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Tras escena
Con cuerpo se tiene hambre Con cuerpo se miente ¡Oh tú! No me esclavices No me tortures, por tener un cuerpo Corporízate tú, como yo Y observa lo que pasa ¡Oh, Ramanatha! Devara Dasimaya Cuando se habla de Abel Azcona hay que hablar de cuerpos  que cuentan historias dolorosas. Fui al encuentro de este  artista español, asistí a sus performances  durante su  paso por Bogotá en el mes de febrero y acción a acción  surgió en mí la necesidad de indagar sobre algunos de los  motivos de su obra. Era la segunda vez que visitaba  nuestro país, así que quise saber más sobre su proceso de  creación.  Lo que presento a continuación es una serie de reflexiones  desmembradas sobre los motivos del accionar de este  performer, ideas que se dieron durante mi asistencia a sus  performances, un par de conversatorios en La Junta y una  entrevista realizada después de una de sus acciones en la  galería Neebex. Un cruce de palabras en torno a su  biografía, lo que él mismo llama su mochila.  En cada cuerpo la intensidad de la experiencia dolorosa es algo tan íntimo como la huella dactilar. Cada sistema nervioso ha de encontrar su modo particular de digerir sus malestares, de procesar sus heridas;[1]  sin embargo, en un mundo en que las exigencias de lo cotidiano parecen dar cada vez menos espacio a subjetividades, es absurdamente “razonable” que se trate al dolor como a un huésped ajeno y hostil al que se da posada por obligación, pero al que no se quisiera tener que atender nunca.   En este panorama, confortable mordaza nuestra de todos los días, aparece un joven de 25 años que, definiéndose a sí mismo como un error social, traza un inquietante camino de aprendizaje sobre el dolor a través de la experiencia estética que ofrece el performance. Esto ha supuesto un ejercicio de confrontación con su pasado y la creación de un universo de acciones surgidas en la necesidad de reelaborar su experiencia. Sus performance se han convertido así en una versión viva pero siempre inacabada de su pasado.   Para contar hay que recordar, hacer una expedición por sucesos que nos cuesta traducir para relatar. Toda biografía tiene sus regiones de sombra, recuerdos por los que no nos gustaría volver a transitar, se nos enseña una modalidad del olvido que oculte y mire hacia otro lado cuando de dolor, vergüenzas, tabúes y otras piedritas en el zapato se trata.   Escuché tres veces a Azcona y lo vi accionar en dos de sus performances, ví cómo elabora entre acciones y palabras una remembranza de aquellos que ha sido; siempre con una impresión de que a la hora de explorar su inconsciente, puede prescindir de anestesia:   Yo no soy nada, soy un loco, una persona que ha vivido una historia muy complicada, cuento mi historia, se la cuento a los demás y ya. He llegado a cosas muy importantes contando una historia de verdad. Hay gente que hace performance y cuenta historias de mentiras que han calado, pero yo no soy más que cualquiera que ha vivido una historia muy complicada y la quiere contar. Mi experiencia es compleja pero también interesante, es la que me ha hecho lo que soy. He sufrido maltratos, usos y abusos, he sufrido abandonos, me he prostituido para sobrevivir. He tenido una familia adoptiva económicamente buena, pero yo siempre he dicho que me vinculaba con mi madre biológica cuando me prostituía. Por esa razón la prostitución siempre está presente en mi obra y juego y elaboro con y a partir de ella.    Este fragmento del relato de su biografía se da en la galería La Junta, donde el artista, como sentado en la puerta del útero de sus orígenes y bebiendo furiosamente un licor local, se entrega al impulso que caracteriza la mayor parte de su trabajo: saca sucesos de la mochila de su propia experiencia y deja que los Abeles que ha sido vengan a contar el relato de un muchacho huérfano, hijo de una prostituta que no deseaba concebirlo. Un sobreviviente a múltiples abandonos, parido a una ciudad española con aspiraciones morales demasiado elevadas que le revelaron rápidamente su naturaleza de ángel caído. En sus declaraciones, Azcona reconoce que tiene múltiples personalidades; por mi parte siento que en mis encuentros con él hay varios Abeles que me ofrecen variaciones en torno a una misma historia.  