i.letrados nuestros blogs contáctanos menú
secciones: versiones capitales
Versiones capitales
Bien puede llamársela, si se trata de grandeza, la Atenas, epítome de la cultura y las buenas maneras; o de ser por la carencia, la Tenaz, característica de unos habitantes resistentes en un contexto hostil al ideal de vida urbana. Bajo esta discusión de la a- tenaz, en esta entrevista la antropóloga Zandra Pedraza, directora de la Maestría en Estudios Culturales de la Universidad de los Andes, nos adentra en un ‘mito’ urbano conocido por los bogotanos y en un antecedente muy discutido por pensadores y académicos ilustres del siglo XIX y principios del XX. El mito de Bogotá como la Atenas sirve a Pedraza para hablar a propósito de esta ciudad y sus habitantes entre 1916 a 1987 (los primeros setenta años de circulación de la revista Cromos) en su artículo titulado «La tenaz suramericana», publicado en el libro «Genealogías de la colombianidad», y que retomamos como eje de esta entrevista: “Yo seguí la historia de dónde había surgido este mito urbano de la Atenas, pero que no era solamente un mito urbano, era una creencia de las élites locales. Incluso dentro de Latinoamérica existía esta cierta idea de superioridad de Bogotá en torno a su uso correcto del idioma, pues el uso del idioma siempre está asociado a las buenas maneras y a la buena cuna. Había una triangulación de principios que hacían superior la idea del bogotano, y es una lucha que se libra en el país durante mucho tiempo entre las capitales de las montañas: Medellín, Popayán, Tunja, Bogotá. Pero Bogotá siempre saca un poco la nariz adelante por el asunto de las buenas maneras y por toda la tradición que señalaba grandes nombres como artífices de la idea de superioridad, por ejemplo en el hecho de si Humboldt dijo realmente que Bogotá era la Atenas suramericana”. Y, ¿por qué pasar de esa idea ilustre de una ciudad letrada, educada y de buenas maneras, a la idea de un lugar de desorden? Quizás la propia respuesta radique en una práctica juvenil que altera el orden de la ciudad: el grafiti. Una irrupción estética y política que quiere expresar por medio de la invasión: “El título de “La tenaz suramericana” viene de un grafiti que yo había visto hacía muchos años antes y que estuvo durante un tiempo puesto en la Candelaria. Es un juego de palabras, y quién lo pintó pensó lo mismo que yo: que de la Atenas suramericana pasamos a la tenaz suramericana. Estábamos lejos de ser la Atenas. Y es importante eso, que fue un grafiti de los años ochenta que estaba puesto en un muro de la Candelaria”. Pero la discusión sobre las características de Bogotá, que con todo y sus particularidades no deja de responder al modelo de otras ciudades latinoamericanas, debe llegar a un punto anterior que enriquezca la explicación. Se trata de las implicaciones de la instauración de lo que muchos académicos han llamado el proyecto moderno, claramente ‘eurocentrado’, pero con todos los matices y particularidades que se pueden esperar de la especificidad hispanoamericana. Imagínese entonces el lector cómo hacer soufflé de queso azul en una tierra de cuajadas: “¿Qué es el proyecto moderno aquí, en Colombia? Es, por un lado, el desarrollo y la apropiación de una serie de códigos y de ideales que tienen que ver con una modernidad imaginada, según ciertos principios europeos -y subrayo el ciertos, que no todos, pues solo interesan algunos-. Dichos principios se traen al contexto local, se vitalizan y se asimilan en una clave muy latinoamericana del siglo XIX: conservadora, católica, hispana. Pero, como todo lo latinoamericano, el proyecto moderno está tensionado por el problema de que los requisitos de infraestructura, en todo el sentido de la palabra, no se realizan. Entonces ¿qué tan cultivado se puede ser en una ciudad, cuánto se puede cuidar de las maneras de andar en la calle si no hay andenes? Es la historia que se repite hasta hoy. El problema de la urbanidad colombiana y bogotana está siempre tensionado por el problema de qué es lo moderno aquí, donde lo moderno está siempre tamizado por lo colonial. Siempre está en esa tensión de que la mirada puramente urbana es de las élites que utilizan el código, digamos somático que en este caso es el que interesa a la urbanidad, para jerarquizar y diferenciar. Es inevitable. Una urbanidad como la de Carreño o una muy autóctona como la de Tulio Ospina, están marcadas por lo que llamarían personajes como Quijano “la colonialidad”. Es algo inevitable a nuestro ser moderno” De otro lado, en su artículo «La tenaz», Zandra Pedraza describe a Bogotá y a sus habitantes de diversas maneras (tomadas de la prensa) que hablan de unos ciudadanos que experimentan temor frente a lo nuevo, pero a su vez que tienen ansias