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Epistolario
Viejo Nico! Justo ayer se me vinieron a la cabeza unas cuantas palabras tuyas, de hace dos años quizá… Las dijiste acaloradamente en aquel cafetín subterráneo, ubicado entre Cabildo y Dorrego -si mal no recuerdo-, con el verano porteño a cuestas y la bronca a flor de labios por el aspecto hostil que tenía Buenos Aires aquella vez. Me resonaron en la distancia mientras escuchaba la nieve bajar de la sierra, e iba viendo la Alhambra hacerse gris desde un mirador del viejo barrio moro. Han caído tus palabras  al tiempo  que contemplaba el balanceo de una teja de barro a punto de caerse, por acción de los copos amontonados  en los techos de estas casas tristes y blancas… Por entonces, te había mencionado con malograda precisión, –debo confesarlo-, lo que había quedado de la Bogotá colonial después de los cambios que sufriera mas de medio siglo atrás… ¿te acuerdas? Hablábamos acaloradamente de ello a propósito de los elogios olvidados al espacio, ese que ocupan ininterrumpidamente los transeúntes de todos los tiempos y de todas las ciudades.  A decir verdad, conforme recordaba el polvo del cafetín formando esa lámina de niebla que sellaba el color de la “ciudad de la furia”, pensé en Bogotá y en la furia que destilaría la ciudad cualquier día con ese color ceniza que acababa de conferirle mi imaginario; las esquinas sinuosas, los edificios en silencio macerados en sus bases con la huella del ruido… la luz mortecina de las periferias, el horizonte disuelto mas allá del centro… Tus palabras sobre las calles y los fetiches se alojan ahora sobre un recóndito rincón de mi nostalgia: Las baratijas coronadas de neón, las tiendas en el suelo improvisando un comercio de fruslerías… las arterias fluorescentes de nuestras ciudades donde la palabra “centro” fagocitaba  todo lo que estuviera fuera de él y en el acto vomitaba sus escorias como un vórtice devastador. Ay viejo Nico… una teja pendulando aterida en el invierno puede mover la gran rueda de los recuerdos del verano… y vuelve y gira de nuevo… Sé que vas a recordar también el jueguito ingenuo de las “fantasmagorías” (que se nos antojó en un arranque de gimnasia benjaminiana), en el que tú me dibujabas la ruta de las palomas desde Constitución a Sarandí y yo trataba de hacerte un mapa como montado sobre una paloma “punk” bogotanísima, llevándote desde la plaza de Bolívar hasta el calabozo de la estación policial de la Candelaria, hogar intermitente de los fantasmas de la ciudad, a cuyas rejas cierta noche sucumbí, llevado por la marejada de la rumba que suele estallar a todo lo largo de aquel barrio viejo…El que te hubieras hecho una idea de Bogotá compuesta de los retazos de aquellos comentarios y no sé qué fotos que cruzáramos alguna vez, redobla mi nostalgia porque ahora que bajé a escribirte esta carta y abrí los archivos de las últimas fotos que has tomado y te vi cazando rincones inconfesos (esos que solo ven las palomas) entre los arcos de las vetustas catedrales - aquí, allá, buscando en los ojos de los pobres el registro del tiempo a través de los haces de luz filtrados por las ranuras del concreto-, bajo los puentes y en el hervor de las manos que transan mercancías detrás de Once o en los contornos del barrio de los judíos arriba de Corrientes, me obligó a volver al recuerdo compartido y preguntarme ¿dónde están todos esos puntos de encuentro que nos susurran tantas paredes untadas de poemas y tantos jardines todavía temblando en los aneurismas de nuestras ciudades?… Tal vez lo recuerdes ahora…yo entretanto recuerdo la borrachera final de la velada que comenzó en ese lúgubremente feliz cafetín de arrabal, incrustado en pleno Palermo, como exhibición de una cicatriz grotesca que el vicio dejara en el “rostro” de Baires. ¿Te acordás que seguimos jugando sobre los caminos abiertos en esa poca tajada de ciudad que pudimos habitar con holgura y sin miedo? el miedo a la ciudad vigilante. ¡Cuántos campos santos, tantos saltos de charcos!  ¿Recuerdas que te traté de describir lo que significa la UPJ, pero no pudimos encontrarle comparación exacta en Buenos Aires? Enorme bodega que nos llevó a pensar en esos espacios perdidos donde se improvisaban los centros de detención de la dictadura; ¡menuda comparación aquella!…pero ya no importa… Ahora parce aquí en Granada, veo un retazo de Bogotá colgando de un gran techo. En esta provincia nació el fundador de la ciudad, don Gonzalo Ximenez de Quesada, hidalgo de alabarda y buen apellido. Desde esta ciudad residual de la Europa moderna, aquella de frontispicios imperiales y salones rimbombantes, en la que florecieron los deseos burgueses de interiorizar la naturaleza sobre refractarios artificiales, alcanzo a llevarme los aromas del otro lado del mar (de Buenos Aires escuché hace poco que un hedor explotó en los “aires”): con todos los aromas me vine a escribirte a modo de catarsis. Tus fotos de las puertas y dinteles de Villa Urquiza parecían una pantalla con la que me dejé arrastrar hasta el barrio Santafe, cualquier día oscurecido en que un caminante acostumbra levantar los ojos y ver incrustadas las buhardillas en los tejados y las chimeneas recubiertas de musgo, todo en conjunto formando la película de un ensueño. Te juro que reproduzco a diario la pregunta sobre el paradero de esos puntos “densos” de los encuentros y pienso con pesadumbre en las vitrinas de los shoppings rabiosamente condensando transeúntes fantasmáticos detrás de las nuevas promociones y los mejores precios.  Y no es este un reclamo el que te hago, movido por una nostalgia vulgar. La naturalización del centro comercial como crisol de “otras relaciones” es un hecho que ya ni me perturba. Lo que recuerdo en nuestra conversación fue aquel “elogio del entorno” gratuito e inconsciente que nos obligó aquella noche a volver sobre las relaciones fugaces, etéreas y a menudo constantes que las gentes van urdiendo en la calle; a veces de improvisto, a veces como náufragos que vieran un semejante suyo remar con trabajo al otro lado de la acera. Entonces te pusiste a leer en plena calle Borges y en voz alta, alguna letanía de Baudelaire, entretanto en mi memoria resonaban las palabras masculladas de Erdosaín mientras conspiraba contra los bancos en el “lanzallamas”…¡Qué partidos nos tocan hermano! Caminar sobre los bordes peleando la calle que trazaron las monstruosas corporaciones. El río de La Plata como un espejo de cristal que refleja los apéndices de un tiempo en que Buenos Aires miraba de frente su costa. La herrumbre y el lujo superpuestas como capas, ondulando a su modo cada una sus siluetas sobre el agua turbia de Riachuelo; Bogotá sin costas y entre montañas nació prendida de la neblina. La educaron los hombres de sombrero y de paraguas y la ocuparon las hordas de campesinos que huían de otros espantos. Y los señores se fueron yendo hacia el norte y los campesinos fueron horadando su huella en las chicherías y los mercados. Abasto hoy es un shopping; en Bogotá las calles que habita el errabundo en torno al centro, serán dentro de poco un gran parque de negocios. Ya no me acuerdo de los monumentos. Solo sé, amigo mío, que sobre los monumentos se paran las palomas y hacen inventario de tantos hogares caídos, de tantos campos santos. Hoy un alud de nieve me trajo las palabras tuyas como derroteros del recuerdo: y me apena pensar que en el recuerdo de nuestra noche porteña de juerga, no me haya preguntado por la Bogotá menos “histórica” y más olvidada, o acaso me fui olvidando del ganapán que paseaba en Pueyrredón las bolsas ya sucias del shopping que inauguraron también en la Avenida Caracas… ¿Qué tenés para contarme vos, camarada?
