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El fin relativo se declaró la noche del viernes durante la fiesta de inauguración de la edición número nueve de Bogotrax en la calle 17 con carrera 8, frente al bar La clandestina. Había mucha gente aglomerada a la entrada del edificio y llegó la policía a dispersarla, comenzó un enfrentamiento  en el que se rompieron los vidrios de locales y casas vecinas y luego de eso sellaron el bar. Todos los que estaban allí, unos tristes y otros con rabia, tuvieron que irse. Esa misma noche en www.bogotrax.org apareció un comunicado: “vivir la libertad sin tener que esperar que alguien se las regale”, decía, “Bogotrax pasa a la clandestinidad”. “Todo el programa sufre cambios”. “El fin llegó al principio”. Durante los siguientes ocho días la programación fue apareciendo por partes, muchas veces a última hora; algunos eventos fueron cancelados y otros se difundieron sólo por voz a voz. Sin embargo el Festival se hizo: “Seguimos”, publicaron luego del 26 de febrero, “(((aunque nunca nos detuvimos)))”. En 2004 fue el primero, algo muy pequeño. Una fiesta de diez días organizada y disfrutada por amigos que además del gusto por la música electrónica compartían la idea de que la fiesta no debe ser excluyente, sino un espacio político donde es posible el “intercambio entre personas con diferentes horizontes”. Bajo la imagen de un divino niño tatuado y perforado, parado frente a un tornamesa con un acetato en cada mano y audífonos al cuello, Bogotrax se presentaba como un Distrito electrónico, ese que en pocos años se convertiría en quizás el único festival de música electrónica de acceso libre y gratuito en Latinoamérica. Libre porque no cobra, pero también porque busca la autonomía y por eso “renuncia a las alianzas y apoyos institucionales”. Por eso se financia solo, con lo que se consume en las fiestas y con eventos solidarios tanto en Bogotá como en otras ciudades del mundo. Y es que desde el comienzo Bogotrax es un proyecto arriesgado. No es solamente una acción política, no tiene ánimo de lucro y no quiere convencer o exigirle a nadie. Es un espacio construido con acciones concretas, seguramente también con largas y apasionadas reflexiones, con la respuesta de la gente que atiende al llamado anual y cae a la fiesta, pero sobre todo de quienes se dejan contaminar por sonidos electrónicos cargados de reclamos y reivindicaciones. En este festival que busca la libertad en cada acción, confluyen personas e ideas de lugares muy lejanos entre sí, pues el festival mismo surge de los encuentros. En Bogotá estuvieron primero los U L T R A B A S S - FIESTAS LIBRES @ FREE PARTIES @ NO FRONTERAS @ FREE TEKNO @ NO NATIONS @ PARA TODXS TODO. A la par con el auge de costosas fiestas electrónicas del tipo Love Parade que se celebraban a las afueras de la ciudad a comienzos del milenio -en el Castillo de Marroquín o el Parque Jaime Duque-, éstas eran en el centro, en casas o bodegas desocupadas y a bajos costos o muchas veces gratis, si quien llegaba no tenía con qué pagar. La tendencia era también heredada de Europa pero incluía, además de los tornamesas, las luces estrafalarias o los estimulantes, una serie de ideas sobre el mundo que construye ese sistema de mercado en el que vivimos, donde casi pareciéramos esclavos de ciertos modelos se ser, consumir, vivir. Así, se reclamaba la fiesta pero también las calles y la ciudad entera, y al juntarse como en una red, los diferentes colectivos reclamaban el mundo entero contra la globalización. Entonces a las marchas del primero de mayo, tradicionalmente colmadas de megáfonos que gritaban consignas de los diferentes sindicatos, se unió un camión, el sistema sonoro alrededor del cual se reunían jóvenes vestidos de colores oscuros que bailaban drum’n bass desde la cola de la marcha. Entonces los bajos remplazaron los gritos más furiosos y el baile logró cautivar hasta al más incauto de los jóvenes que pasaban por ahí. Así, por lo menos, me atrajo a mí cuando tenía 17 años y terminé la tarde de ese día festivo –nótese la relación, festivo el día de los trabajadores- bailando entre personas que no conocía, la mayoría más grandes que yo. Así, entre fiestas y calles la gente se iba juntando, conociendo, conversando, “conspirando”. Luego estuvo el Piso3, un centro cultural que se fue construyendo desde 2004 en un edificio casi en ruinas, en la calle 32 con carrera 13. A la iniciativa de un grupo de conocidos se fueron uniendo las de otros colectivos y allí, durante poco más de cinco