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Epistolario
Enero 4, 2013 Lisboa, 8:31pm Amsterdam, 9:31pm Escribo desde un avión que me lleva de regreso a Amsterdam, la ciudad que desde hace cinco meses me hospeda. Estuve un par de semanas en Lisboa, pero eso ya lo sabías. Aunque he viajado muchas veces en la noche, nunca me había sentido como ahora. No es lo mismo que viajar por tierra. Ahí te encuentras el puro ver pasar; un árbol tras otro, sin parar. Pero elevarte en la noche, despedirte de los lugares y entregarte al vuelo trae otro sentimiento. Ver Lisboa completamente prendida al despegar, luces formando callejones, curvas, colinas que recorrí entre los días y las noches sin fechas ni horas; grandes y viejas lámparas despidiéndome del río y el mar. Luego estar en la oscuridad de la noche. Fue como estar en ningún lugar. Ahora creo que viajar en avión es algo así, estar en una suerte de intervalo entre los lugares, ¡y cuán poderosa es esa idea! ¿Imaginas? ¿Poder estar en ningún lugar? ¿Desaparecer entre las franjas? Sería simplemente estar. He ido a Portugal a visitar a una amiga, ‘mi’ amiga. Una recarga de energías total. Huí un poco del frío, del gris y de la escasez de luz, de una navidad y un año nuevo entre soledades y extrañezas. Lisboa dejó en mí muchas cosas. Me di cuenta de lo poco y mucho que he cambiado, que hemos cambiado, sin darnos cuenta de la vida que se transforma en nosotras. Lisboa me enseñó a mirar. Una ciudad de aires densos y cargados de sentimientos por los que caminas a través de calles y fachadas llenas de historia, casi devoradas por el tiempo. Tal vez por eso hay tantos miradores regados por las colinas, porque cuando caminas a través de la saudade a veces solo necesitas sentarte a ver todo pasar. Sé que te encantarían los azulejos, los colores, el sentimiento que se apropia de ti. También me ha dado la certeza de la amistad, bajo un sentimiento en el que resuenan esas palabras que Blanchot le regala a Georges Bataille. En ellas, la entiende como una distancia, una extrañeza que no te permite apropiarte del otro regalándote la posibilidad de estar en la diferencia, la confianza y la cercanía profunda. ¿Cómo estuvo Santiago? Debe ser muy potente volver a un lugar que te acogió y te transformó tanto. Recuerdo con cariño la emoción de encontrarnos a kilómetros de distancia de Bogotá para recorrer las calles y la memoria de un país de esa Latinoamérica que tenemos en las venas (en Santiago, Chillán, Concepción, en Lota). ¿Y qué significa esa Latinoamérica que nos atraviesa? Aún no lo sé, pero la pregunta me interpela constantemente al estar en un contexto y una cultura tan distintos. Incluso y sobre todo cuando siento toda esta diferencia entre los climas y las geografías. Todavía me parece increíble pensar que esta ciudad, en la que ahora vivo, se encuentra bajo el nivel del mar. Que un pequeño grupillo de personas algún día decidió robarle tierra al mar. Todo mi proceso de adaptación -que no termina- se ha visto atravesado por un aprendizaje corporal, por una conciencia -awareness- del cambio y de la novedad. Aunque ahora todo es más cotidiano, muchas veces me siento algo perdida, intentando descifrar la decisión que tomé hace seis meses de salir de Colombia, de alejarme, de enfrentarme a un cambio radical. De habitar todo distinto, hasta el idioma. Estudiar de nuevo se siente muy bien, pero hay muchas otras cosas que vuelan a mi alrededor constantemente. Es increíble que a veces la soledad llega con la falta que me hace el español, la nostalgia de nuestro acento. No te puedo mentir, el invierno me ha dado duro. Al principio lo negaba, me negaba a él. Mi cuerpo lo rechazaba y yo entendía ese rechazo como una indiferencia (“no es tan grave”, me decía para consolarme). Pero luego mi cuerpo comenzó a rebelarse ante mi falta de atención; el frío calándose en mis huesos, mis músculos cansados negándose a hacer de cuenta que todo eso era normal. ¡Qué poco preparados estamos para los cambios abruptos y radicales! Verano, otoño, invierno...y la primavera que aún no llega. La nieve. Temperaturas bajo cero, hielo en las calles. La falta que me hace el sol. Las estaciones han traído consigo el cambio, el pasar, algo que se esconde bajo la permanencia anodina de Bogotá, de la temperatura siempre igual, de los árboles siempre verdes. Es muy interesante ver cómo la vida y las costumbres se acomodan a las estaciones. El clima que cambia abruptamente le exige a todas las culturas que así lo viven un sentido de organización y planeación que sinceramente no conocía; a spotless rationality. Amsterdam es una ciudad pequeña y cosmopolita, relajada, acogedora, limpia, organizada hasta el cansancio. Y nosotras... ¡acostumbradas al caos de la continuidad y la permanencia! Es curioso que aunque he vivido en Bogotá toda mi vida -gente del páramo, nos llamó García Márquez-, me siento tanto más tropical, ‘caribe’, de lo que nunca lo he hecho. Y entonces me pregunto qué puede significar eso. Siempre he encontrado muy problemática esa idea de pertenecer a una nación, a un pueblo: la famosa patria —como si entendiéramos lo que ‘patria’ significa. Y esa suerte de ‘pertenencia’ que se despierta cuando estás lejos, ¿sabes? ¿Qué es eso? Aún con todo, me siento afortunada y tranquila de vivir aquí y de tener un lugar al que me siento a gusto de regresar. Extraño nuestra cotidianidad, pero sé que la amistad permanece. ¿Y tu regreso? ¡Abrazos! A.
