i.letrados nuestros blogs contáctanos menú
secciones: epistolario
Epistolario
Bogotá Enero 16, 2012 Jose, amigo desconocido: Qué difíciles son los comienzos, encontrar la palabra justa, el tono adecuado, despegar en un vuelo de correspondencia que resulte mágico y entrañable. Algo así como el sopor del mediodía caleño o la frescura de sus tardes, algo así como esos encuentros fortuitos que uno acaso intuye mágicos, sin poder anticipar ni remotamente sus alcances, su poder transformador y sanador, su capacidad de reconstruirle a uno las ganas de mundo. Yo llegué a Cali y en consecuencia a cada uno de los que, como tú y yo, acudimos a esa cita. Recuerdo ahora una frase de Borges que me dijo un escritor colombiano en una feria del libro: “todo encuentro casual es una cita prevista”. Y es extraño que, entre todo el marasmo y el vertiginoso avanzar del reloj, tu risa y tu nobleza se me hayan quedado tan impresos en la mente, me producías a mí una sonrisa instantánea con tus pasos y tu corazón de oso. Yo hago memoria –expresión curiosa- para concluir que en realidad no pasamos tanto tiempo juntos, pero la empatía era sólo un asomo de las inmensas complicidades posibles, latentes y aún inexploradas. Te recuerdo bailando desaforado en tantos escenarios distintos, nos recuerdo hablando de escritores malditos entre el olor del anís y las cortinas de humo. Recuerdo, por supuesto, la promesa aún no cumplida que oficia de puntos suspensivos, como un hilo colgante trans- andino que envuelve una posibilidad de volver a sabernos. “El ojo ve, y olvida. Pero la voz lo grita: las cosas son  iguales a las cosas. El ojo las ha visto. A voz en cuello la voz las ha callado. (¿Y me volveré a ver y me diré: quién soy?) Lo que el ojo conoce de las cosas es por haberlas visto iguales a ellas mismas (¿Y me diré otra vez: quién soy, que ya me he visto y sigo siendo yo?)”[1]  En mi repertorio de ciudad y encuentro, Bogotá y tú son elementos ajenos. Sé, sin embargo, que estuviste por acá en más de una ocasión. Juego a imaginarme cruces insospechados, cuánto me habría gustado llevarte por callecitas que a fuerza de transitar termino amando, caminar por el frío sin tregua y las calles solas, caminar temiendo el sobresalto de los hombres de las esquinas que viven de los despojos. Ahora me asalta una escena imaginaria que te invito a vivir a través del papel (o, el mapa de bits, ¡ah mundo triste!): nos veo sentados en una de esas panaderías de barrio,- quizás en Teusaquillo, donde sueño vivir- afuera llueve, adentro se está bien al calor de un tinto y un brandy. Venimos del cine, o de una exposición, y de ello hablamos. Está oscuro, pero no es de noche. Es una de esas tardes que sin pantalla y sin amigo consideraríamos muertas. “Bogotá es triste, sí, pero de otra manera. Una tristeza fría, de atmósfera delgada, de ciudad aplastada por el peso del cielo en lo más alto de la cordillera, en lo más lejos. Una tristeza rencorosa, torva, de muchedumbres silenciosas que en la calle tropiezan con otras muchedumbres, como un río con el mar, bajo la lluvia. Una tristeza sórdida de buses y busetas, de semáforos muertos, de edificios a medio construir en medio de charcos amarillos, de parques de los que se han robado los columpios, de vacas pensativas que pastan al pie de las estatuas de los próceres, de basurales, de desempleados, de niños vestidos con uniforme militar. A veces, a lo sumo, un jardinero pasa en bicicleta con la máquina de cortar pasto parada en la parrilla como una cola enhiesta de ave lira”[1] Bogotá, tan alta, tan plana, tan fría. Tiene sus contrastes y sus secretos, a la gente que quiero me gusta mostrarle esas otras caras, lamento tanto no haberla surcado contigo. Según entiendo Lima tiene sus parecidos. Es curioso, Jose, porque creo que la vida iba preparando nuestro encuentro, te conté alguna vez que en mis errancias del año pasado terminé encontrándome con Perú en una ciudad suiza con ínfulas de francesa, me lo volví a encontrar en el mediterráneo de Valencia, a punta de evocaciones y provocaciones, de tantos caminos que llevaban hacia allá, y yo me dije: tengo que ir, lo hice un propósito firme que sé que voy a cumplir. Y entonces te apareces tú y