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Versiones capitales
Cuando escribo, me tardo la mayor parte del tiempo definiendo cómo comenzar. Si no está claro el comienzo tampoco lo estará el final y entonces el texto quedará suspendido, inaprehensible, incomunicable. Esa angustia me toma varias horas frente a una pantalla probando figuras, palabras, frases que contengan la estructura general de lo que quiero decir. Con la ciudad ocurre algo similar. Es un terreno delimitado donde se busca el orden permanentemente, pero esa búsqueda está acompañada de la angustia que produce el devenir, que se da sin haberse planeado de antemano, que ‘es’. Cada ciudad es única y sin embargo comparte con otras los mismos estilos, los mismos problemas, los mismos procesos. En cada ciudad moderna hay edificios como hay indigencia y marginalidad, como hay tráfico pesado de pasajeros, como hay centros históricos, financieros y políticos. En cada ciudad hay cada cosa y entonces, a propósito de Bogotá se me pregunta cómo encontrar en ella algo propio, que no sea teoría, que no sea ‘Bogotá como cualquier otra’, y entonces me remito a alguien que quizás ha dedicado su vida a comprender qué hay en esta ciudad. La entrevista comienza con una serie de preguntas enviadas por mí virtualmente: “A veces la memoria es prodigiosa, pero puede engañar. Me parece recordar que la clase que dictó en Los Andes se llamaba «Mirar a Bogotá». Puedo estar equivocada. De todas maneras, me pregunto en qué consiste mirarla cuando se crea un espacio institucionalizado para hacerlo: ¿acaso se miran sus funciones o dinámicas de ciudad capital?, ¿acaso son sus particularidades, eso que no se repite en dos lugares o en dos momentos?, ¿acaso se mira uno mismo para saberse ciudad por habitarla o saberla persona por estar ella habitada? ¿Qué tiene Bogotá en su centro, en sus calles, en su pasado?; ¿desde dónde mirarla, cómo mirarla, quién la mira?” “Se llamaba «Mirar en Bogotá»”, me responde mi entrevistado a las pocas horas, “perífrasis de un título de un libro de Marta Traba (Colcultura, 1977). Ella creía que el arte era según de/desde dónde/en Bogotá, no en Buenos Aires donde ella había vivido y nacido y sido educada. Mirar en un sentido artístico. Mirar en Bogotá, como título de un curso veintipico de años después del libro de la señora Traba, quería desconstruir el título del libro y provocar una mirada dialéctica a la manera de la mirada que propone Susan Buck-Morss para leer a Benjamin. Claro, el fondo es Bogotá. No fueron tantos años. Las vidas largas son un problema. Lo que dicté durante tantos años fue literatura [...] Creo que lo dicté a lo sumo unas siete veces, o seis. Entre 2004 y 2006. …No olvide que en el 97 salió la novela «Ese último paseo».” Manuel Hernández es profesor de literatura, periodismo y artes, poeta y analista político. Se define a sí mismo como un sociólogo de la intemperie o como un pensador de la deriva. Ante la pregunta por Bogotá propone acercarse a ella desde ella misma, desde sus entradas y salidas, desde la propia experiencia, desde el pensamiento de un peatón: Bogotá no es nada sino un sistema detrás de la vida, y lo mismo pasa con lo que llamaríamos lo real porque de alguna manera lo real es una categoría, y de ahí que nosotros podamos entrar y salir de categorías. A Manuel le interesa lo que permanece y lo que cambia, tanto en el tiempo como en el espacio. Aunque no soporta la historia canónica, sus preguntas por Bogotá lo dirigen siempre al pasado, a lo que queda de él. En su correo me menciona «Ese último paseo», una novela bogotana de su autoría, escrita antes de 1997. La historia comienza cuando un grupo de intelectuales colombianos y extranjeros visitan el Cementerio Central. Allí se deciden a participar de un rito muy popular: pedirle milagros a la estatua que está en la tumba de Leo Kopp, quien fundó a finales del siglo XIX la cervecería Bavaria. Quizás en un arranque de penosa superstición o de placer erudito, el protagonista se acerca, y al oído, le pide a la estatua que le ayude a encontrar unos manuscritos. En adelante, la novela es una búsqueda, no dirigida, de los encuentros, las llegadas, los escenarios y los personajes que hacen a esta ciudad. Primero entra en los barrios populares del centro oriente; con la ayuda de un bazuquero busca frustradamente unas maletas de su mamá; en Bucaramanga llegan a sus manos otros textos; luego recibe los escritos de un detective y finalmente los de una mujer exiliada. En todos esos manuscritos, que no son los que buscaba inicialmente, está la historia de la ciudad, en cuerpos, deseos y experiencias muy distintas: Entonces tú quieres hablar de Bogotá pero todas las metonimias te trasladan, te echan, te escupen, te botan, te expulsan de Bogotá, [y] nunca se sabrá de qué estamos hablando sino que estamos en una sopa. Cuando uno está entre una sopa uno no dice oh, aquí está el plátano, aquí está la yuca, no. [Yo] me atrevo a tocar los más incalificables bordes de la ciudad. Y lo hace a través de objetos que bien podrían pasar desapercibidos, como las maletas de su madre una vez han sido robadas del apartamento donde están guardadas: El desahucio es el acto por el cual echan los objetos de una persona a la calle, entonces a mí me interesan los objetos del desahucio, me gustan mucho los de los de los trasteos pero me gustan mucho más los del desahucio porque la gente queda desnuda, sus objetos quedan a la intemperie absoluta, con