria democrática” en Catalunya, entre los más celebrados. Ya veremos de qué va el caso colombiano. La referencia a la victimización horizontal Ocurre que no cualquier relato significa la posibilidad de resolver el pasado que no pasa, ni de enfrentar la continuidad de las relaciones de dominación que se instalan a partir del sufrimiento de las víctimas. Por esto se ha impuesto la necesidad de determinar criterios sobre lo que es la memoria histórica. La tendencia desde las diferentes instancias de poder ha sido promover versiones que desligan o desarticulan las verdades inocultables (como la ejecución de masacres con toda la publicidad que requiere aleccionar sobre el castigo y la autoridad ilegítima) con sus causas, sus consecuencias y sus motivos. Por esto, el primer criterio sobre lo que es memoria histórica, contra las versiones mentirosas que pretenden justificar lo injustificable, parte de la relación de la memoria con la verdad que no puede soslayarse, simplemente. Articular es la clave. Sin embargo, lo que demuestran también los muchos casos en el mundo, es que el margen de maniobra en la construcción de la memoria histórica es amplio, aún con un buen vínculo con los hechos. Por ejemplo, hay quienes aseguran sin pena, que lo ocurrido en Guatemala fue un conflicto simétrico, aunque se haya contabilizado que el 93% de las más de doscientas mil muertes que ocurrieron en el contexto del conflicto armado (1960 y 1996), hayan sido perpetradas por fuerzas del Estado y sus aliados paramilitares (Snodgrass, 2005). De ahí que exista una discusión muy fuerte en Colombia en torno a la construcción de la memoria histórica. Cuando entrevisté a Gonzalo Sánchez, director del Centro Nacional de Memoria Histórica y uno de los académicos más respetados en Colombia, me dijo que en este país no existe un relato hegemónico (Antequera, 2011). Pero muchas personas, entre académicos y activistas de movimientos sociales, creen lo contrario. Aterrizando, parece necesario atender, por lo menos, al relato general en el que se basa la llamada Ley de Víctimas de 2011, y que está movilizando recursos institucionales sin precedentes. Dice esa Ley que son víctimas en Colombia las personas que han sufrido vulneraciones a sus derechos humanos, “con ocasión del conflicto armado interno, a partir del 1 de enero de 1985”. Desde allí se puede comenzar a ver que la noción de confrontación violenta (que no incluye los planes para la acumulación por desposesión, o los crímenes de lesa humanidad, ni la evidencia de que la actuación paramilitar ha sido agenciada y promovida por el Estado), se alista como centro de la carrera por determinar el relato emblemático que tal vez termine por imponerse de manera permanente en el tiempo. El académico de la Universidad de los Andes, Iván Orozco Abad (asesor de las instituciones de memoria creadas por el gobierno nacional desde la Ley de Justicia y Paz, 2005) es quien plantea la base narrativa que coincide con lo que se escribió en la Ley de Víctimas. Según su lectura de la historia reciente, en Colombia existe una “victimización horizontal”, donde las víctimas se han convertido en victimarios, y viceversa.  Ese relato ha sido fuertemente criticado ya que significa una negación de la asimetría que suponen las pruebas sobre los planes de despojo y exterminio, que  han tenido como excusa la existencia del conflicto, pero que todos sabemos que han servido, en realidad, para cooptar al Congreso de la República y acumular entre 8 y 10 millones de hectáreas de tierras, es decir, para consolidar poder político y económico. Memoria para todas (os) A partir de este debate vigente, el asunto que debe  analizarse en la construcción de la memoria histórica en Colombia, tiene que ver con la forma como la sociedad colombiana comprende políticamente lo sucedido en la historia reciente y sus implicaciones para sí. Al respecto, se pueden observar algunas características del relato hegemónico que determina nuestro contexto, sin que haga falta redactarlo de manera definitiva.   1. En Colombia se asumen los acontecimientos de victimización como hechos y no como parte de relaciones. Desde allí que la memoria se comprenda como una mirada al pasado (acontecimientos finiquitados), y no al presente (relaciones instaladas presentes). Una masacre, por ejemplo, implica unas relaciones de dominación, antes, durante y, sobre todo, después de su ejecución. Por ejemplo, revelar esas relaciones para denunciar la manera como los territorios objeto de represión se han convertido en laboratorios de acumulación por desposesión,  implicaría a toda la sociedad colombiana, en contra del interés de quienes promueven una memoria “de las víctimas”, que solo debería tener como destino la reclamación de indemnizaciones económicas por parte de los directamente afectados. Esa es la crítica que le cabe a la campaña de las Pulseras de la Reconciliación que se lanzaron a partir del Informe del GMH sobre la masacre de El Salado: “Imagina que eres tú”, como si en la realidad no fueras tú. 2. Con lo anterior se promueve también la idea de que la victimización es un valor. Una razón para hablar que pesa más que la razón misma (Vinyes, 2009). Pero eso solo puede hacerse con una gran hipocresía, ya que la vida de las víctimas importa allí, al borde la muerte, pero no cuando se defiende con la cédula de ciudadanía para demandar educación, salud, vivienda o tierra: con la cédula en la mano, en cambio, ni a las víctimas ni a nadie se le ha de escuchar demasiado. La cuestión generacional Con lo dicho podría ser claro que la cuestión de la memoria histórica no es solo un problema de las víctimas. La memoria histórica es también un marco que determina las claves de la estructura mental que se forma en una generación. El “inconciente cognitivo” descrito por Lakoff (2004), que se reconoce a través del relato que tanto nos cuesta delinear en el caso colombiano, ha de considerarse en los estudios de memoria para comprender la forma como los procesos, hechos, acontecimientos y relaciones “memorables”.  