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secciones: archipiélagos de nitrato
Quizás a deshora -si pensamos en su fecha de lanzamiento (2010)- pero aún vigente para preguntarnos por los retos que implican nuestras decisiones sobre los desechos en la compleja red de vida del planeta, nos llega el documental «Wasteland»[1].En este la directora Lucy Walker y los codirectores João Jardim y Karen Harley capturan el proceso del artista brasileño Vik Muniz y su trabajo fotográfico en colaboración con los recicladores de Jardim Gramacho, el relleno ‘sanitario’ más grande de Latinoamérica ubicado cerca de Río de Janeiro. Muniz, consagrado como uno de los más importantes artistas contemporáneos, se interesa en sacar el arte de su lugar y temática privilegiada y exclusiva, a la vez que impacta y conmociona la vida de quienes, como él, en su niñez y juventud viven los conflictos socioeconómicos de Brasil. Esta intención se manifiesta en sus palabras: “Mi experiencia en mezclar arte con proyectos sociales es que lo principal es sacar a las personas, aunque sea por algunos minutos de donde están, y mostrarles otro mundo, otro lugar” (Walker, 2010). Con esta experiencia, Muniz se pone como reto –sin desconocer la complejidad y el frágil equilibrio de su intención- situar el arte en función de la posibilidad de cambio en la vida de las personas. En «Wasteland» hay un doble juego de representación: el de los retratos tomados por Vik Muniz y recompuestos a gran escala con materiales reciclables por los catadores[2] para luego ser fotografiados desde las alturas, y el de la película que captura el proceso de creación de la serie Pictures of Garbage. En este juego se reconoce el valor de ese gesto que para Muniz se desdibuja en la presentación final de sus retratos: el de mostrar la riqueza y la belleza de la interacción humana y el de subvertir el prejuicio hacia la basura y en consecuencia hacia los catadores. Para este artista, esta serie fotográfica se convirtió en algo más que una simple representación de la realidad; implicó estar altamente involucrado con las personas que fotografiaba, a tal punto que buscó hacer visible esa parte humana que algunas veces las fotos no pueden mostrar. Por ello quiso incluir a los catadores en la elaboración de sus retratos a partir de los materiales que reciclaban. Por la riqueza del mensaje ecológico y social del documental, la intención de este artículo no es hacer un análisis cinematográfico. Queremos plantear algunas reflexiones que suscitó en nosotras a propósito de la ‘basura’ y el arte en los momentos que más lo necesitamos. Para hacerlo, en primer lugar,  esbozamos la fetichización de la basura y del arte que se afianzan en la sociedad brasileña y mundial a través de las imágenes, mensajes y sucesos presentados en el documental y, en segundo lugar, contemplamos las posibles fugas a este proceso planteadas por el artista y los catadores. ¿Cómo llegó a usar materiales de la basura? La pregunta enunciada al comienzo del documental por un presentador de televisión sirve como hilo conductor a la siguiente secuencia donde Vik Muniz, en un primerísimo plano, mira el carnaval de Río. Es una mirada de sospecha que dirige nuestra atención a lugares poco explorados de la fiesta: las carrozas y disfraces abandonados, el suelo entapetado de coloridos festones y papeles, las botellas rodando por las calles de Río. Con ánimo de participar en algo más que el baile y la alegría del carnaval, su mirada nos guía al final de la cadena: ¿A dónde van a parar los desperdicios producidos? ¿Quiénes procesan y recogen esa basura? Es con este tipo de insinuaciones visuales que el documental sugiere una primera respuesta, una locación que articula las preguntas principales de la obra de Muniz. Jardim Gramacho es, a simple vista, el lugar por excelencia a donde van a parar toda clase de desperdicios, incluso la gente que allí trabaja es considerada como tal. Gramacho es la línea invisible que separa aquello que la sociedad considera como basura –lo sucio, lo feo, lo que no se quiere ver u oler, lo malo-. Es esa isla donde los problemas sociales se hacen aparentemente invisibles, en la medida en que el resto de la sociedad puede fingir que ese lugar y esas personas no existen. Pero el límite es delgado y hay momentos en los que es transgredido. Como narra Magna, una catadora entrevistada, diariamente cuando viaja en el metro debe soportar el rechazo de la gente por el mal olor que queda impregnado en su cuerpo después de trabajar en el basurero: “Llegué al punto donde dije: Disculpe, señora, ¿pero apesto? ¿Hueles algo feo? Es porque estuve trabajando por allá en el basurero. Es mejor que andar por Copacabana haciendo malabares. Me parece más interesante, más honesto y dignificante. Ahora apesto. Pero cuando llegue a casa tomaré una ducha y estaré bien. Pero es desagradable” (Walker, 2010).  