de figurar, al lado de una ciudad aburrida, irónica, seria, circunspecta y apática. Eso es lo que se puede decir que ha marcado la tensión del proyecto moderno en Bogotá, si se le cree a los medios de comunicación, como señaló Pedraza. Y es posible que esa imagen gris de Bogotá siga vigente, sobre todo si  se piensa en lo apáticos que pueden resultar los usuarios de los muy desarrollados sistemas de transporte de la ciudad. Pero, ¿queda algo de esas caracterizaciones de Bogotá y los bogotanos a las que se refiere la autora en su artículo? “Yo creo que de eso no queda mucho. Muchas de esas citas son extraídas de la prensa, y muchas tienen que ver con todos los procesos y proyectos de renovación urbana. Lo que uno encuentra en la prensa de la época son posiciones contrapuestas: unas personas (colaboradores o los lectores que escriben) encuentran que están sucediendo cosas que van a alegrar la ciudad. Cuando uno mira las crónicas del siglo XIX de las personas que visitaron la ciudad, los viajeros, siempre está la idea de que Bogotá era conventual, aburrida, gris, con lluvias, donde no hay nada que hacer; es una imagen de Bogotá que perduró por mucho tiempo. En este sentido, a un grupo de personas les parecía que la llegada del tranvía, del cine, la presencia de jóvenes en las calles, la música tropical o de fuentes de soda, alegraban la ciudad: los elementos que aparecen en la ciudad en los años veinte, treinta, van a acabar con esa monotonía de convento. Pero a la vez están quienes ven con cierta angustia, por decirlo de algún modo, la destrucción de lo tradicional. Como es propio de todos los procesos de transformación, que leen moralmente, éstos sancionan negativamente la presencia de los jóvenes, el ruido, que a uno lo atropellen en la calle, la tropicalización de la ciudad con lo que se pierden las buenas costumbres. Esos son años en que unos aclaman la modernización y la renovación que para otros es deplorable, leídas como una pérdida de la tradición más santafereña. Se va precisamente lo santafereño y queda solamente Bogotá.  Algunos consideran que con ese perder de Santafé se van las buenas costumbres, se va la Atenas suramericana, se pierde la jerarquía del cachaco. Esto implica que las costumbres se van volviendo populares porque hay miedo al pueblo, lo que es una tensión permanente. Cuando se dice que una ciudad es fea, que en el caso de Bogotá está anclado por ejemplo al problema de la infraestructura que no tiene para ser la gran ciudad, se habla en contraposición a alguna clase de ideal que se tiene. Yo no creo que la gente lea a Bogotá de manera negativa, incluso pienso que mucha gente hace comentarios positivos sobre Bogotá, de la vida en esta ciudad y de su actividad cultural”. Pero claro, los cambios no son solo rastreables en los hechos aparentemente más tangibles como son las maneras de comportarse o las ofertas y comodidades que la ciudad puede ofrecer. Zandra Pedraza nos brinda también un panorama de los cambios en la ciudad a un nivel argumentativo mucho más fino. Se trata de conceptos claves como el ciudadano, la convivencia en la ciudad y el irresuelto problema de la paz: “Algo que noto muy cambiado, y que no está incluido en el artículo, es la idea del ciudadano, idea mucho más reciente. Hasta cierto punto en el siglo XX, la condición de ciudadano no se expresa como hoy y eso cambia el punto de vista de la argumentación, porque no está contemplado el punto de la ciudad participativa que viene con la constitución del 91. Para el periodo que abarca el artículo, se trata más bien de la idea de ciudadanía de la urbanidad asociada a la cívitas, al comportamiento, a la vida civilizada, y no a la idea del ciudadano participativo de un estado moderno. Hablar del comportamiento ciudadano suena inadecuado para las exigencias que son más bien del orden ético del ciudadano contemporáneo. Pero en la base de las críticas a la vida en la ciudad, hay un problema que tiene que ver con la educación somática: ¿qué clases de normas de comportamiento requiere la vida en las grandes ciudades? Ese es el problema de las reglas de la vida conjunta. Algo falló en esa idea de la convivencia y tiene que ver con la falla asociada al pasado colonial de hacer de unas reglas jerarquizantes unas reglas de comportamiento democrático, de un trato que es garante de deberes y a la vez de derechos.   