se aparece todo eso que hace nacer estas palabras, los fantasmas de ti en ésta, la verdadera ciudad de la furia, las proyecciones de mí en la ciudad de los afiches de neón. Allá quiero ir, y es que esta Bogotá tan mía se me parece a la familia: cercana, casi indisociable, carne y sangre, filiación que sin embargo repele, que punza, que incita a buscarse un espejo sin tantos reflejos muertos. Bogotá me acecha con seres que quise y ya no quiero. Me acecha con los mil rostros que han fraguado mis máscaras. Me hiere con su panóptico social y fashionista, con sus desigualdades insondables, con la impotencia que genera tener donde no muchos tienen. Claro, que también están acá las personas que quiero hasta las entrañas, más que a nadie, porque son ellos los que mejor entienden esta neurosis en la que vivimos, con ellos se hace uno refugios temporales, trincheras, noches y sustancias. Pero en Bogotá se pierde todo, hasta el anonimato. Queda un velo de nostalgia, la tentación de la indolencia. Y sin embargo sale el sol. Y el amor, claro, que como la maleza crece en todas partes. Imagíname recorriendo las mismas calles y los mismos contextos que aquel que ahora quiero y que sin embargo sólo pude ir a encontrar a ciudades más azucaradas, al abrigo de las miradas de hielo que en estas calles miran siempre sin ver. Es que en Bogotá el encuentro es esquivo, el azar-destino se camufla en las multitudes. Yo igual sigo soñando ese encuentro contigo. Si a mí traes a Julio Ramón Ribeyro, yo te regalo la Bogotá mejor retratada: «Sin remedio», de Antonio Caballero. Trueque literario que se desprende de esta correspondencia. Uno de tantos intercambios, unos puntos suspensivos.
CORRESPONDENCIA I
Epistolario es una red de correspondencia entre aquellos que viven en Bogotá y otros que, en algún momento, vivieron en la ciudad o la visitaron y que ahora la contemplan desde afuera. Queremos invitar  a quienes hallen en la escritura una forma de entender lo que los impacta  y las reflexiones que suscita el vivir en un determinado lugar. Nuestro objetivo es crear un espacio polifónico que nos permita acceder a las ciudades más como vivencia que como idea. María Paula Gutiérrez Catalina Zuleta
Lima Marzo 10, 2012 Ana María: Compañera de libros, visiones del mundo, noches llenas de aguardiente, risas, bailes, cervezas; la vida quiso que nos encontráramos en Cali para compartir la juventud que aún tenemos en los ojos, en la piel, en los pies que nos llevan a recorrer y apropiarnos de los lugares en donde estamos, con esa necesidad adolescente de comernos el mundo. Y de las pocas veces que pudimos hablar largamente, siempre me quedó la sensación de estar frente a alguien sin miedo al futuro, con una sabiduría que va más allá de las aulas, de los textos de Pierre Bourdieu y Hannah Arendt, tomada de los astros y su caprichosa forma de actuar. Dicen las abuelas y los dichos populares -esos que tienen la sabiduría que la vida te da a puro andar, a puro construir las personas que deseamos ser- que cuando las cosas demoran en llegar las apreciamos mucho más que las que tenemos cerca. Y esta carta, que en estos tiempos de rapidez mediática, e-mails y conversaciones cibernéticas ha demorado como si aún fuera escrita en papel y a puño y letra, esperando el día de la semana en que pase el cartero a recoger los sobres bien sellados que llevan sueños, saludos, despedidas, amores no correspondido, hubiera sido otra. Pues la vida, esa que construimos todos los días, esa que tiene como primo hermano al azar; esa en la que nos levantamos siempre para caminarla, respirarla, amarla, odiarla, me llevó casi de casualidad a pisar nuevamente las calles de Bogotá. Como si nunca mis zapatillas, gastadas de tanto viaje, hubieran dejado de andar por la Séptima en búsqueda de algún bar o simplemente para llegar a la Cinemateca. En el camino la lluvia te sorprende como un amigo que te ve caminando desde la otra acera y alza su voz para que voltees y lo reconozcas y hablen de tiempos mejores, de noches compartidas, de peleas callejeras, de bombas lacrimógenas que nunca llegaron a alcanzarte o para, simplemente, darte un abrazo sorpresivo que te dejara un buen sabor y pensaras que lo más