CORRESPONDENCIA I
¡Querido amigo! ¡Tanto tiempo! Leo tu carta venida desde las tierras de la Granada morisca y revivo, gracias al aroma del recuerdo, nuestras errabundas horas en aquel cafetín de Buenos Aires. ¿Cómo olvidar las mesas regadas de fraseos e intenciones benjaminianas, restos de pochoclos -“maíz pira” le decís- y el sudor de los jarros de cerveza que dejaban marcas circulares como ruinas sobre los manteles de papel madera? Recuerdo que faltaban pocas horas para que cruzaras volando el océano, ¿lo expreso bien así? O mejor, ¿tejiendo los continentes? para reanimar ese vicio que tenés de extrañar la mirada. Pues bien, ahora forjamos, yo aquí y vos desde los bosques que enmarcan la “fortaleza roja”, esta geometría triangular, este diorama de parajes y paisajes que a partir de ahora habitaremos y nos habitarán. Entendámoslo de una vez mi hermano Diego: Bogotá, Buenos Aires y Granada se convertirán en estas misivas en los collages neuróticos de dos fantasmas que somos, empecinados en zurcir los retazos de esos accidentes geográficos llamados patrias. Vos como fantasma emigrante-inmigrante-errante y yo el hombre que está solo y espera agazapado con una cámara fotográfica a la caza de ciertas sobras invisibles. ¡Qué intensas nuestras bitácoras querido parcero!, ¡cuantas precisiones has tenido de nuestras tierras ajadas por el sol y la lluvia, desdibujadas por herrumbres, derrumbes y el sueño de lo sólido! Exactamente como conmemorabas, nuestro último encuentro fue en ese café de Cabildo y Dorrego. Recordás bastante bien. Lamento no ser tan bueno para la memoria y quizás por eso puedo solo pensar desde las imágenes (a pesar de que ya sabes de sobra que la fotografía es un total engaño, que se entretiene embelleciendo lo decadente o inventando sentidos) y ellas querido amigo, son las novedades que tengo para vos, las imágenes o márgenes que he capturado y tan bien has observado, nos pertenecen porque nos interpelan como la etérea ciudad de Alejandría del cuarteto. Te confieso que a esas imágenes les he impreso el deber de ser los vestigios que funden ésta, nuestra nueva patria triangular y dioramática que habitamos, tal vez, -y esto ha sido una novedad para mí- como lo habrían deseado esos “adelantados”, mitad asesinos mitad soñadores, de mediados del siglo XVI, que -curiosidades de la historia- tejieron a la inversa nuestro mismo sendero: desde Granada hasta Bogotá y Buenos Aires. Me refiero a los hidaliguísimos Gonzalo Ximenez de Quesada y el oriundo de Guadix, Granada, Don Pedro de Mendoza… Me reclamas amigo mío las novedades en esta ciudad que como bien sabes sucumbe diariamente ante la fascinación de una parábola inclemente y sobrevive a ese cataclismo merced al impertérrito accionar de un héroe colectivo, de muchos nombres, ya sabes, Maradona, Gardel, Perón, Fangio, Messi o un presidente devenido en  híbrido de político y gran estadista y héroe de historieta. Sin embargo, sus habitantes no pueden evitar pisar y repisar la mierda de los perros oculta entre la hojarasca otoñal de las veredas. Y ya sabes Diego que la mierda emerge de muchas maneras en nuestras ciudades: oculta debajo de los centros comerciales, tapiada tras los muros de inmuebles cuyos dueños buscan romper marcas especulativas y siempre termina por despedir su fetidez. Y más aún cuando las aguas de lluvias torrenciales caen en pocos minutos y el hedor termina democratizando una experiencia olfativa colectiva aunque siempre los que la reciben en la puerta de su casa sean los barrios marginados. Pero también otros olores son los que se desparraman por las calles de estas, “nuestras” ciudades. Podría asegurar que el olor compone una de las partes más intensas de nuestro diorama. Olores que se confunden y se encuentran doblando en las esquinas de mi barrio, Villa Pueyrredón; los vahos penetrantes de la grasa chirriante de los asados del viernes a la noche, los olores a escape de colectivo 110, los olores del perfume barato que inunda los ascensores, los olores a marihuana paraguaya flotando desde aquellos impenetrables y oscuros rincones, los olores a sudor condensado en los subtes, los olores a arepas cocidas en la calle, los olores a vegetación mojada que baja desde los montes. Así Bogotá y Buenos Aires se confunden en la caprichosa y volátil densidad de los olores, es más, hasta te podría decir que la cuadrícula social se desarma entre sus volutas antojadizas y la fotografía me permite puntualizar “densamente”, como vos acertadamente decís, esa experiencia volátil del olor. Querido Diego, esta es la primera de nuestras conversaciones, supongo que la demora con la respuesta se debe a que hemos de comenzar a ajustar esta maqueta plena de sensaciones e imprecisiones estéticas (por lo menos a lo que a mi respecta) y que irán conformando nuestra mirada y nuestro andar flaneurístico. ¿Cómo seguimos?
CORRESPONDENCIA II
Nicolás Fazio Docente Licenciado en Ciencias de la Comunicación, poeta, fotógrafo. Actualmente culminando Maestría en Historia y Memoria. Diego Fernando Ortíz Historiador Historiador con maestría en memoria social y profundo interés en filosofía política.