falta de protección jurídica. Ustedes son echados, ustedes ya no tienen derecho a la vida. […] Hábleme de objetos pero de objetos abandonados, de objetos proscritos, de objetos humillados. Perdón, ¿se puede humillar un objeto? Claro, una vez que ha sido sujeto de desahucio el objeto queda humillado, a la plancha se le sale su vejez. Mientras está en la casa no se le nota tanto. Esa es la relación que yo tengo con los objetos, es una relación cruda. En este caso, el protagonista se encuentra con manuscritos que han pasado de mano en mano, cuyo autor solamente existe como personaje de lo que está escrito. Allí aparece Bogotá en sus pueblos cercanos, en una colonia paisa en Miami, entre los jesuitas, en la medicina popular. Aparece implícita como implícita aparece en el evento del robo; y vale preguntarse qué diferencia un objeto robado de uno desahuciado: … el robo de las maletas y los vestidos de ‘veraneo’ de mi mamá, ¿es o no es Bogotá? Claro que es Bogotá porque solo en Bogotá se usa ropa de ‘veraneo’. El resto del país es tierra caliente. Quizás en esto radica la diferencia entre ‘mirar a’  o ‘mirar en’, “mirar en un sentido artístico”. Se podría decir estético. Para Manuel mirar en Bogotá a través de la literatura es hablar en sus claves más finas, es retratar lo que se ve en la televisión, el cine o la radio, cuando es visto o escuchado en esta ciudad; señalar una distancia de la Plaza de Bolívar; caminar a paso lento por una calle del centro. Sin embargo, esta mirada situada no es la de un transeúnte cualquiera. Es la mirada de Manuel y la de un protagonista muy cercano a su propia experiencia, la mirada dialéctica de un intelectual que superpone elementos sin relación aparente y de allí surge algo, no algo específicamente, como resultado único de dicha superposición, simplemente algo que aparece para quien lee, en el momento que está leyendo. Así, Manuel ofrece señales e invita a otros a descifrarlas e idealmente a confrontarlas. «Ese último paseo» es lo que este escritor “le quería ofrecer a la sociedad sobre su experiencia premoderna […] Lo que yo le quería ofrecer a la ciudad sobre sus experiencias, que son las mías”. Pero el libro fue: … concebido para que al lector le quedara una sensación ‘maluca’, no es un libro para que uno quede con la mirada esperanzadora. No. La palabra ‘maluca’ es una palabra muy particular. ‘Maluco’. Como oscuro, como cuando dices vámonos de aquí que estoy sintiendo una energía como ‘maluca’. Allí Bogotá “se está desarrollando”: …es lo que se llama un adolescente con la piel llena de granos. Cuando yo la cogí estaba subdesarrollada, y eso fue lo que yo hice, tomarla en su infancia, en su final de infancia, en su pubertad. […] La menstruación llega a cierta edad, nunca antes sino a cierta edad, ¿no es verdad? La menstruación masculina es la de los ingenieros, ¿si me entiende? La de: ahora vamos a cruzar la calle de otra manera, vamos a poner los postes de luz más altos, vamos a iluminar su calle. Esto, esta modernidad, edificios de cuatro pisos, vamos a aprender a vivir en apartamentos en vez de vivir en casa. Pero esta menstruación es la suya propia. “Yo fui criado en una ciudad fría -dice-, donde el pavimento, el alumbrado y las luciérnagas… me llegaron a cierta edad”: Hay el célebre relato de Kafka, Ante la ley. Lo que el relato cuenta es que ante la puerta de la ley hay un guardián y un campesino se sienta para esperar -en la puerta de la ley-. Al terminar sus años sentado en el quicio de la puerta, el portero le dice bueno, esta puerta estaba destinada para ti y ahora voy a cerrar. En ese momento solo le queda la certidumbre de que ésta era la puerta que estaba destinada para él... Porque la ley nunca aclara si eso era o no para mí. El punto es el siguiente, de acuerdo con una suerte de interpretaciones de Derrida, “somos abandonados, desahuciados. La madre nos abandona. Somos sujetos que están a la intemperie y finalmente somos expulsados, no se nos da el ingreso a la ley”. Así para Manuel, para los objetos y para la ciudad. Nos ubicamos entonces en el comienzo de este texto. “Bogotá no es nada”, pero es todo esto. Yo soy el último que cerró la puerta. Mientras yo pueda hablar, Bogotá está en mí y yo estoy en Bogotá como una cuña en la puerta de lo que se cierra. Eso es. 1997 es el año que marca ese antes y después, esa transición que parece no completarse; la entrada a la adultez . Es el año que, con la alcaldía de Enrique Peñalosa, se consolida el city marketing en Bogotá, esa abrupta incursión de modos de vida que declaró un ‘hasta aquí’ y un ‘de aquí en adelante’. Por eso –puede ser el azar, la casualidad o la suerte editorial- «Ese último paseo» se publicó en el 97: A mí siempre me gustan los prólogos de las cosas, y eso es lo que le pasa a la novela, la novela es un prólogo de las cosas, no son las cosas. Yo soy solamente un lector atento a las señales de la ciudad, y trato de recuperarlas. No te puedo decir más.
AL PASO DE UN PEATÓN
Manuel Hernández se define a sí mismo como un sociólogo de la intemperie o como un pensador de la deriva. Ante la pregunta por Bogotá propone acercarse a ella desde ella misma, desde sus entradas y salidas, desde la propia experiencia, desde el pensamiento de un peatón.
Manuel Hernández escritor y profesor universitario Juliana Guerra Rudas Socióloga Prefiere las ciudas y la máquinas aunque odia el capitalismo, así que vive en contradicción.
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