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Santa Nerda
MEMORIAS Y OLVIDOS:
En las últimas décadas en Colombia y en el mundo se han agudizado los debates académicos y políticos sobre la cuestión de la memoria. Hemos asistido a su explosión ante una preocupación obsesiva por el olvido. No se trata tan solo de la proliferación de narrativas y actos memoriales del pasado, o del surgimiento de organizaciones sociales que la reclaman, sino de la estandarización de políticas de memoria a lo largo y ancho del globo. Tales circunstancias se producen en un contexto donde el tiempo parece acelerarse y el espacio recortarse favoreciendo nuevas interpretaciones acerca del pasado y del presente. A su vez, en el sistema político internacional ha emergido un discurso promotor de la justicia transicional desde los años sesenta, el cual favorece la construcción de la memoria histórica como garantía de los derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación de las víctimas en escenarios posbélicos. En este contexto, la memoria en todas sus categorías de análisis, pero especialmente la “memoria colectiva”, se ha convertido en uno de los trending topics de varias disciplinas. Historia, Antropología, Derecho, Psicología, Sociología, Ciencia Política, Relaciones Internacionales, Psicoanálisis, e incluso las Artes Plásticas, se han preocupado desde la segunda mitad del siglo XX por los lugares del recuerdo y los habitáculos de la memoria. La inquietud ha llegado al punto en el que se ha abierto espacio a los “estudios sociales de la memoria” en los círculos académicos globales y han surgido nuevos términos que como “postconflicto” y “expertos en memoria”, componen el argot. Así pues, la memoria como categoría de análisis ha sido trabajada desde diferentes perspectivas y en varios escenarios. Sin embargo, su relevancia obedece al vínculo que en la práctica tiene con dimensiones históricas, identitarias y políticas, el cual vale la pena revisar brevemente a la luz de algunos textos. 1. Memoria individual, memoria colectiva y memoria histórica Desde finales del siglo XIX ha habido una preocupación por la naturaleza del recuerdo colectivo. El sociólogo Maurice Halbwachs (2004a [1925]) planteó que cuando los individuos recuerdan utilizan siempre marcos sociales, por lo que a pesar de que la memoria pase por la interioridad del individuo, los recuerdos se conservan y adquieren sentido en el espacio colectivo. De este modo, aunque la memoria es un atributo del individuo, son los grupos los que le permiten recordar, mientras que el presente es el punto de partida que le conducen a la re-elaboración del propio pasado a través del recuerdo. Así, “podemos recordar solamente con la condición de encontrar, en los marcos de la memoria colectiva, el lugar de los acontecimientos pasados que nos interese” (2004a: 323). Esta postura fue retomada y ampliada por Paul Ricoeur, quien planteó que existen tensiones entre la memoria individual y la memoria colectiva, y que la segunda no necesariamente es el reflejo de la primera.  Según este, aunque necesitamos de otros para ‘acordarnos’ (tal como sugiere Halbwachs), es en el acto personal de la rememoración donde inicialmente se busca y se encuentra la marca de lo social pero es un acto siempre nuestro (Ricoeur, 2000: 156-161). Por otra parte, en la medida en que tanto la memoria individual como la colectiva están ancladas en marcos sociales, se constituyen en objetos históricos desde la perspectiva de Halbwachs (2004b [1950]). Según él, mientras la memoria colectiva se relaciona con historias vívidas circunscritas a una realidad temporal y espacial específica de cada grupo social, la memoria histórica se ciñe a circunstancias exteriores y, principalmente, a la lista de acontecimientos que construyen la historia nacional. No obstante, dado que hay muchas intermediaciones entre el individuo y el estado-nación tales como la familia, los grupos religiosos o la clase social, la historia no puede ser la medida de la memoria colectiva: mientras que la primera es el cuadro de acontecimientos, la segunda, dispersa en numerosas memorias, constituye el foco de las tradiciones (2004b: 80-84).  