En días anteriores al conversatorio en el que el artista había reseñado con actitud desafiante y sin tapujo estos y otros sucesos, me había topado en entrevista con un artista que me hablaba sobre porqué exteriorizar lo que a veces talla y cómo puede tener esto un efecto purgante y sanador para el cuerpo:     Yo hasta los dieciséis lo que he hecho es ocultar, he tenido un proceso muy duro de infancia, abandono y abusos. Luego tuve la adopción, una adopción que tal como está concebida es como un parche. Y el parche para mí fue una familia muy buena con recursos económicos. Pero hasta los diecisiete realmente uno no asimila lo que es su proceso interior. Me di cuenta en la adolescencia que ocultar el tema de mi vida no me iba a ayudar; al contrario, era ocultar lo que realmente era y esto no me daba una estabilidad real. Entonces en el momento en que me di cuenta de que lo que yo era no correspondía con lo que había vivido -mi proceso más real-, tuve la necesidad de reelaborar todo eso como herramienta y darme cuenta de lo que era, de que eso también era mi vida y asumirlo.   Al escuchar estas palabras comprendí que la necesidad de expresar en Azcona no solo se ha nutrido de la tendencia a hacer juegos de representaciones inquietantes que le den un estatus como performer y lo pongan en el hall de los famosos incomprensibles; con el tiempo se ha transformado en un horizonte para su arte, un  proceso de confrontación con su dolor y una concientización de sus propias heridas.   En España decimos una frase muy típica y es que lo que pica, cura. Mi abuela me decía, “cuando tengas una herida échate tomate que cuando escuece es que cura”. Yo creo en eso, creo que con lo que remueve, con lo que escuece y lo que regurgita, se acaba curando, se acaba entendiendo y  comprendiendo. Con mi experiencia es igual, cuando yo ocultaba mi propia historia, cuando yo dejaba eso de lado y cerraba los ojos a mi propia verdad, vivía generalmente pero no me daba cuenta y llegaba un momento en que cuando me daba cuenta, era algo tan fuerte que no quería seguir viviendo. En el momento en que ví y entendí eso como una realidad, lo elaboré y encima exploré en ello, que escocía mucho. Fui capaz de asumirlo, someterlo y abarcarlo y avanzar con eso. Yo creo que nuestra realidad es lo bueno y lo malo, en el momento que fui capaz de asmilar lo malo y ponerlo como presente, pude asumir. El performance me ha ayudado a eso, a asumir.   Lo que Azcona menciona como una hipótesis de acción para su hacer estético lo he escuchado de varios modos: No hay cura sin malestar – Lo que no mata, te hace más fuerte – La espada que hiere es la misma que cura. Invitaciones a asomarnos sin asco a nuestros desperdicios psíquicos y reconocer, escuchar y atender a ese huésped hostil que puede ser a veces el dolor, pues sin reconocimiento y aceptación una resiliencia de raíces fuertes no será posible. Azcona lo ha puesto sobre la mesa y en este punto surge en el diálogo Abel que no parece precisamente un neófito faquir. Su semblante joven y su fresca ironía ahora han adoptado una expresión serena, como de investigador del dolor. Pero los casos de exploradores de lo doloroso que se enamoraron de sus propias heridas y se abismaron en ellas es inmenso y me pregunto si esto no puede convertirse en una especie de narcisismo sobre los propios dramas, después de todo se corre el riesgo de hacerse masoquista en el propósito de hacer este tipo de autoexploraciones:   En muchas personas cuando se está explorando todo el rato el dolor y el tema de lo malo, puede ser que el victimismo esté presente (…). En el momento en el que me di cuenta de que esto es también lo que soy yo y que esto es parte de mi historia, lo utilizo como herramienta de resiliencia. Yo creo que lo malo hay que ponerlo todo junto y sacarlo fuera de la mochila, ponerlo todo encima y ponerte encima. Entonces no es utilizarlo como victimismo, es saber que está ahí debajo tuyo. En el momento que vives con la conciencia de que está, es cuando realmente tienes un problema, saber que está diariamente, pues algunas personas así lo pueden considerar, pero en el momento en que te olvidas de que está, pues seguro que te caes, te caes de la torre. Entonces yo, como sé que está, lo elaboro cada día, lo elaboro a través del arte, a través de la performance. Es lo que me ha dado equilibrio, en el momento en que lo he olvidado un poco, es cuando me he perdido más, cuando realmente he sentido cosas que no sabía lo que eran, con problemas de salud mental, intentos de suicidio.   