i.letrados contáctanos menú
Cantar es narrar dos veces Soraya Bayuelo El Bullerengue es un ritmo tradicional del Caribe colombiano que tiene sus antepasados en los lamentos de los cimarrones negros esclavizados. Es un canto ancestral que se baila, hace parte de lo que se conoce como ‘bailes cantados' y depende, como en los demás Bailes Cantados y ritmos Afrocaribeños, "de la performancia corporal. Es decir, deben pasar por el cuerpo y los sentidos para ejercer su verdadera función la cual va dejando huellas en cada persona".[2] Sus instrumentos son el tambor alegre o tambor macho, el llamador o tambor hembra y en algunas regiones como el Urabá, se toca con la totuma y las tablitas de madera; en general se acompaña de las palmas. "De la manera tradicional, el Bullerengue comenzaba desde por la tarde, cuando las mujeres tapaban el arroz e iban para la casa de la "jefa" o "jefe" del grupo para reunirse y empezar a cantar. Uno a uno iban llegando los integrantes y lentamente se comenzaba a formar el grupo. Cuando llegaba el tamborero, el sonido del tambor terminaba de llamar a los que hacían falta."[3] Los cantos de trabajo o cantos campesinos constituyen la manera en que las poblaciones del campo, expresan sus vivencias, son narraciones orales portadoras de historias locales y regionales, costumbres y valores. El Bullerengue es un sentir, un lamento, un sentimiento que se canta a través de una tonada que consta de versos y un coro que responde a los versos de las cantadoras. Es el canto básico y primario que acompañado del tambor, nos conecta con los antepasados. Como tal, constituye una práctica memoriosa de duelo y resistencia, que, en los cuerpos y las voces de las mujeres, potencia las experiencias de resistencia al interior de una comunidad política. Hombres y mujeres afrocolombianos, han sido víctimas de una invisibilidad histórica, pese a ser el segundo grupo étnico-racial más numeroso en Colombia y la segunda población afrodescendiente en América Latina[4]. En esta coyuntura cobra vigencia la necesidad de descubrir el potencial y la dimensión política de la Memoria Histórica en Colombia, donde comenzamos a pensarnos como sociedad el deber de memoria. Así, las mujeres cantadoras tienen un reconocimiento político en sus comunidades (lideran procesos culturales y artísticos) y ejercen un liderazgo casi natural. Con su canto y la difusión de la tradición se visibilizan en la comunidad política como portadoras legítimas de su saber ancestral heredado de la tradición. Igual sucede con la memoria, "la memoria no es una única memoria. Las memorias son siempre diversas y están marcadas por la forma de hacer las distintas narraciones que ellas producen"[5]. En los cantos de Bullerengue se reafirma la identidad étnica y cultural de las comunidades afrodescendientes en el Caribe. En este, se evidencia el potencial reparador político y psicosocial de los cantos ancestrales como una catársis en medio de la performatividad, donde se puede narrar no solo la cotidianidad (composiciones campesinas a la fiesta, el trago, los cultivos, el amor, el mar, la naturaleza, el llanto, la muerte, las despedidas, etc.), sino además el desarraigo, el dolor, el desplazamiento, la guerra, la violencia y la búsqueda de la paz en Colombia.  Las cantadoras de Bullerengue recogen toda la tradición de sus ancestros esclavizados y si bien no es exclusivo de las mujeres mayores, estas llevan dentro de sí todos sus saberes. Son portadoras de conocimientos tradicionales que a su vez heredan de sus abuelas y madres. De igual manera, los Festivales de Bullerengue que se realizan en los municipios de Puerto Escondido, Córdoba (Junio), en Necoclí, Antioquía (Octubre) y Marialabaja, Bolívar (Diciembre) se constituyen como los espacios de intercambio de saberes entre los grupos de Bullerengue, y los intérpretes (cantadoras y tamboreros, bailadoras y bailadores), y son propicios para aprender y alimentarse de las tonadas, golpes de tambor y pasos de baile; saberes que se transmiten a través de la tradición oral. En este sentido, los Festivales de Bullerengue, como los diversos festivales de músicas tradicionales, son un espacio de fortalecimiento de la identidad y la diversidad pluriétnica colombiana[6]. En este contexto, los relatos cantados representan un mar de dimensiones, sensibilidades, subjetividades, visiones políticas y experiencias diversas y ricas de quienes narran y viven la guerra. Estos merecen visibilizarse y promoverse en los espacios culturales y políticos de reflexión propicios sobre el pasado no resuelto y el presente devastador que aún hoy genera tanto dolor en la sociedad. Hoy, el discurso corporal y sonoro de las mujeres a través de sus cuerpos y sus voces ocupa un lugar necesario en la esfera pública. La memoria no es el pasado lejano, es una cuestión de cara al futuro, y para la no repetición. Se reinventa, es dinámica, es simbólica, en últimas, es una medida de justicia. Tiene la facultad de nombrar lo que ha sido despojado de lugar en el imaginario colectivo de la sociedad. Por tanto, quisiera resaltar algunas de las posibilidades que surgen en torno a los cantos del Bullerengue: Reconstruye los vínculos sociales de las mujeres. Las mujeres transgreden los roles de género y se asumen en el espacio público. Constituye una oportunidad para realizar actividades culturales y musicales donde se les reconoce artísticamente, más allá de sus labores domésticas y de cuidado asignadas socialmente por la cultura patriarcal. Son un espacio de encuentro entre mujeres necesario para crear redes de escucha y agenciamiento político entre ellas y en relación con los hombres. Las expresiones musicales ancestrales para las mujeres se convierten en un espacio de liberación frente a las labores estrictamente reproductivas.   