Mientras que para Halbwachs hablar de ‘memoria histórica’ es una notable contradicción, el reduccionismo de la historia a la nación así como la exteriorización de dicha memoria histórica con respecto a las memorias colectivas, son críticas que le permiten preguntarse a Ricoeur si acaso Memoria e Historia no están condenadas a la cohabitación forzosa (2000: 512). Para redimir este debate, desde 1984 Pierre Nora empezó a plantear que la historia había sido reemplazada por la memoria y que debía surgir una “historia de la memoria”, una memoria histórica consciente encargada de garantizar la permanencia de las grandes mitologías colectivas. 2. Memoria e Historia Mientras que la Memoria es un fenómeno siempre actual que se vive desde el presente, se encarna en los grupos sociales y es susceptible a la manipulación dado su alto grado de efectividad en términos de cohesión social y de construcción identitaria, la Historia es una representación del pasado y un desencantamiento de lo que se rememora (Nora, 2008 [1984]: 20-21). Esto implica para Pierre Nora una diferencia central: la memoria se enraíza en lo concreto, en el espacio, en el gesto, en la imagen, en los objetos; la historia es una operación intelectual y laicizante que requiere análisis y discurso, así como una cierta objetivación y generalización. Actualmente, la memoria ha ocupado el lugar de la historia y ha ocurrido una explosión de memorias en lo que Nora denomina “la era de las conmemoraciones”.  Hay un exceso de búsqueda de memoria justamente porque “ya no hay memoria”, lo que conlleva a que esta deba restituirse mediante la institución de lugares públicos. Este es quizás el aporte más importante de Pierre Nora a los estudios sobre la memoria. Ya que no hay una connivencia natural con la memoria se acude a lugares, depositarios del recuerdo que se producen y se multiplican en la era de las conmemoraciones. En este sentido, la memoria se aferra a lugares, tal como la Historia depende de acontecimientos. Dichos lugares “nacen y viven del sentimiento de que no hay memoria espontánea, de que hay que crear archivos, mantener aniversarios, organizar celebraciones, pronunciar elogios fúnebres, labrar actas, porque esas operaciones no son naturales. Sin vigilancia conmemorativa, la Historia los aniquilaría” (Nora, 2008: 24). Este énfasis en los lugares da cuenta de una transformación sobre el tipo de memoria social. Hoy la necesidad de memoria es una necesidad de Historia. Durante el siglo XX la memoria ‘verdadera’, ‘inmediata’ y ‘espontánea’, refugiada en el gesto, la costumbre, el oficio, los saberes del cuerpo, los reflejos, dio paso a una memoria transformada por su pasaje a la Historia: voluntaria y deliberada, vivida como un deber y ya no espontánea; psicológica, individual y subjetiva, ya no social, colectiva o abarcadora. 3. Memorias traumáticas, violencia política e identidad La búsqueda de la memoria entonces no es estática y está profundamente arraigada en los acontecimientos sociales. A partir de los años cincuenta y en el marco de la posguerra y de la monumentalidad de los crímenes cometidos, se incrementó la preocupación por la memoria colectiva en tanto facultad para recordar, narrar, conmemorar y especialmente, no repetir los hechos violentos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial. El Holocausto nazi, los Gulag soviéticos y los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki apuntaron hacia la exterminación sistemática de la identidad y la memoria de las víctimas que produjeron. En palabras de Hannah Arendt y con respecto a los crímenes cometidos por los nazis, Cierto es que el dominio totalitario procuró formar aquellas bolsas de olvido en cuyo interior desaparecían todos los hechos, buenos y malos, pero del mismo modo que todos los intentos nazis de borrar toda huella de las matanzas —borrarlas mediante hornos crematorios, mediante fuego en pozos abiertos, mediante explosivos, lanzallamas y máquinas trituradoras de huesos—, llevados a cabo a partir de junio de 1942, estaban destinados a fracasar, también es cierto que vanos fueron todos sus intentos de hacer desaparecer en «el silencioso anonimato» a todos aquellos que se oponían al régimen.  (Arendt, 2006 [1963]: 339) El olvido social se reveló entonces en un mecanismo totalitario y la verdad histórica emergió como camino para la justicia de posguerra; este fue el paradigma que empezó a aplicarse tras los Juicios de Nüremberg en todas las transiciones políticas (Teitel,  2003). A su vez, la búsqueda de la justicia y la verdad en tales escenarios fue impulsada desde los años sesenta por movimientos sociales y asociaciones de víctimas que configuraron su militancia alrededor de la memoria, la verdad y la justicia. Tal es el caso de las Madres de Plaza de Mayo en Argentina y del Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado en Colombia, movimientos que han pretendido la dignificación de los desaparecidos en el marco de la dictadura o de la violencia política –respectivamente-, la elaboración de su recuerdo y por tanto, la reconstrucción de su identidad.   Reconstruir el pasado no solo hace parte de un ejercicio mnemónico, lo que está en juego en la memoria es también el sentido de la identidad individual y del grupo (Pollak, 2006 [1989]), pues la constitución, la institucionalización, el reconocimiento y la fortaleza de las memorias y de las identidades se alimentan mutuamente (Jelin, 2001; Jelin y Longoni, 2005). De hecho, Jelin plantea que en periodos de calma las identidades están constituidas, pero en momentos de turbulencia social las identidades se fracturan mientras se constituyen memorias traumáticas, una lectura que no puede hacerse desde el enfoque de Halbwachs donde la memoria social se refuerza por la pertenencia social y lo restante es olvido. Tanto Elizabeth Jelin como Michael Pollak nos recuerdan que “hay momentos o coyunturas de activación de ciertas memorias, y otros de silencios o aun de olvidos. Hay también otras claves de activación de las memorias, ya sean de carácter expresivo o performativo, y donde los rituales y lo mítico ocupan un lugar privilegiado” (Jelin, 2001: 18).  Esto implica que las memorias no son planas, que hay una sedimentación entre recuerdo y olvido que no es estable y se reescribe según las circunstancias activadoras de la producción de memoria. En últimas, significa que las memorias se encuentran en disputa construyéndose unas en relación con otras mediante el conflicto social (Pollak, 2006).   4. Políticas de memoria: usos y abusos  Según Ruti Teitel, tan solo en la segunda fase de la Justicia Transicional que inició con la posguerra fría alrededor de los años setenta y ochenta apareció la preocupación radical por la memoria. Esto ocurrió porque se necesitaba legitimar a los nuevos Estados democráticos surgidos tras las dictaduras o regímenes coloniales, de manera que se privilegiaron la reconciliación y la verdad como estrategias de la búsqueda de justicia en oposición a la justicia punitiva aplicada en la primera fase de la Justicia Transicional. De hecho, en este periodo ocurrió el nacimiento y auge de las Comisiones de la Verdad, y con estas, la proliferación de memorias (Teitel, 2003). Es pues en este periodo en el cual nos encontramos. El auge de las políticas de memoria se sitúa en este contexto e incluye mandatos políticos sobre el recuerdo público, conmemoraciones, memoriales, construcción de monumentos, museos y talleres de memoria financiados por el Estado y por recursos de cooperación internacional vinculados con la búsqueda de la no repetición, la construcción de identidad y ciudadanía y el fortalecimiento de la democracia. “Muchas preguntas del pasado son entonces compromisos políticos y acuerdos logrados dentro del marco de las negociaciones políticas alrededor de las transiciones” (Christie, 2007: 105). En este sentido, los discursos políticos en torno a la memoria y las reivindicaciones sociales y movilizaciones políticas