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Una sociedad se eleva desde la brutalidad hasta el orden. Ya que la barbarie es la era del hecho, es pues necesario que la era del orden sea el imperio de las ficciones, pues no hay poder capaz de fundar el orden en la sola coacción de los cuerpos por los cuerpos. Se hacen necesarias fuerzas ficticias.  Paul Valery Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.  Jorge Luis Borges Walter Benjamin en «Tesis de filosofía de la historia» (1940) asegura que desde una trayectoria única con coherencia y racionalidad, los que consignan y escriben la historia son los vencedores, a partir de una imagen creada para legitimar su propio poder e imponer una única historia, siempre excluyente. Sin embargo, Benjamin asegura que es necesario que se le ceda la palabra a los vencidos; que se reconozca “la lucha en favor del pasado oprimido”; que se haga la historia de los vencidos en la voz de los que han sido violentamente eliminados, tanto de la práctica como de la historia y de la memoria. Dice el autor que “[l]a tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el ‘estado de excepción’ en el que vivimos”. La tradición de los oprimidos debe “llegar a un concepto de la historia que le corresponda […], provocar el verdadero estado de excepción” (Benjamin, 1973, pág. 182), enfrentarse a la historia oficial, a la versión construida por los opresores, mejorar la posición de los oprimidos en su lucha contra la dominación y construir la historia de las derrotas. Pero ¿Cómo enfrentarse a los opresores y a su historia oficial? ¿Cómo mejorar la posición de los oprimidos? ¿Cómo hacer la historia de la derrotas? “La era del orden es el imperio de las ficciones” decía Paul Valery (Valery, 1995, pág. 91). El poder político impone una forma de contar la realidad; se sustenta en la ficción para sobrevivir. Construye fuerzas ficticias que hagan creer, que legitimen su poder y fundamenten la represión para la defensa del orden, narrando experiencias impersonales y creando una memoria artificial. Sin embargo, existe una red de ficciones, una trama de relatos sociales, unas historias alternativas y alegóricas que se resisten y conforman la sociedad misma. Cuando la literatura se aleja del interés único por publicar, cuando deja de ser un prisionero del comercio o del discurso político, tiene la posibilidad de reflexionar la relación entre lenguaje, experiencia, historia y política, evitando la referencia directa para en cambio construir significados y relatos sociales metafóricamente; decir en lo no dicho, hacer visible el funcionamiento del poder político y sus maquinaciones. La literatura es una expresión estética, pero también es un acto político. En el texto «Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)», el escritor y crítico argentino Ricardo Piglia, se cuestiona acerca del papel de la literatura en el futuro y el futuro de la literatura, partiendo de la idea de Italo Calvino, para quien la literatura puede “hacer posible una mejor percepción de la realidad, una mejor experiencia con el lenguaje” (Piglia, 2001, pág. 11). Mientras Benjamin asegura que se debe llegar a un concepto de la historia que le corresponda a la tradición de los oprimidos y a sus luchas, Piglia asegura que si se piensa en el papel de la literatura en el porvenir desde un lugar opuesto a “las tradiciones centrales”, será posible imaginar la sociedad del porvenir: “[p]orque tal vez sea posible imaginar primero una literatura y luego inferir la realidad que le corresponde, la realidad que esa literatura postula e imagina” (Piglia, 2001, pág. 13), centrándose en el reconocimiento de “la lucha en favor del pasado oprimido”, y entonces “provocar el verdadero estado de excepción”, la verdadera utopía del porvenir. Una de las propuestas de Piglia para que la literatura permanezca en el porvenir, es articular la tensión entre literatura y política para rescatar así, la noción de verdad como horizonte político y centro de lucha. La literatura debe reconocer la gramática del discurso del poder político que al conjugar sus verbos borra el pasado; debe, a partir de una “posición de desciframiento y de investigación […], establecer dónde está la verdad […], descubrir el secreto que el Estado manipula, revelar esa verdad que está escamoteada” (Piglia, 2001, pág. 21); para finalmente rescatar las verdades sociales excluidas, las alegorías y los relatos alternativos. La literatura del porvenir tiene la responsabilidad de reconocer las luchas sociales, NO-VELAR la verdad de los hechos y NOVELAR lo que ha sido borrado. Otra propuesta está relacionada con la imposibilidad de narrar la verdad, con los límites que tiene el lenguaje para representar la verdad de los hechos: La experiencia del horror puro de la represión clandestina, una experiencia que a menudo parece estar