años, se realizaron toda clase de actividades: festivales de arte, conferencias, proyecciones de películas, conciertos, conversatorios y, desde luego, fiestas. Desde el primer piso, donde funcionaron varios bares, pasando por el segundo que fue galería, y hasta el tercero, todas las paredes estaban llenas de grafitis, de calcomanías, de mensajes. Allí llegaban a tocar djs extranjeros en la misma fiesta donde luego se presentaría un grupo de punk y luego un mc de hip-hop; se daban cita reivindicaciones sociales y políticas, pero en las formas más diversas -colores, peinados, hablados, consumos, sonidos-. En su ambiente colorido y recargado, de luces bajas, amplificadores a tope y terrazas en el cuarto piso era posible desaparecer, mimetizarse[1]. Bogotrax comenzó unos meses antes que Piso3, y aunque trabajaron juntos, desde siempre el festival trascendió los muros del establecimiento y se regó por otros circuitos. La segunda versión se llamó Muros sonoros, al año siguiente Red sonante, luego Laboratorio urbano, Hágalo usted mismo, Tecnologías rebeldes y otras distorsiones, Resistencias, Korrosivo, y en 2012 El principio del fin. En casi diez años el festival se fue consolidando, poco a poco, como un espacio para las artes y las expresiones urbanas, donde han cabido las nuevas tecnologías del video y la producción musical, junto con las artes escénicas, el diseño, el estampado o el grafiti. En todas sus versiones se han organizado eventos diurnos y nocturnos que incluyen talleres, conversatorios, muestras y fiestas, tanto en bares como en plazas, parques, universidades y centros culturales. Desde hace cuatro años el festival comenzó a entrar a las cárceles de la ciudad para encender la fiesta en sus patios centrales y hoy, dice una de sus organizadoras, ese es uno de los eventos más satisfactorios que tiene esta propuesta. Bogotrax se realiza por el trabajo conjunto de un grupo de personas, unas permanentes y otras que llegan o se van año tras año, pero también, como dije arriba, por la participación de todos los colectivos que desde distintas esquinas de esta ciudad y del mundo se juntan a trabajar, como pueden, en la búsqueda de una vida más libre y posible para más personas. En eso radica el carácter político de la fiesta. Como ocurría en Piso3, la distorsión que dan la noche, la música y la embriaguez es un ambiente propicio para que las personas trasciendan los límites del comportamiento, del tiempo, del deber ser, aquí y ahora. Y esa opción, poder ser sin responder a modelos, simplemente ser, es ejercer la libertad: “mover cuerpos y despertar consciencias” es el experimento que se procura con diez días de fiesta en el año, que en realidad son muchos más. Por eso, el festival se abre también a la discusión y a la reflexión, como en el Foro Fiesta y política que se realizó el 22 de febrero de este año, donde participaron académicos y activistas de la fiesta, el consumo de sustancias psicoactivas y el cuerpo transgenerizado. Durante el Foro, como en otros espacios, se habló de lo ocurrido en la inauguración del Festival, de cuál era la apuesta y qué se esperaba en adelante. Bogotrax considera contradictorio que lo concebido como “espacio de goce y encuentro festivo” se convierta en un “escenario de auto destrucción” donde quien asiste a la fiesta no se reconoce “como un ser libre, consciente y autónomo”. Pero es que hacer política no organizada es un reto muy grande, más no por eso carente de sentido. A lo mejor se creció demasiado el Festival y los encuentros se fueron diluyendo entre las multitudes. Algo como la vieja retórica de los procesos de urbanización. A lo mejor las consciencias no se conectan con movimientos corporales solamente en esa política efímera de la fiesta y el baile, sino en el movimiento corporal que implica la participación en algo, esa que amanece y se encuentra frente a la luz y las conversaciones. Yo creo que esto es Bogotrax, todo lo que hay antes y después de la fiesta, y también en ella. Como ya lo dijeron antes, ¡Larga vida a Bogotrax! REFERENCIAS 1. García, Alejandro. Centro cultural piso tr3s, ruido y discurso: estrategia y tácticas de resistencia. Monografía de pregrado en ciencia política. Universidad de los Andes.
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Aitor García Sabelón Fotógrafo Sobre mi, se puede decir que soy un exiliado español por la crisis. Expongo mis inquietudes a través de la fotografía y el vídeo centrándome sobretodo en temas sociales.
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