Estudiar hoy esta ciudad no puede hacerse en la clave de la urbanidad o la cívica, sino en la de la convivencia. Ya no está en términos del problema de la civilización, palabras preponderante en el siglo XIX y el XX, sino que nuestros debates están dados en palabras de un problema muy viejo; es el problema de la paz. Es curioso, porque se suponía que una de las tareas de los estados nacionales en el siglo XIX era la de la paz y la convivencia, y es un problema que sigue, pero las claves son distintas porque ahora hablamos en términos de derechos, lo que cambia la constitución del sujeto”. En este último aspecto, Pedraza identifica un cambio muy interesante en la clave analítica de lo que implica la ciudadanía ya no en términos de la urbanidad (pues su principio es el mandato y la proscripción), sino bajo el actual  principio de la ciudadanía que ya no es el de la norma sino el del derecho. En sus palabras, “entrar a una sociedad garante de derechos sin ser afianzado en el deber, es algo problemático. El sujeto moderno fue constituido al revés: primero se le dieron deberes y luego derechos. La pregunta es precisamente qué pasa cuando esto sucede”. La clave analítica, como ella lo señala, puede ser otra para ver el problema desde una perspectiva más enriquecedora. Pero, ¿cree que Bogotá sigue siendo tenaz? En medio de las risas que no puede contener, nuestra entrevistada responde: “Seguro que sí. Y la tenacidad en realidad no es de la ciudad, es del ciudadano. El ciudadano tiene que ser tenaz y serlo en todos los sentidos. Me parece que en eso es diciente la manera en que los colombianos usamos la palabra tenaz, que no se usa así en todos los países. Para nosotros algo es tenaz, pero una persona también es tenaz, y la palabra tenacidad tiene sentidos tanto positivos como negativos. Me parece que es una palabra que expresa muy bien un tipo de tenor entre emocional y ético que tenemos los colombianos, que es positivo para ciertas cosas y negativo para otras. La ciudad es tenaz y exige tenacidad a los habitante”. Para cerrar, piense el lector en dos figuras (también tomadas de la prensa) que Zandra Pedraza utiliza en su artículo para dar cuenta del cambio en Bogotá que tanto hemos mencionado: una ciudad leída como una abuela católica, severa y sentimental, pasa a ser la señorita coqueta, frívola y trivial. Y ahora el ejercicio es pensar, de nuevo, en la vigencia de esa segunda imagen seductora que fue deseable para el siglo XX: “No estoy muy segura de si uno pueda utilizar una figura de mujer hoy. Yo estaría pensando en una mujer intervenida quirúrgicamente, en prótesis, en la dificultad de una figura armónica, porque las anteriores son figuras relativamente armónicas, pero yo diría que hoy es difícil jugar a eso. No se me ocurre algo distinto que una clase de cuerpo intervenido estéticamente que tiene dificultades para ser armónico, lo que pasa normalmente con muchas intervenciones de esa clase”. Zandra Pedraza escribió en su artículo una paradoja muy interesante sobre la ciudad que cierra bien el tema de fondo que acá hemos presentado: “mientras que se espera que el aspecto de la ciudad hable del grado de civilización de sus habitantes, el embellecimiento urbano debe formar ciudadanos civiles” ¿Qué puede significar esta paradoja en el actual estado de esta ciudad? Esta cuestión abarca desde problemas como el muy mencionado estado de obras públicas, el tener que cambiar el celular por uno de 50.000 pesos por asuntos de seguridad y delincuencia menor (o no tener para uno mejor, como es mi caso), hasta problemas estéticos como la explosión de nombres de conjuntos residenciales y todo tipo de edificaciones que incluyen la letra ‘k’. Es indudable la vigencia de utilizar una cualidad como la tenacidad para hablar de la ciudad como un cuerpo y de los cuerpos de los habitantes que se debaten entre la resistencia que requiere vivir en estas condiciones, y la tenacidad de los y las bogotanas para sortear con la mejor actitud los problemas de la cotidianidad en Bogotá. Uno de los futuros alcaldes podría llamar muy acertadamente a su plan de gobierno “Bogotá tenaz”, con ello dar una buena descripción de la ciudad y de quienes habitamos en ella, y proponer de paso un eslogan más creativo que “Bogotá positiva” o “Bogotá humana”.
HABITAR BOGOTÁ: LA TENACIDAD DE LA TENAZ
Edward Salazar Sociólogo A pesar de su amor ilimitado por las trivialidades, no puede negar su pasión por la ñoñería, por todo lo que salga de los libros.
Imagínese el lector una ciudad latinoamericana, por ejemplo Bogotá, e imagínese también el dilema de cómo referirse a esa ciudad que, como muchas otras, debate su vida y la de sus habitantes entre la carencia y la grandeza.
Zandra Pedraza actualmente dirige la Maestría de Estudios Culturales en la Universidad de Los Andes. Luisa Martinez Fotógrafa Apasionada por las figuras, colores y por la vida real misma. Ama la fotografía documental, la reportería, lo macro y la naturaleza. Camilo Ruiz Politólogo Documentalista del sol y del acero, descendiente del gran Mincua. Rock, poemas, yunkies y pinceles enmarcan gran parte de su vida.
Textos
Fotografías