más allá de las palabras, quizá, define nuestro uso del lenguaje y nuestra relación con la memoria y por lo tanto nuestra relación con el futuro y el sentido. Hay un punto extremo, un lugar –digamos- al que parece imposible acercarse. Como si el lenguaje tuviera un borde, como si el lenguaje fuera un territorio con una frontera, después del cual está el desierto infinito y el silencio. ¿Cómo narrar el horror? ¿Cómo transmitir la experiencia del horror y no sólo informar sobre él? […] La experiencia de los campos de concentración, la experiencia del Gulag, la experiencia del genocidio. La literatura muestra que hay acontecimientos que son muy difíciles, casi imposibles de transmitir y suponen una relación nueva con los límites del lenguaje. (Piglia, 2001, págs. 31, 32). Theodor Adorno en las variantes de su frase más reconocida: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, hacía referencia a esa imposibilidad de narrar el horror de la realidad. “No se puede escribir poesía después de Auschwitz”; “Imposible escribir bien, literalmente hablando, sobre Auschwitz”. Hay acontecimientos atroces que son muy difíciles de significar a través del lenguaje, por eso Piglia propone que se narre desde el desplazamiento, desde la voz de los testigos, de esos sujetos anónimos que conforman la sociedad en el lugar de una enunciación personal. La literatura debe ser entonces, el lugar de desplazamiento en el que otro es el que habla. “Salir del centro, dejar que el lenguaje hable también en el borde, en lo que se oye, en lo que llega de otro” (Piglia, 2001, pág. 37). Sin lugar a duda, muchos escritores han percibido la presencia de la ficción en la realidad pero también se han enfrentado con la imposibilidad de narrar los hechos reales. Gran parte de los escritores más importantes e influyentes del siglo XX, han demostrado que sin perder la esencia y la magia de la literatura, se puede hacer literatura del porvenir:  Kafka con «El proceso»; Primo Levi con «Los hundidos y los salvados»; Joseph Conrad con «El corazón de las tinieblas»; Macedonio Fernández con «El Museo de la novela de la Eterna»; Roberto Arlt con «Los siete locos» y «Los lanzallamas»; Juan Rulfo con «Pedro Paramo»; Rodolfo Walsh con «Operación masacre» y la mayoría de sus cuentos; Casi todas las novelas de Manuel Puig, como «El beso de la mujer araña»; Ricardo Piglia con «Respiración artificial» y «La ciudad ausente»; el mismo Jorge Luis Borges con: «Funes el memorioso», «Tlön, Ugbar, Orbis Tertius», «Tema del traidor y del héroe» y «La lotería en Babilonia» (quizás el más político de sus cuentos); y finalmente en el caso de los escritores colombianos, José Eustasio Rivera con «La vorágine» y Gabriel García Márquez con «Cien años de soledad», «La mala hora», entre otras [1].  Borges decía: “El pasado es indestructible. Tarde o temprano vuelven las cosas, y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado” (Borges, 2007). Aunque el pasado sea indestructible, si no se propagan relatos sociales, esas historias que circulan en la sociedad; si no se fortalece el movimiento social del relato, el proyecto de abolir del pasado seguirá siendo la regla dentro de las formas de contar la realidad. NOTAS 1. «La vorágine» es la primera novela colombiana que relaciona lo nacional con la economía mundial. Es un documento histórico y literario que nace en la selva colombiana, en las barracas del Río Negro para narrar la historia de las derrotas, del viaje de la civilización a la barbarie; de ese civilizado que habita el lugar de la barbarie (el capitalismo) y se encarga de destruir el mundo. Rivera, a través de su novela revela la verdad de la explotación cauchera en gran parte del territorio colombiano, como la del Putumayo, del Inírida y del Orinoco. Debido a las amenazas constantes hacia Rivera, éste toma en la novela un papel más de editor que de escritor, por eso el prólogo de la novela dirigido al Señor Ministro. «Cien años de soledad» es una novela que por un lado, narra la historia de la humanidad, utilizando la biblia como el referente histórico (de la génesis al apocalipsis), en donde existe la idea de un paraíso que se ha perdido: Macondo. Por el otro, recorre cien años de historia colombiana: desde las reformas liberales de 1848, hasta la muerte de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. BILIOGRAFÍA Benjamin, W. (1973). Discursos Interrumpidos. Madrid: Planeta-Agostini. Borges, J. L. (14 de Diciembre de 2007). Inmaculada decepción. Recuperado el 22 de Febrero de 2013, de http://inmaculadadecepcion.blogspot.com Piglia, R. (2001). Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Valery, P. (1995). Estudios literarios. Madrid: Visor.
La sabiduría de un mundo olvidado
UTOPÍA DEL PORVENIR
Textos
Carolina Serrano Politóloga Utilizo la escritura y la imaginación como un laboratorio de lo posible.