importante son las personas. A veces pienso que la vida y el tiempo se sientan en un sillón a ver cómo actuamos, y van poniendo obstáculos para reírse a carcajadas al vernos esquivarlos y perfeccionar nuestra técnica. Pero a veces esos dos tipos te sorprenden mostrando su mejor lado y te dan una segunda oportunidad. Te dan el chance de reinventarte, de recomenzar, de resurgir, de revivir. Esta vez, como regalo de navidad atrasado, pude volver a Bogotá, llevándome un pedacito de Lima conmigo en las páginas de Julio Ramón Ribeyro. Ese flaco maravilloso que nunca debió irse, que cuando dejó el trabajo bien pago que tenía como abogado, no dudó en gastarse toda su liquidación en tres días de fiesta entre maleantes, borrachos y prostitutas en «La Parada», uno de los mercados más peligrosos de esta Lima gris que ese flaco pintó de color, sin miedo al futuro. Y ahora ese flaco te acompaña, para traerte las tardes parisinas, los cafés y la fiesta inacabable que Hemingway nos dijo era París. Llevé a Lima en el Pisco, trago que ha acompañado a poetas, pintores, cineastas, locos y toda esa horda de malvivientes que esperan que el sol (que en verano sale con las manos en los ojos y en invierno se toma unas vacaciones de la caótica urbe que somos), se ponga para hacer suyas las madrugadas, escuchando boleros en los bares; esos que parece han hecho una tregua con el tiempo en el centro de la ciudad. L-i-m-a, la ciudad que, a pesar del sobrenombre de ‘la horrible’, de ser el monstruo de mil cabezas que vio “el niño de Junto al cielo” en el cuento de Enrique Congrains, es la ciudad que amo. Aquella que recorrí gastando suela, raspando garganta con tragos de dudosa procedencia, mirando sus casas del siglo pasado, algunas con estilo Gaudí. La ciudad donde me apropié de historias y también construí la mía. La ciudad de cielo rojo en verano y cielo ‘panza de Burro’ en invierno. La ciudad de Humareda y sus retratos de “los peruanos de segunda clase” (miserable comentario de nuestro ex presidente). La ciudad de Hora Zero, el movimiento de poesía que revolucionó, junto a los infrarrealistas en México, la poesía Latinoamérica. La ciudad donde César Vallejo y Abraham Valdelomar se juntaban en el «Palais Concert» y luego de muchas botellas de vino encima, Abraham, con el ego por los aires y esa manera provocadora que tenía de ser, diría que el Perú era Lima, Lima era el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión era el Palais Concert y el Palais Concert era él. ¡Ay! Abraham, tú tampoco debiste irte, pero te fuiste en tu ley. Esa noche, borracho de versos y licores, no calculaste bien la entrada a tu casa y caíste por las escaleras, pero supongo que mientras experimentabas la caída libre y el vacío previo a la muerte, dibujabas una sonrisa en tus labios recordando las noches bailadas, las largas sesiones de opio, las piernas de las señoritas que pasaron por tu vida y como «El caballero Carmelo», ese cuento que te hizo inmortal, te fuiste luchando hasta el final por no llevar la vida que la sociedad establecía. ¿Cómo no amar esta ciudad? Aún con todas las contradicciones que lleva encima y a pesar de que Zavalita se pregunte, en el libro de Vargas Llosa «Conversación en la catedral», mirando la plaza de armas de Lima ¿cuándo se jodió el Perú? esta ciudad andina-selvática-costeña, es el resumen de nuestro país. Y a pesar del pesimismo de Zavalita, esta ciudad se deja amar. Ahora que te he confesado abiertamente el amor por esta ciudad que me adoptó como su hijo bastardo venido del norte soleado a morirse de frío en la capital, te digo, no sé en qué momento me enamoré de Bogotá. Y te lo digo como quien confiesa un pequeño pecado. No sé si fue en El dorado haciendo la cola de la aduana donde me encontré con el ex bajista de a.n.i.m.a.l y sentí que tenía 14 años, que me emocionaba de la misma manera, que en esta ciudad podría ver a bandas que nunca pisaron mí país. No sé si me enamoré de Bogotá cuando recorríamos la venida El Dorado, camino al Salitre para comer algo en un centro comercial a mirar desde lo alto la ciudad. Su cielo azul de junio y lo verde que la rodeaba, generaban un contraste muy parecido a la ciudad que siempre imaginé sería