correspondientes, así como la oleada de publicaciones y trabajos sobre la memoria, forman parte de un mismo fenómeno cultural. En el medio académico predomina el intento de dar significado a los discursos políticos de la memoria y a los cambios que han tenido a lo largo del tiempo. Al respecto, Pedro Ruiz plantea que “no es tanto el problema de cómo se recuerda el pasado sea o no traumático y cómo cambia ese recuerdo, sino los mitos, políticas e ideologías acerca del pasado, elaborados y transmitidos por los distintos grupos y poderes, aquello que más interesa a los historiadores de la “memoria” […] más atentos a los discursos públicos sobre el pasado que a los recuerdos en sentido estricto” (Ruiz, 2007: 16). Así pues, en las últimas décadas hemos asistido a una proliferación de memorias que puede caracterizarse como un exceso. En situaciones de conflicto estas pueden tener un doble filo. Cuando el pasado rige el presente, pueden convertirse en un baluarte que perpetúe la situación conflictiva y las estrategias de venganza; especialmente si reconocemos que toda memoria es selectiva y que con frecuencia es una memoria literal y no ejemplar (Todorov, 2000). Sin duda, el abuso de la memoria es sintomático de las ausencias sociales contemporáneas tales como la pérdida de la identidad, la oportunidad de desentendernos del presente y sus problemáticas, la búsqueda de privilegios y el retorno de la venganza en situaciones bélicas. Esta es, finalmente, una invitación a leer la temática con un lente crítico y a propiciar un devenir más abierto de los requerimientos de recuerdo y olvido en la actualidad. BIBLIOGRAFÍA ARENDT, Hannah (2006) Eichmann en Jerusalén. Debolsillo: Barcelona. CHRISTIE, Kenneth (2007) Una economía política de la memoria en la Comisión Sudafricana de la Verdad. En: Antípoda. Enero-Junio. No. 004. Universidad de los Andes. Bogotá. HALBWACHS, Maurice (2004a) Los marcos sociales de la memoria. Anthropos Editorial: Madrid. HALBWACHS, Maurice (2004b) La memoria colectiva. Prensas Universitarias de Zaragoza: Zaragoza.  JELIN, Elizabeth (2001) Los trabajos de la memoria, Siglo Veintiuno editores: Madrid. JELIN Elizabeth, LONGONI Ana. Comp. (2005) Escrituras, imágenes y escenarios ante la represión. Siglo Veintiuno editores: Madrid. NORA, Pierre (2008) Pierre Nora en Les lieux de memoire.  Ediciones Trilce: Montevideo. POLLAK, Michael (2006) Memoria, olvido, silencio. Editorial Al Margen: La Plata. RICOEUR, Paul (2000) La memoria, la historia, el olvido. Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires. RUIZ, Pedro (2007) Los discursos de la Memoria Histórica en España. En: Hispania Nova. No. 7. Rediris. Madrid.   TEITEL, Ruti (2003) Genealogía de la Justicia Transicional. Centro de Derechos Humanos. Facultad de Derecho. Universidad de Chile: Santiago de Chile. TODOROV, Tzvetan (2000) Los abusos de la memoria. Paidós: Barcelona. RECOMENDADOS 1. “Historizar el pasado vivo en América Latina”. Iniciativa que recoge treinta y cuatro estudios acerca de la construcción del pasado vivo de la violencia política en Argentina, Chile y Perú, interpretado por historiadores y otros especialistas, con una dimensión comparativa sobre Brasil, Guatemala, Alemania, España, Francia, Irlanda del Norte, Polonia, Estados Unidos y Japón. En:  http://www.historizarelpasadovivo.cl/  2. Algunas aproximaciones desde las artes plásticas y la dramaturgia al tema de la memoria en Colombia. Ministerio de Cultura (2012) Luchando contra el olvido. Investigación sobre la dramaturgia del Conflicto. Ed. Ministerio de Cultura: Bogotá; Museo de Arte Universidad Nacional de Colombia (2009) La memoria del otro. Ed. Universidad Nacional: Bogotá.  3. Pasajes. Revista de Pensamiento Contemporáneo. Otoño 2007 (24). Universidad de Valencia. 4. Centro de Memoria Histórica. En: http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/
Textos
Adela Katherine Higuera Girón Politóloga Politóloga especialista en Análisis de Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Colombia.
la politización del recuerdo social