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Todavía con la desesperanza propia del fin de las fiestas y la preocupación de ver que muchos siguen creyendo que el mundo no se va a acabar, solo porque ningún dios, asteroide o inundación decidió hacerse cargo de nuestro “sucio trabajo”. Seguro piensan que sin ayuda lo estamos haciendo bien. Ya no recuerdo hace cuantos años exactamente, lo que recuerdo es que todos los domingos a eso de las siete de la mañana, el sonido empezaba a colarse por las ventanas de mi cuarto.Las palabras pronunciadas a través del megáfono que en un principio se asemejaban más al zumbido de un montón de abejas cabreadas al unísono que a algún vocablo conocido se tornaban descifrables a medida que se acercaban y terminaban ocupando toda la casa: en la calle un hombre armado solo con un jingle contagioso, una retórica memorable y mucha fe, pregonaba una y otra vez la promesa de reparar algunos utensilios -cuchillos de cocina desafilados, sombrillas mutiladas, ollas deterioradas, licuadoras descompuestas…- que amenazaban con pasar a peor vida en algún relleno sanitario. Cuando la fe o sus habilidades simplemente no alcanzaban, se hacía cargo de todas formas y nos libraba de esos objetos indeseables recolectándolos para después“desmembrarlos” y ponerlos en venta, o utilizar sus partes como repuesto de otros artilugios que correrían con mejor suerte. Si en ese momento no podía encontrar un sonido que me pareciera más irritante,ahora intentar recordar con dificultad cuáles eran exactamente sus palabras y saber que igual que este, otros pregoneros han tenido que abandonar los barrios de la ciudad a la fuerza o a falta de clientes, me parece lamentable y hasta desesperanzador. No precisamente porque extrañe despertar a punta de clamores, sino porque a mi modo de ver, su desaparición señala también el desvanecimiento de un imaginario –muy distinto al “oficial”- relacionado con la manera como asimilamos los objetos que producimos, utilizamos y desechamos; un Otro-imaginario, que además creo, valdría la pena revivir ahora que todos en Bogotá estamos (¿seguimos estando?) muy preocupados con el tema de las basuras o el nuevo apocalipsis capitalino. No lo digo como una exageración, tan preocupados,que de la noche a la mañana del 18 de diciembre, nos hicimos expertos en medio ambiente, administración pública y periodismo. Yo lamentablemente no soy experta y no creo estar a la altura de los comentarios de algunos fervientes activistas de las redes sociales, pero sí creo que el tema del manejo de nuestros desechos más allá de alcaldes, contratistas y camiones de basura oxidados, vale la pena. Por eso permítanme explicar con un ejemplo de qué carajos estoy hablando. En India existe una palabra, jugaad, que a falta de un equivalente exacto en español podría definirse de dos formas: por un lado es el nombre dado a un vehículo híbrido, construido principalmente con piezas de automóviles destartalados y tablas de madera que unidas se transforman en una especie de esqueleto o chasis; y un motor improvisado que puede provenir desde un tractor hasta una bomba de riego agrícola. Las demás partes son adicionadas después dependiendo de la bondad de basureros y ‘deshuesaderos’. El jugaad a pesar de sus fallas ha representado para los habitantes de algunas zonas rurales de India una reducción sustancial en sus gastos y tiempos de desplazamiento. Por otro lado y tomando al vehículo como un ejemplo concreto, jugaad sugiere también una forma de pensar y proceder, en la que se suman ingenio, reutilización y adaptabilidad con el fin de dar solución a un problema. Generalmente, surge como respuesta a una carencia significativa de recursos y en oposición a un sistema que a pesar de esto los demanda enérgicamente. Como sustantivo y verbo, la palabra consigue ilustrar el imaginario del que hablaba al principio. Jugaad se materializa también aquí, en la ciudad, - antes con mucha más fuerza- cuando objetos que han perdido su función esencial son reparados, reutilizados, reciclados o resignificados para resolver determinados problemas: botellas plásticas que hacen las veces de floreros, tarros de galletas que se vuelven costureros y otras formas más complejas de recuperación, que consciente o inconscientemente funcionan como una táctica que revierte la lógica de consumo actual, esa que nos promete bienestar y una economía fortalecida pero antes nos exige seguir unas instrucciones precisas: comprar, usar y tirar, para inmediatamente volver a comprar. Dentro de esa misma lógica, podría decir que una vez los productos han sido consumidos o alcanzan su fecha de caducidad dejan de ser mi problema y desecharlos para que otro se haga cargo casi que constituye un derecho y en teoría supone una medida de salubridad para conmigo y con quienes convivo (¿cierto?). Si resulta que por alguna razón esto se ve transgredido, como sucedió en Bogotá,entonces las alternativas que teníamos eran: ¿tomar fotos a las bolsas de basura que producimos y acumulamos a diario frente a las casas a manera de denuncia, tuitear para exigir que alguien -otro, no yo- hiciera algo, y finalmente, buscar culpables en periódicos y noticieros y regarnos en señalamientos hasta sentir que nuestra conciencia como ciudadanos de bien finalmente empezaba a quedar limpia? ¿Eran esas nuestras alternativas? Mientras creo que protestar es válido, atrincherarse eternamente en la crítica resulta inútil. Energía, tiempo e ingenio agotados en acusaciones interminables y estériles podrían encaminarse a la búsqueda de verdaderas alternativas a una lógica que es insostenible. Lo irónico es que generalmente las personas que no participan de esas lógicas de consumo - sí, “el pobre” “el desechable”, “el todero” -, son quienes en silencio y al margen generan acciones reales que trastocan un sistema que nos tiene al borde; y es que si somos realistas, frente al “asteroide ambiental” que de verdad se nos viene encima, el reparador ambulante, los recicladores y recicladoras, y hasta la abuela que guarda los frascos de mermelada para completar la vajilla, han sido más efectivos en mitigar el problema de las basuras por años y siglos que lo que nuestras quejas, lamentos e insultos a través de medios de comunicación y redes sociales han conseguido hasta ahora. La falla de nuestra indignación reside en que no demanda mayor esfuerzo, permanece como algo virtual hasta el punto de rayar en la inercia. Nos indignamos, para señalar y luego permanecemos inmóviles o esperamos que otro llegue a hacerse cargo. Aun nos cuesta traducir ese inconformismo en jugaad o “experiencias ingeniosas, significativas y transformadoras”. Podríamos empezar por desaprender: asumir que no todo es basura, que lo que desechamos sí es nuestro problema y simplemente no desaparece cuando es puesto en bolsas sino que tiene una “vida” cíclica, lo que quiere decir que depende de mí y de usted que regrese como un inminente desastre ambiental o que pueda retornar a los ciclos de consumo en forma de objetos reutilizados, reparados, reciclados, resignificados, etc. y a la tierra a través de procesos como el compostaje, aplacando un trauma social y ambiental que por ahora parece ser permanente. La razón por la que creo que fantaseamos con profecías apocalípticas, con que esto un día súbitamente se va a acabar, es que a decir verdad al final sería más fácil tener un dios o un cataclismo a quien culpar que enfrentar lo que hacemos a diario con el planeta.
Hechos de Desechos
JUGAAD O LA RECETA AL APOCALIPSIS CAPITALINO
Textos
Daniela Osorio Antropóloga Aprende todos los días, a dudar, a escuchar, a pensarse y a pensar la vida en verbos más que en sustantivos.
Ilustración
Iván Castillo Artista plástico Artista plástico. Oidor con sordera.