Reafirma las identidades colectivas afrodescendientes. Dado que distintas generaciones comparten la música tradicional como narración oral se crea un canto colectivo de memoria. Al tiempo que visibiliza y reconoce el aporte de la cultura afro a la construcción de identidad local, regional y nacional, se convierte en una herramienta pedagógica de tolerancia y valoración de lo "afro" frente a las múltiples discriminaciones y exclusiones históricas de mujeres y hombres afrodescendientes. Exhorta a que se libere el valor comunicable de la expresión de la palabra, el habla y los relatos de las víctimas, como medidas psicosociales de reparación. El paramilitarismo y la violencia insurgente y estatal en los Montes de María desarticuló las formas de relación al interior de las comunidades. Establecieron estrategias de silenciamiento: les prohibieron a las víctimas llorar a sus muertos,  hacer velorio; les obligaron a tragarse el dolor. Así, siguiendo a Veena Das, en la reflexión que hace Myriam Jimeno, comunicar las experiencias de sufrimiento permite crear "una comunidad emocional, que alienta la recuperación del sujeto y se convierte en un vehículo de recomposición cultural y política. Con recomposición política quiero decir, ante todo, la recomposición de la acción de la persona como ciudadana, como partícipe de una                comunidad política" [7]. Devela narrativas alternas y emergentes acerca de la guerra y la violencia en Colombia. Dado que refutan la idea de una sola memoria oficial y neutra, dando cabida a una diversidad de testimonios y narrativas que enriquecen el proyecto democrático de país en la lucha por la paz en Colombia. Permite generar lenguajes culturales en los cuales se comparte el dolor y la experiencia de las víctimas con la sociedad. Al generarse espacios de interacción desde las expresiones culturales ancestrales, se da la posibilidad de interacción de la sociedad con las víctimas, para reconocer colectivamente sus experiencias y entender los lugares donde reside el dolor en el Otro, propiciando así lazos para la acción ciudadana.[8]  Así, al posicionarse el canto de las mujeres en el escenario público a través de sus narrativas y testimonios, como los de Ceferina Banquéz, cantadora de Bulleregue de la región de Guamanga, en los Montes de María, más que en su dolor, en sus potencialidades y capitales políticos, son un eco de sus resistencias diversas y transformadoras, ancladas en sus cuerpos y sus voces como cantadoras de Bullerengue. NOTAS 1. Abstract de la tesis para optar por el título de Magíster en Derecho, Universidad Nacional de Colombia, con algunos de los puntos esenciales tratados allí. 2. Benitez Fuentes, Edgar. Bullerengue: baile cantao del norte de Bolívar. Un acercamiento a la dinámica de transformación de las Músicas Tradicionales en el Caribe Colombiano. Tésis para optar al título de Antropólogo de una Universidad Nacional de Colombia. Cartagena de indias, 2008, p. 17. 3. Rojas E., Juan Sebastian, Reef Records Emilsen Pacheco, tradición bullerenguera de San Juan de Urabá. El Bullerengue grande de Urabá, anexo disco compacto. 4. Observatorio de Discriminación Racial. www.odracial.org 5. Reyes Mate. Justicia de las víctimas. Terrorismo, memoria, reconciliación. Anthropos , Barcelona, 2008, p. 170. 6. De acuerdo a Benitez, los festivales de músicas tradicionales posibilitan "el encuentro de artistas populares, el encuentro de los gestores e investigadores con los y las artistas, la legitimación política y social de los festivales como espacios de estos encuentros "recuperación y promoción de las tradiciones", el intercambio de experiencias entre las distintas juntas organizadoras de los festivales…". Ib., p. 74. 7. Jimeno, Myriam. Lenguaje, subjetividad y experiencias de violencia En Veena Das. Sujetos de dolor, agentes de dignidad. Ed. Francisco Ortega, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas y Pontificia Universidad Javeriana, Instituto Pensar, 2008, p. 262. 8. Jimeno, Myriam. Lenguaje, subjetividad y experiencias de violencia. Ib., p. 267
La sabiduría de un mundo olvidado
MEMORIA, CUERPOS Y BULLERENGUE[1]
Textos Fotografías
Diana Patricia Tovar Muñoz Cantante, compositora y artista colombiana. Abogada e investigadora. Soy Cantante, Compositora, Artista e Investigadora. Una mujer que le apuesta a la Justicia desde miradas nuevas, desde el poder, la acción del arte y las músicas todas. No soy una Abogada que canta.

The Paths of The Drum- Las Marcas del Tambor. from Badluzers Films on Vimeo.