Cargamos con la experiencia como con nuestra mochila. Es una idea que se repite en todos los Abeles: el de la entrevista, el de la conferencia y el que acciona. Cuando habla de resiliencia me toco lo espalda y duele, los dolores a veces se hacen cargas pesadas e inútiles; con lo que dice, me hace pensar en que quizá si en el transcurso del viaje se destinan ciertas estaciones a quitarse la carga, sacarla y convertir esos dolores en instrumentos, tallándolos, aunque tome tiempo y sean a veces rocas duras, por lo menos una tensión menos se pueda liberar y un nudo menos ya es ganancia. La resiliencia en una época tan propensa a la anestesia me parece una idea tan práctica como hermética, que recuerda el propósito de la alquimia, hacer de la mierda-plomo un áureo y sagrado tesoro. Después de todo, hay quienes aún creemos en que la expresión artística puede ayudar a sanar los males del cuerpo. Si los performances de Azcona están cargados de la intención que me expresa, creo que algo de sanación han de evocar en los que en ellos nos hemos visto involucrados. El reconocimiento del dolor como parte de la vida, más allá del victimismo; la idea de un dolor que puede contribuir a desarrollar conciencia y fuerza interior y no solo es una fuga por la que se nos escapa la vida, es una idea que suena tan Budista, como Nietzscheana. Me reconforta sentir esta resonancia en la versión que ofrece Abel de su experiencia y de su intento por extender su proceso de comprensión a las personas que giran en torno a él.     Pero el performance es un arte que es todo y nada. Está disuelto en la vida, no siempre su promesa comunicativa de arte vivo fluye sin ocasionar cortocircuito. Su naturaleza efímera se nutre de los matices del momento y veces, como se lo escuche a Álvaro Moreno Hoffman, refiriéndose al performance de Azcona en Galería Santafé, el drama lo pone en escena también el público.   Resulta inquietante que ante el desafío a las nociones comunes acerca del dolor de las acciones de Azcona, emerja en ese ente ficticio e impersonal que es el público una zona que, como pasa con toda desinfección, se niega a buscar sanación y se aferra al síntoma desnudo como una garra ciega. Y es que ante la ofrenda que hizo Azcona de su cuerpo en acción en su paso por Bogotá, se hizo acreedor a verdugos disfrazados de ciudadano que por allí iban de paso, recibió golpes, vituperios, abusos sexuales explícitos y otra serie de reacciones que me encantaría documentar. Pero los sucesos podrán encontrarse en otros artículos o referencias. Me parecería un poco inmoral moralizar acciones que al artista mismo maneja con receptividad, serenidad, intentando no perder quizá el punto de referencia de sus acciones. Abel, es transgresor pero al parecer también transigente, quizá porque dimensionar la razones del dolor lo ha conducido a comprender que las manifestaciones ciegas y crueles tienen en cada uno causas distintas y ocultas.    Yo no tengo rencor con absolutamente nadie, yo he tenido relación con la gente que ha hecho esa serie de cosas, podría sentarme con ellos aquí y les invitaría un café. Yo creo que las personas que sienten esas cosas es porque tienen una mochila tan grande, que no la han asimilado, no la han hecho propia. Yo, si no lo hubiera hecho, probablemente no estaría vivo, sino hubiera hecho lo que he hecho, a nivel artístico, a nivel regenerativo, a nivel performance, probablemente sería igual, sería un maltratador, Y creo que no lo soy porque he sido capaz de asimilar, he sido capaz de encontrar herramientas para reelaborar mi propia historia y a estas personas no creo que deba tenerles ningún rencor. Son personas que tienen una mochila tan grande y que les cuesta tanto que hacen este tipo de cosas. Y yo creo que malas personas no hay, las malas personas se hacen.   Inquietantes palabras en una realidad cuyos sucesos hacen a veces pensar la entumecida e infecciosa que deben ser algunos secretitos guardados en la mochila colectiva. Como compensación a los sucesos, el devenir puso al servicio de Azcona un cortejo de gente que quiso contribuir a la sanación de sus recientes y antiguas heridas. Esa otra cara del público y de la gente, esa energía de curación, fue la que atrajo de nuevo a Azcona a esta ciudad durante febrero. Es un alivio poder comunicar que se dieron las dos caras la moneda, pues si existe algo como el inconsciente colectivo, allí también se debaten las fuerzas de la empatía y la crueldad, de la ternura y el sadismo, esos modos de relacionarse con el sentir por los que las distintas versiones de Abel transitan.  NOTAS 1. El dolor es subjetivo, dirá Julia Kristeva en su trabajo sobre Artaud
Textos
Camilo Barajas Lingüista La idea del lenguaje en acción lo llevó a acercarse cada vez más a la sociología cultural, la dramaturgia y la simbología.
Fotografías
Abel Azcona- Archivo
CONTAR HISTORIAS CON EL CUERPO