donde pasaría mis días. No sé si me enamoré de Bogotá caminado por la Séptima en dirección a la Plaza de Bolívar, sin un mapa y sin haber pisado nunca esa calle. Y al ir descubriendo los puestos de revistas, los kioskos, los vendedores de lentes, los mismo buses viejos que llenan de smoke nuestra ciudad, sentirte caminar como en casa, sentirte tan a gusto con la gente que ves a tu alrededor. No sé si me enamoré de Bogotá al encontrar esa mini ciudad detenida en el tiempo, con esas casas caribeñas con las que el maravilloso Gabo nos hace soñar en «El Amor en los tiempos del Colera» o «Crónica de una muerte anunciada», llamada La Candelaria. Esas callecitas en las que encajaban perfectamente los sueños que había dibujado por tanto tiempo en mi cabeza, ese lugar donde llevo viviendo todo este tiempo. La música inundando La Candelaria y llenándola de poesía, con el sol de la tarde esperando que acabáramos el recorrido, para morir sobre el Pacífico y darle paso a la noche. No sé si me enamoré de Bogotá por la noche llena de seres que solo habitan en ese estado del día. Esos con los que tan bien encajo. Los desposeídos, los que están al lado del camino, los extras de todas las películas. Y me enamoré del frío nocturno de Bogotá y su aguardiente para calentar el pecho y mantener el corazón latiendo con la misma emoción de cuando descubres un mundo nuevo. Y me descubrí recorriendo La Macarena, ese barrio mezcla de antiguo y nuevo, de modernidad limitada, de zonas pacientes que dejan al viento cantar coplas aprendidas en un algún ‘almorzadero’ de marineros ebrios de mar y pescado. Calles donde los árboles parecen sonreírte y darte el paso, calles donde la imaginación espera en una esquina para ayudarte a contar una historia. Y me descubrí eligiendo una casa de techos altos, ventanas de madera y balcones que dan a la calle, para pasar días con el aroma del tinto conversando con el del tabaco en la sala, que deja filtrar el sol moribundo de la tarde mientras acabas de escribir una nueva carta en papel y a mano. No sé si me enamoré de Bogotá cuando me descubrí bailando en Candelario con la mejor compañía que se podía tener esa noche y la vida entera. Los viajes que me han llevado por distintas ciudades del Perú y Latinoamérica, me han dejado la enseñanza de que lo mejor que puedes conocer del lugar donde estás no son los museos, sino las personas. El mejor momento es cuando te pones a conversar con ellas y poco a poco un café compartido, un vaso de gaseosa, una sopa, va matando la desconfianza y vamos poniendo los sueños sobre la mesa, las cosas vividas, los libros leídos, etc. Y nos vamos dando cuenta que quienes hacen que las ciudades sean de una manera u otra, son las personas. Esas de a pie que aprenden de la calle, de la vida, las mejores cosas que pueden tener. Y si esto es así, Bogotá tiene ojos negros y cabello liso… tiene un corazón tan grande como la subida a Monserrate. Ese corazón que te abraza, que te llena de luz a pesar de sus tardes frías y la lluvia. Ahora que me pongo a pensar y tratar de encontrar el momento exacto en que me enamoré de Bogotá, no lo tengo claro, solo sé que yo perdí mi corazón en esa ciudad, entre libros, aguardientes, largas caminatas, conversaciones sobre Truffaut, Godard. Lo perdí frente al centro comercial Salitre, lo perdí en el café francés… y lo único que me queda por hacer es volver y recorrer cada uno de estos lugares buscando recuperarlo… o tal vez me pierda en esa ciudad tan parecida al lugar donde nacen los sueños. Por los momentos compartidos, ¡un abrazo! REFERENCIAS 1. Caballero, Antonio (1984). Sin remedio. Bogotá: Editorial La Oveja Negra.
Jose Fernandez Escritor Siempre digo que lo mejor que uno puede hacer en la vida es simplemente vivir. En esa tarea, la realidad se te pone al frente y sientes la necesidad de capturarla, estática en una fotografía, en movimiento a través del cine o creando universos a través de un relato. Por eso dedico la vida a escribir, fotografiar y hacer cine, que se traduce en sentirme vivo. Ana María Trujillo Socióloga Lo mío son las palabras y las imágenes, el poder de contar historias, la tentativa de construir puentes. El estremecimiento.
CORRESPONDENCIA II