De acuerdo con el paradigma que he mostrado, estos hechos generan enlaces análogos (Aguilar, 2008) en personas con determinadas circunstancias históricas compartidas. Esto significa que la memoria histórica debe también medirse como parte de las marcas de las generaciones. Así, el asunto de la memoria histórica conlleva a pensar no solo en la manera como un relato hegemónico determina horizontes políticos, sino también sobre el compromiso generacional frente a la realidad imbricada en ese relato a partir de la experiencia del sufrimiento, independientemente de la intensidad experimentada. Aquí hay que considerar un asunto fundamental: ocurre que la victimización no es un valor, sino una experiencia. Una experiencia que debe ser conocida por lo que implica como vulneración de los derechos que tienen que ser garantizados. Pero no es un valor transmisible. Como se propone en Catalunya, debemos comprender que “el capital transmisible de la memoria son las múltiples prácticas de transgresión”, esto es, la vulneración consciente de aquello que se considera injusto y opresivo” (…)  “La transgresión no solamente es política, es de género, es artística, es cultural, es vital; es social también” (Vinyes, 2008: 24). Una interpretación de lo ocurrido en Colombia como un conflicto que solo debe ser memorable por el dolor de las víctimas, es una imposibilidad para transmitir el valor de la transgresión y, en últimas, un silenciamiento de las fuerzas que han querido ser aplacadas a punta de sangre y fuego. La violación del derecho a comprender la experiencia histórica del sufrimiento, articulándola con la base del sistema dominante que necesita ser transformado, es lo que lleva al fondo la batalla de la que he hablado en este escrito. Lo que está definiéndose hoy es la posibilidad de que la sociedad asuma lo suyo y recupere su sentido de orientación, que no es el acto de contemplación del dolor ajeno, sino su acción colectiva, su movilización con base en los aprendizajes de la experiencia que le atraviesa. Allí está la suma de hechos aislados, normalizados. Allí están las víctimas, los que sufren. Y están las noticias; y están los sentidos que quieren proponerse desde el poder para que nos hagamos detrás de la raya y agotemos nuestra acción en el acto de conmovernos. Definitivamente eso no es memoria histórica. Lo que se ha ganado en el mundo gracias a millones de luchas es la posibilidad de ver, más allá del dolor, la esperanza. En ello es fundamental la construcción del relato general que da sentido al periodo que aún no terminaremos de nombrar, por lo que significa como marco. Y está el sentido del mismo: que las vulneraciones a los derechos humanos implican sistemas de relaciones, y que esos sistemas atraviesan nuestra vida. Que el modelo de concesión del territorio hoy tiene una base forzada basada en la violencia histórica contra las comunidades; que hay que decir memoria de manera funcional a las resistencias, para que valga la pena tanto sufrimiento que podemos reconocer gracias a ella misma. En los últimos años se han venido creando instituciones que tienen la misión de promover la memoria histórica de la sociedad. Se supone que el Estado tiene el deber de garantizar las condiciones para la expresión social en esos términos, y tal vez estemos desaprovechando el campo que se viene abriendo. También están las muchas manifestaciones de los movimientos sociales que han incorporado a la memoria como bandera, a veces pidiendo lo que siempre han ejercido. En todo caso, lo que está jugándose es la cuestión de una acción generacional con base en un gran aprendizaje que nadie resolverá por nosotros.   Ojalá. BILIOGRAFÍA CALVEIRO Pilar (2006). Los usos políticos de la memoria. Argentina. S.D. CRENZEL Emilio (2008). La historia política del Nunca Más. Buenos Aires. Siglo XXI Editores. GOMEZ MULLER Alfredo (2008). La reconstrucción de Colombia. Escritos políticos. Medellín.  La Carreta política. LAKOFF (2004) No pienses en un elefante. Madrid. Ed Complutense. SNODGRASS GODOY (2005). Una perspectiva invertida de la justicia transicional. En: RETTBERG Angélica (Comp.) Entre el perdón y el paredón. Bogotá. Universidad de los Andes. VINYES Ricard. (2009) El Estado y la memoria. Memorial Democratic. Bercelona. RBA.
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OJALÁ
Textos Fotografías
José Antequera Guzmán Abogado Mi oficio es la causa que me mueve. Compongo canciones en el río y no me pierdo una marcha.
Breve panorama de la memoria histórica