Aunque en el imaginario social Gramacho es sinónimo de peligro y suciedad, Muniz propone mirarlo como se mira un cuadro. Claro, primero nuestra mirada es distante  –se mira desde el otro lado de la línea invisible-, pero como ante un cuadro, debemos ir al detalle, a la textura y al material mismo que lo compone. Cuando el artista hizo un recorrido aéreo del depósito, vio desde arriba  a los recicladores como hormigas trabajando en montañas de basura (Walker, 2010). De lejos, ese factor humano no era claro, pero de cerca las iniciativas, las sonrisas, lo vital se podían apreciar mejor. Gramacho es más que un depósito de basura, es fuente de vida y sustento para los catadores. En palabras del artista, Gramacho y sus habitantes merecen absoluta admiración: “Si te puedes poner en sus zapatos, […] vivir sus vidas y descubrir qué hacer para seguir viviendo, es muy duro. Pero por otro lado, cuando ves el apetito que tienen por la vida y la forma en la que la llevan, te inspira” (Walker, 2010). Si bien es paradójico que un basurero se llame jardín, Gramacho es el jardín en el que la basura pierde su valor negativo, de desperdicio, para convertirse en un objeto con valor en manos de los catadores: una materia reciclable. También es un espacio en el que se configuran otras formas de despertar colectivo, de acciones políticas, de relacionarse con los objetos. En Jardim Gramacho se hace evidente el proceso de fetichización de la sociedad brasileña. Allí se pone de manifiesto, por un lado, que la única manera en que la sociedad se relaciona con esta población de catadores es a través de los objetos desechados; por otro lado, se aprecia la manera como se naturaliza este modo de producción histórico de deshechos sin la consciencia del impacto que tiene y de su destinación. Al visitar el relleno ‘sanitario’ y ver las condiciones de trabajo de los recicladores, es indudable la falta de conciencia, el desconocimiento de prácticas como la separación de la basura en material no reutilizable y materiales reciclables y biodegradables. Este hecho redunda en la acumulación excesiva en el relleno y la capacidad de trabajo –informal y peligroso- para los catadores. Así esta situación muestra cómo el misterio de la fetichización es cada vez más profundo (Mintz, 1996). Por esto mismo, Jardim Gramacho es el lugar privilegiado para que la desfetichización de la basura tenga cabida. La reproducción de los medios de producción –el modelo y prácticas del manejo de desechos- se rompe, así sea paulatina o parcialmente, a través de las propuestas de los catadores; en palabras sencillas, la perpetuación del modelo económico político que sostiene su trabajo, salario y condiciones de vida es puesto en evidencia por ellos mismos. Las propuestas de los recicladores entrevistados nos dan indicios de posibilidades de subvertir lo que a veces desde lo macro parece irremediable. Ellos y ellas, tímidos en principio y luego elocuentes, nos invitan a través de sus palabras a acabar con la mezcla de basura y materiales reciclables que llega al relleno, a pesar de que esto rompería su posibilidad de trabajo de selección y separación (tal como su nombre lo dice: catadores). Al promover esta conciencia, saldrían del mercado de valores de los materiales reciclables, concepto elaborado por Munik al ver el precio e intercambio constante que se daba en Gramacho. No estamos hablando de basura, sino de dinero; un sustento de vida dado por la compra de proveedores y trituradoras que demandan materiales como el PVC, el PET y el vidrio. Sin embargo como anotábamos, los catadores  hacen un llamado a ser más conscientes y cuestionar el impacto de esa pesada bolsa de basura indiscriminada que sale de nuestras casas y oficinas. Magna, una de las mujeres retratadas, nos recuerda en una toma en medio de su trabajo en Gramacho -donde diariamente los catadores  encuentran 200 toneladas de materiales reciclables-, que: “Es muy fácil sentarse en el televisor, consumir y luego botarlo como si nada en la caneca. ¿Pero a dónde va esa basura?”(Walker, 2010). También Valter, un viejo catador de mirada dulce y sonriente, le dice a un compañero: “La lucha es grande, mas la victoria es segura. No es malo ser pobre, malo es ser rico a la altura de la fama con tu moral hecha una sucia pena” (Walker, 2010). Tomando prestado el concepto de Valter, deberíamos sentir una ‘sucia pena’ no solo por no cumplir nuestra cuota de selección y compromiso con lo que botamos, sino también ‘la sucia pena’ por permitir que el trabajo que realizan los catadores se de en condiciones laborales peligrosas y con salarios injustos. A lo largo del documental, casi fantástico y profético aparece Valter, catador por 47 años, que a propósito del peso y del impacto en cifras nos recuerda que cada hogar arroja al relleno un kilogramo de basura, en el cual hay generalmente 500 gramos de material reciclable. En Gramacho, esta cifra rápidamente se convierte en 500 kilogramos contemplando 100 familias. Por ello, Valter insiste –y quienes lo rodean lo recuerdan por su frase más reiterativa -: “99 no es 100, por ello cada lata cuenta” (Walker, 2010). La naturaleza sabe esto, cada animal muerto o insumo desechado cumple en la cadena alimenticia una función: no hay desperdicio, sino círculos cerrados de aprovechamiento de todos los recursos. Así, Vik Muniz y su equipo llegan a Jardim Gramacho para ser parte de esa cadena de aprovechamiento de las fuentes reciclables. Este artista se incorpora en la vida de los catadores para mostrarles que ese valor que ellos encontraron en los materiales reciclables, también tiene cabida en el arte. Muniz les propone seleccionar materiales para comenzar a construir