CORRESPONDENCIA I
Santiago - Ámsterdam Santiago de Chile, 3 de enero de 2013 Querida Adri Todas las cartas serán siempre parciales. La carta empieza siendo injusta por principio: se quedan afuera tantas historias por contar, tantos detalles cotidianos, y sobre todo, las imágenes del mundo que pasan mientras se tratan de capturar en palabras. Y al tiempo, es la manera más tangible de decir por qué te pienso y cómo te recuerdo. Lo inefable, “eso que se queda siempre por fuera” ha sido algo recurrente en nuestra amistad, y me parece muy bonito que este sea otro espacio para su manifestación y para el recuerdo. Debes estar leyendo esta carta desde la helada Ámsterdam, a pocas horas de haber llegado de Lisboa, y entonces también tiene la intención de enviarte todo el calorcito del querer; la fuerza para sobrellevar el invierno, para gozárselo. Me acuerdo que, cuando vivía aquí en Chile, Catherine decía que parte de su experiencia era llevar el invierno con dignidad. Igual te imagino feliz en Lisboa compartiendo con tu amiga Laura y recorriendo esa ciudad con olor a viejo. Qué feliz que hayas podido ir a tu underdog city y que hayas podido recorrerla en navidad y año nuevo, estas fechas familiares y extrañas a la vez: de filiaciones y ausencias, pero de acogida y luz. Regresé de nuevo a Santiago hace casi 1 mes y me encuentro con la misma ciudad mentirosa y llena de sentidos que recorrimos un año atrás: la que esconde sus pobrezas en la periferia, en la que una persona afrodescendiente desentona, la que se muestra tan homogénea y tranquila con sus casitas iguales y sus calles inmensas.  Ella tan Plaza Italia y Las Condes con su fauna y flora “pituca” (fresa, gomela) que va a comprar en Ripley o Falabella el televisor de moda después de que las apuestas distintas le fueran, en alguna medida, despojadas. No hay que olvidar la represión en la época de dictadura, las calles vaciadas por el miedo y la falta de movilización social que eso implicó. Siento que he estado aquí mil veces y que en cada una de ellas recorro su historia: tantas veces imaginé La Moneda en llamas, los tanques, las torturas en el Estadio Nacional, las calladas protestas. Siento que yo también bailé «la cueca sola»  en la mitad de sus alamedas. Volví a subir al Cerro Santa Lucía, como lo hicimos juntas, y admiré de nuevo Los Andes como telón de fondo que adornan la ciudad: la panorámica Santiago, la moderna Santiago, a la que no quiero y amo al mismo tiempo. Ha sido bonito reencontrarme con Chile, con las calles tan familiares y al tiempo, Santiago tan extraña. Esta vez me ha pasado que he encontrado una sensación de soledad que no conocía en mí, una manera particular de ser solitaria. De alguna manera, siento que me he autoimpuesto la soledad como una forma de aislamiento forzoso. He querido ver a mis viejos amigos acá pero no los he buscado; no publiqué sino hasta muy tarde mi número de celular; he querido acercarme y siento que cada cual está en su cuento, en su cotidianidad, que yo no hago parte de sus registros. Claro, cuando efectivamente me acerco, soy acogida de manera muy bonita y amorosa. Me inquieta la idea del ser-solitario. Será mi momento vital. Tenía esta idea (la autosuficiente Leonor, la yo-lo-puedo-todo Leonor) de que había aprendido a estar sola, viviendo sin mi familia desde los 18, que había encontrado la manera para gozarme la soledad. Y ahora hay una parte de mí que lo resiente, que no se convence del todo de que ese sea "un aprendizaje". Más bien, es la particularidad de un momento que ahora persigo y no sé muy bien desde dónde o cómo. También quiero construirme en soledad, sin forzarme a nada porque sean “lecciones vitales” predeterminadas que me impongo. Esa soledad (que no necesariamente implica ausencia de personas) es un experimento para mí. Termino como en un ciclo eterno, escribiendo desde los mismos lugares, ahora no desde la añoranza, sino desde una especie de desprendimiento. Estoy aquí y podría estar allá. Llegué, y podría quedarme o irme. Me propongo solo estar donde pueda servir mejor. No sé qué quiero y tengo ideas sobre lo que no quiero. Sobre todo, ahora soy solo proyecto, sin listas predeterminadas. Santiago siempre ha sido una ciudad que me confronta, pero nunca me destroza. Santiago es la motivación para trabajar con y desde la gente, es mi voluntariado y ahora mi trabajo en América Solidaria; mis experiencias aquí son un gran regalo, muchos regalos, diversos regalos. Siempre que estoy en ella, tan árida y organizada, me encuentro significándola desde una especie de destino: siento que estoy donde debo estar. Eso me fortalece, meditar en ella me calma, su compañía me descansa. Me encanta el verano, con tantos eventos a luca y tanta gente en la ciudad, ¡a pesar de lo sofocante que es el metro! Desde esta parte austral de este-otro continente, te mando el sol que calienta para tu invierno. Te extraño. Seguiremos haciendo la revolución; esa que, como alguna vez me enseñaste, no es tan grandilocuente como pensábamos, y que no tiene sentido si no empieza desde nosotras mismas. Te acojo en la distancia. ¡Abrazos!   Leonor
CORRESPONDENCIA II
Adriana Roque Filósofa Trato de pararme en los bordes, experimentando con agarrar los excesos, lo marginal, aquello que siempre se escapa. Leonor Villaveces Psicóloga social, filósofa (no graduada) Psicóloga cuasi arrepentida, filósofa de campo. Latinoamericanista espiritual y voluntaria en proyectos de superación de pobreza.