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La-tenaz suramericana
Después hubo varios intelectuales y científicos que refrendaban el apelativo. El propio barón Alexander Von Humboldt llegó a llamarla “ciudad griega" haciendo honor a sus instituciones culturales y científicas. Extraño encanto el de estos científicos por una ciudad que ni siquiera conocieron; qué pose para hablar la de los hombres de tinta y ciencia. Menéndez Pelayo nunca pisó suelo bogotano y sus colegas siempre prefirieron tierras más cálidas, lascivas y contagiosas como Honda, Mesitas del colegio o el pacato Fontibón. ¿Qué queda hoy de ese panorama concebido por aquellos ilustres caballeros de antaño? Bogotá crece de manera infecciosa, llegan y llegan familias detrás de un sueño obligado, de una esperanza endeble. Los grandes barrios del pasado sobreviven a medias el embate del progreso; la gran Candelaria fundadora es territorio de judíos y extranjeros. La cultura se diluye en crédulas manifestaciones de odiosos colectivos mantenidos por la empresa privada. No hemos podido con el arribismo, con la cultura de lo rápido y lo fácil. Le damos nuestro oído al engreído, al vanidoso, al sabiondo, al petulante que no entiende que la muestra más grande de su erudición debería ser la sencillez y llaneza de forma. A mí Bogotá a veces me produce risa, a veces rabia y dolor, pero casi siempre vergüenza. Me avergüenzo por ciertos modos de comportamiento de una sociedad que cada día me sorprende más en su tontería, en su doble moral, en su voracidad y su violencia. Claro está que el peor parásito que tiene Bogotá es el ‘individuo de cultura’, este entintado y letrado que regurgita manuales enteros de erudición y soberbia, que en su ceguera mental dibuja inexistentes jerarquías sociales y que hoy se atreve a decir que el problema de la ciudad es la falta de educación de su gente, o que el fracaso del individuo está en no saber comportarse, en no saber reír cuando tiene que llorar, en no saber arrodillarse, en no tener un doctorado en educación emocional y en hipocresía. El capital cultural no son las bibliotecas de nuestros padres, el perfecto sistema educativo o el ser un culto de esos que nunca se callan. El capital cultural es el reconocimiento del otro, su comprensión, el valor de la sabiduría de quien se hizo sabio a través de la experiencia, de aprender haciendo; es creer que para que las cosas perduren deben ser bellas y no eficaces, y que la cultura tiene por objeto dar al alma un olor delicioso, nunca un perfume ostentoso y teatral. En la verdadera Atenas, la de las artes y las letras, la de Fidias, Esquilo, el ágora y el Partenón, el gran filósofo Diógenes el Cínico, en su delicioso estilo, proclamaba que los dioses habían otorgado a los hombres una vida fácil, pero que éstos lo habían olvidado en su búsqueda de exquisiteces. En esta ‘tenaz suramericana’ no solo es cuestión de exquisiteces sino de exquisitos, a veces ingenuos y banales, a veces nocivos para el espíritu de una ciudad. En este sentido, se me ocurre compartir apartes de unas cartas encontradas por José A. Osorio Lizarazo después del bogotazo, y utilizadas en su ensayo «Somos las ruinas de lo poco que fuimos». Son apartes de la correspondencia de un hijo putativo de la capital que dejan ver una ciudad de desarraigos, de abandonos, de exilios o de insilios en donde lo único verdaderamente firme, porfiado y pertinaz, es su dolor por Bogotá. […] ser ebanista en esta ciudad es una desgracia, la gente no paga, no cumple, no tiene palabra, se agazapa bajo su miseria humana. Muy decentes y bien vestidos para pedir, para hacer uso del depravado tuteo en sus demandas y en sus torpes sugerencias, para andar moviendo la cola como el más aborrecible de los perritos falderos, para después, como si nada, hacer uso de ese increíble arte del descaro para mandarlo a uno al carajo cuando toca cobrarles […] Acá el pobre le roba al pobre, esta es la verdadera tragedia nacional hecha capital, hecha barrio, hecha cuadra; siempre lo he sabido, desde el día que llegué huyendo con mi padre de la godarria que llenaba de tumbas los ríos de mi pueblo. Igual que ayer, igual que siempre, la gente de esta ciudad nunca ha dejado de ser repetitiva en su muestrario de mezquindades, en su afán por devorarse al vencido, al débil, al necesitado […] El clima tampoco ayuda, mis hijos son pequeños y enfermos, la casa es grande, oscura, desesperadamente fría; tengo que arreglar la escalera principal y todavía las monjas no me pagan los reclinatorios que pidieron. Mi esposa trabaja sin sueldo para los curas salesianos, hoy llegó con una estatuilla del Cristo niño a la casa, “el divino niño” le dice ella, que porque están arreglando la Iglesia y le pidieron el favor, [sic] yo creo que la trajo para sacarme el diablo, como le dice su hermana a mi idea de irnos a vivir al llano, yo que culpa que mi hermano ahora esté metido en política y lo persigan en todas partes, a mi eso no me interesa, yo sólo quiero el pedazo de tierra que me dejó la abuela, cambiar de clima, comprar vacas, gallinas, conseguirme unos buenos perros, y dedicarme a hacer arpas y cuatros. Eso si es vida, mientras todos vienen yo ya me fui hace rato. Tanto devoto a la hija del vecino, tanta vieja habladora y rezandera, tanto niño bobo, tanta niña puta, tanto muerto en las aceras; tanta moral y tanto guardado, tanto entierro en el pabellón de los alados, tanto salto hacia otra vida, tanta camándula, tanta viruela y tanta fiebre tifoidea; tanto aborto en las cloacas de la iglesia y del congreso; tanto tufo y tanta guerra, tanta sangre derramada por un pan o por una silla de mando nacional, porque acá todo es política y más política, [sic] a mi qué carajos me importa que vaya a ganar la presidencia el negro ese, que gane, igual ¿qué va a cambiar? Y las malditas monjas que no me pagan mis centavos; alguien debería meterle candela a ese convento y de paso a la casa cural que no queda muy lejos, y a la iglesia, a todo este pueblo y a toda esta ciudad, para eso sí les presto mis maderas, se las regalo; porque yo no voy a incendiar nada, para eso existen bastantes bogotanos… […] acá les dejo esta ciudad a los engañados, les dejo sus púlpitos quemados, sus burdeles, su ridículo tranvía… esta ciudad que no es más que las ruinas de lo poco que fuimos. Esta última frase no se sabe si es anterior o posterior al 9 de abril. Se presume que quien escribe sobrevivió al Bogotazo aunque, según Osorio Lizarazo, para él y sin mayor prueba, esta persona es una de las que se toma las emisoras para instigar la destrucción y la barbarie capitalina. REFERENCIAS 1. Menéndez Pelayo Marcelino 1892, Antología de la poesía latinoamericana. 4 vols. Rivadeneyra, Madrid.
SOMOS LAS RUINAS DE LO POCO QUE FUIMOS
Camilo Ruiz Palacios Politólogo Documentalista del sol y del acero, descendiente del gran Mincua. Rock, poemas, yunkies y pinceles enmarcan gran parte de su vida.
Se dice que el primero que lo dijo fue el humanista español Marcelino Menéndez Pelayo: "destinada a ser con el tiempo la Atenas de la América del sur"[1].
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