unos retratos que luego serán fotografiados desde las alturas. Desde su posición de artista, Muniz busca desfetichizar el arte al sacarlo de su lugar privilegiado para acercarlo a personas como Tiaõ, un catador muy joven de Gramacho que es llevado a Londres para subastar su retrato. Muniz lo lleva a un museo para mostrarle trabajos de artistas como Basquiat. A su regreso Tiaõ expresa que al principio no entendía bien por qué el trabajo de Basquiat era tan valorado, pero que al conocer el contexto y la historia, en una posterior comprensión pudo encontrarle valor. Este momento da cuenta de esa transformación y de ese impacto, de ese suceso mágico en la vida no solo de los catadores, sino de Vik Muniz y los documentalistas. Aunque nunca se planteó este trabajo como una salvación para ellos, para algunos significó proveer posibilidades, quizás una línea de fuga. Al final de «Wasteland», Magna nos recuerda que el trabajo con Muniz le trajo la voluntad de cambiar (Walker, 2010). En una secuencia final durante la apertura de la exposición en un museo en Río, Irma les comenta a los periodistas con lágrimas en los ojos cómo este proyecto la motivo a verse y a pensarse diferente en ese juego de espejos con el otro: “A veces nos vemos tan pequeños pero hay gente que nos ve grandes y hermosos” (Walker, 2010). Muchos de los artículos sobre este documental lo ven como un acercamiento ingenuo o demasiado optimista. Como si en este proceso Muniz y los documentalistas desconocieran los efectos materiales de una sociedad clasista y la complejidad de procesos sociales que impactan a los catadores; como si una serie fotográfica lo cambiara todo. Sin embargo, en el documental el artista es cuestionado por su esposa, y dándole vueltas a este asunto se pregunta si no es muy arrogante e ingenuo de su parte creer que puede llegar a transformar y ‘confundir’ la vida de las personas. “Si los sacudes y les muestras que la vida es diferente, ¿es suficientemente realista para ellos que luego tendrán que volver a su trabajo en Gramacho? (…)Hay que estar seguro de que la persona puede manejarlo porque la gente es frágil”(Walker, 2010). Muniz no pierde de vista este punto y a lo largo del documental se pregunta por los efectos de involucrar a los catadores en su trabajo artístico, de sacarlos de su contexto para luego devolverlos a él. Pero cuando las cosas se hacen bien y con la motivación adecuada dan resultado. Las ganancias de la serie fotográfica ayudaron no solo a apoyar a la asociación que provee educación y capacitación en la transición de los catadores tras el cierre de Gramacho en el 2012, sino también a los proyectos individuales de sus participantes. Ambas situaciones, el cuestionamiento de Muniz y su intervención y las posibilidades y acciones que la serie fotográfica permitió para los catadores que participaron, evocan para nosotras a Deleuze y Guattari en «Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia»  (1997) y en general a la paradoja entre agencia y estructura recurrente en las ciencias sociales; nunca se da un total estructuralismo, ni una total agencia. La polarización en cualquiera de los dos puntos desconoce la compleja negociación y balance que se da no solo en este, sino en los procesos sociales en general. Las propuestas de desfetichización y ruptura de los modelos definidos por parte de los catadores  documentados en el filme, son líneas de fuga y en ese sentido son un intento. No hay garantías de salir totalmente del sistema, pero tampoco la desesperanza de saberse preso del mismo. NOTAS 1. En diferentes idiomas, el documental preserva el nombre de Wasteland por su referencia al poema de T.S. Elliot: http://www.bartleby.com/201/1.html. 2. El término catador, a diferencia del término en español reciclador, alude a un proceso de selección y de distinción entre diferentes materiales reciclables. Lo que recogen no es un producto del azar, por el contrario es un trabajo especializado que se inscribe en un mercado de valores de material reciclable donde los intermediarios y las empresas de reciclaje compran el material clasificado. En el caso ilustrado en el documental, aunque cada catador llegó a Gramacho por situaciones particulares, comparten razones para haberse convertido en catadores. Algunos llegaron desde niños siguiendo los pasos de sus padres, otros por golpes e infortunios de la vida que los obligó a buscar una opción de vida que los alejara de mundos como el de la prostitución, las pandillas o el tráfico de drogas. REFERENCIAS Deleuze & Guattari, G. (1997). Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos. Mintz, S. W. (1996). Introducción. En S. W. Mintz, Dulzura y poder: el lugar del azúcar en la historia moderna (págs. 13-28). Siglo XXI. Walker, L. (Dirección). (2010). Wasteland [Película].
Archipiélagos de nitrato
NOVENTA Y NUEVE NO SON CIEN
Textos
Silvia Uribe Profesional en lenguajes y estudios socioculturales Persistente con los Estudios Culturales: pregrado y maestría en esta práctica intelectual. Escéptica y abierta a la misma, ¿no es ese el punto? Maria Paula Gutiérrez Antropóloga Me interesa el tema del exilio desde la forma como han sido abordado en el cine, la literatura y la música.
Ilustración
Margarita Jaime Artista plástica y experimental en el diseño textil