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La-tenaz suramericana
Soñé largas noches mi exilio, padeciendo como la mayoría los males resonantes de lo alto y plano; el frío legendario e hiperbólico que sorprende a los turistas que llegan en bermuda y flip flop a un Dorado más bien gris; el tráfico inexplicable y la histeria consecuente de quienes lo transitan; los monumentos públicos al saqueo privado, ejecutado por cada alto mando de la capital, del nadie comprende a nadie, del todos contra todos. Quizás tenía que irme y volver para entender que éstos son apenas unos de los lugares comunes y las prácticas de autocrítica del bogotano promedio. Sin embargo confirmo casi a diario que si hay algo característico a esta «Bogoteida» es la rapacidad, esa necesidad de comer a costas de otro. A Bogotá, sin embargo, llegan turistas con otros trajes y a bordo de transportes más pequeños y menos pesados. Llegan desde cualquier lugar de Colombia y muchas veces no saben lo que harán aquí. En cada pueblo existe Bogotá como un sueño, como la libertad y como la posibilidad de vivir sin deberle a alguien. Pero vaya, en Bogotá nos debemos a la necesidad misma de sobrevivir al día a día, de conseguir no poca plata para pagar el transporte y la comida que debe ser comprada en tienda de barrio cuando los ingresos entran en el diario. A Bogotá se llega con la ilusión de conseguir una oportunidad y muchas veces la ciudad solamente devuelve una mirada odiosa y otorga un rótulo para vivir el anonimato. Quienes llegan así no son llamados turistas sino migrantes o más coloquialmente desplazados, pero esta ciudad que puede ser todo y nada al mismo tiempo, está construida por esos muchos que llegan a poblar las afueras y a trabajar en sus centros. Esos que acaloran este piso térmico que se acerca al páramo. Afortunadamente las excepciones siempre me han resultado más estimulantes que las reglas. Soy ‘rola’, y probablemente esa terrible práctica que describí al comienzo de este texto se cuenta dentro de mis vicios. Pero así como llegan los embates de crítica destructiva llega esa fuerza opuesta de filiación y de cariño por la ciudad. Quizás se deba a que los medios hostiles obligan a sus habitantes a desarrollar aptitudes y destrezas que no florecen en paisajes más amables, porque habitar las ciudades de la furia tiene un valor agregado, moderno, como en las historietas de Frank Miller y su estética de lo ruin y lo decadente. Más de una vez he descrestado extranjeros con mi manual de detección de atracadores en potencia (las señales están en el aire pero un ‘rolo’ tendrá más probabilidades de detectarlas). Probablemente exagero yo y exageramos todos los que a tesón y cerveza sobrellevamos el caos reiterativo de vivir en Bogotá- porque es aquí y no en otra parte, que como mis odios, se gestan mis grandes amores. Y quizás esta ciudad es eso, pura ambigüedad hecha mujer, hecha edificios y calles, hecha personas transitando por ahí, viviendo sus vidas privadas y tratando cada día de sobrevivir. Por eso seguramente está vigente el mito de la Atenas suramericana y su –hoy necesaria- variación, la Tenaz suramericana. Por eso como mitos, estos nombres son apropiados y re significados constantemente. En 1995, un grupo de rap creado en una casa de número 5-27 en el barrio Las Cruces, introducía su primer trabajo discográfico así: “desde lo más oscuro de las calles de la Atenas suramericana se rompen los esquemas y sale a flote la realidad. Ésta es la voz del metano, un ataque frontal a todo lo establecido, representando la pobreza, la calle, y todas sus manifestaciones y formas de vida, inimaginables para muchos, dolorosas y crueles para otros […]”. La Etnnia, venida de lo bajo, crecida entre atracos, prostitución y muerte, dotada de una voz para contarse, solamente podía tomar como referente esa pretendida ciudad ilustrada que, antes como ahora, busca maquillar lo feo, lo sucio y lo hechizo para jactarse de los logros de administraciones públicas con intereses muy privados. Yo digo que el frío bogotano es un arma de doble filo. Traicionero en la mañana, pero para mí, revelador y cómplice en las noches. Contrario al sopor y la inutilidad en la que me postran los vahos de calor de los verdaderos trópicos, el frío me recorre como una punzada, me despierta, me aclara. A veces creo que me depura tanto pensamiento innecesario. Claro, el frío permite pensar y no dejarse llevar por tanto deseo, por tanta quimera que no lleva a ninguna parte. El frío, y esa lejanía de cualquier conexión con el resto del mundo, hicieron de Bogotá caldo de cultivo para estudiosos ávidos del conocimiento que muy lenta y difícilmente iban teniendo a mano. En 1989, Rafael Chaparro escribió que Bogotá era Apenas suramericana[1], “ciudad abierta de par en par como un libro. Con las puertas abiertas pidiendo auxilio. Con su grito abierto pidiendo que el cuchillo del silencio llegue secretamente una noche y corte esa garganta donde se resbalan sin remedio los buses y los ciudadanos”. Una calle 19 donde se traficaba con literatura noble y otra no tan noble, con música fácil, difícil y casi imposible de conseguir. Esa fría Bogotá habitada por estudiantes en las universidades del centro, que para acumular saberes y avanzar en sus carreras acudían a la falsificación y la dudosa procedencia de sus fuentes, a la editorial pirata, a la economía informal del conocimiento. Una ciudad isla sin internet, acercándose al año 2.000 con importaciones limitadas y la prohibición de utilizar nombres en inglés. Indudablemente la Bogotá de hoy es distinta y sin embargo, todavía es imposible poner las cosas en su lugar. Todo se mezcla como por acción de un carro de recolección de basura. Todo se tritura y se mezcla. Sus paisajes y posibilidades son bien distintos para una persona u otra; sus calles y avenidas, desviadas mientras se siguen construyendo interminablemente, llevan a cualquier destino. ‘La’ Bogotá se sigue soñando en cada nueva y miles de nuevas Bogotás que toman vida en los sueños y pesadillas de quienes en ella vivimos, quienes la abandonan y regresan, quienes quizás nunca podremos salir de aquí. REFERENCIAS 1. Chaparro, Gonzalo. Apenas Suramericana. En: Zoológicos urbanos
A ESTE FRÍO LO ABRIGA UNA ROLA
Quizás pasé casi tanto tiempo viviendo aquí como queriendo irme.
Emilia Rocket Socióloga Socióloga por partida doble de la Universidad Nacional de Colombia. Frase de cajón: "confunde y reinarás" Textos